Allí estaba, en lugar de lo que soy.

 

Yo traía un alfajor de carne tibia con tu nombre

que pudiera devorar de madrugada.

La luna ardía ella toda en su escarcha,

mostrando nada extraño o destacable – nada-,

discreta toda ella en su asomo involuntario.

Toda la noche la luna asomada,

la luna escaldada en su sayo de nieve;

la luna toda y yo nunca la vi.

 

Yo traía un alfajor hecho de ti.

Me había hastiado la forma del mundo

y buscaba en tu pecho esa pura curvatura,

buscaba una palabra con la masa de un astro

que abriera un camino entre yo y lo que quería decir;

pensaba en borrarme los párpados

mientras que tú me limpiabas de ceniza

posando en mi frente tus labios de tierra rigurosa,

tus labios de fe inarticulada,

tus labios que habrían tentado a la vida.

Pensaba en todo aquello

y una araña de miel me recorría.

 

Ahora estoy arrepentido de pensar.

Estoy arrepentido de pensarte,

de hacer que tus mejillas fueran mármoles o grava,

o ciénagas espesas y templadas en que hundirse.

Y es que traía un alfajor hecho de nada:

me había confundido la espera larguísima,

el tramo interminable en que una boca se desliza por el verbo,

haciendo de su carne un imposible.

Estaba allí, en lugar de lo que soy,

pensando en esa boca inexistente que no es tuya,

pensando en tierra húmeda y viviente sobre el lienzo

que había elaborado en torno a ti,

como un mosaico.

Estaba allí y yo pensaba en otros labios,

pensaba en otra carne de ternura paliativa,

pensaba en el consuelo definitivo que no fue;

entonces te besé

y tus labios sabían a labios,

y yo me deshacía ante la idea de vivir.

 

¿Qué se yo lo que es vivir?

Yo, que sólo invento la vida.

 

(La luna ardía en su sayo de escarcha.

Yo buscaba una palabra y no la vi).

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