Según la «ley de Sturgeon» el 90% de los artículos que se publican es una basura.

En septiembre de 1953 tuvo lugar en Filadelfia la XI Convención Mundial de Ciencia Ficción (en la que se entregaron por primera vez los Premios Hugo). Entre los participantes se encontraba Ted Sturgeon, que presentaba su novela Más que humano. En su intervención, Sturgeon señaló que la ciencia ficción era el único género que era evaluado teniendo en cuenta sus peores ejemplos:

«Cuando la gente habla de la novela de misterio, menciona ‘El halcón maltés’ y ‘El sueño eterno’. Cuando habla de western, se señalan ‘Camino de Oregón’ y ‘Shane’. Sin embargo, cuando se habla de ciencia ficción, se habla de “esas cosas tipo Buck Rogers” y dicen que “el noventa por ciento de la ciencia ficción es basura”. Bueno, tienen razón. El noventa por ciento de la ciencia ficción es basura. De hecho, el noventa por ciento de todo es basura, es el diez por ciento que no es basura lo que importa, y el diez por ciento de la ciencia ficción que no es basura es tan bueno o mejor que cualquier cosa que se haya escrito».

La «ley de Sturgeon» se condensa en un contundente «el noventa por ciento de todo es basura». Una formulación similar se encuentra en la primera novela de Rudyard Kipling, La luz que se apaga (1890), cuyo protagonista dice: «En todas las circunstancias, recuérdalo, las cuatro quintas partes del trabajo de todos deben ser malas». Los porcentajes varían pero la idea de fondo es la misma: la gran mayoría de las cosas que se producen son una auténtica basura, ya sean poesías, series de televisión, experimentos de física cuántica, libros de filosofía o artículos de opinión.

Esta «ley» es una de las que el filósofo Daniel C. Dennett analiza en su libro Bombas de intuición y otras herramientas de pensamiento (2013). Más allá de la cuestión, sin duda banal, del porcentaje de basura que se produce, Dennett señala que «en todos los campos se hace un montón de trabajo mediocre», y extrae una moraleja: «Cuando quieras criticar un campo, un género, una disciplina, una forma de arte… ¡no pierdas tu tiempo, y el nuestro, abucheando a la mierda! Lánzate contra lo bueno, o déjalo en paz».

A cualquiera que esté familiarizado con las redes sociales no le será difícil comprobar cuánta gente (¿el noventa por ciento?, ¿cuatro quintas partes?) dedica su tiempo a discutir sobre algo que es basura. Y es que cuando alguien vive en un estado de indignación permanente es difícil que perciba qué merece la pena ser discutido y qué no.

Dennett analiza otra herramienta de pensamiento que es complementaria a la «ley de Sturgeon»: las «reglas de Rapoport». El psicólogo social y teórico del juego Anatol Rapoport desarrolló unas reglas para exponer comentarios críticos relevantes, que al mismo tiempo pueden servir para reprimir la necesidad que a veces tenemos de discutir sobre cosas irrelevantes (basura):

  • Intentar hacer nuestras las ideas que queremos discutir y exponerlas con una claridad e imparcialidad tal que el blanco de nuestra crítica no tenga más remedio que reconocer lo bien que hemos captado su punto de vista.
  • Elaborar una lista de aquellos puntos en los que estamos de acuerdo con las ideas de nuestro oponente, y mencionar cualquier cosa que hayamos aprendido de ellas.
  • Sólo cuando hayamos cumplido las dos reglas anteriores estaremos autorizados a decir una sola palabra para refutar o criticar las ideas de nuestro oponente.

Si decidimos aplicar unas reglas tan exigentes es probable que lo hagamos una vez estemos seguros de que esas ideas que queremos discutir realmente merecen nuestro tiempo. Un efecto que probablemente consigamos al usar esta herramienta de pensamiento es que nuestro oponente perciba tanto nuestra atención a lo que dice como nuestro respeto hacia él, lo que sin duda mejorará la comunicación.

En sus Pensamientos (1670), Blaise Pascal ofreció una herramienta similar y tan potencialmente efectiva como las «reglas de Rapoport»:

«Cuando se quiere reprender de manera útil y mostrar a alguien que se equivoca, es menester observar el lado por el que este considera la cosa, porque ordinariamente es verdadera desde ahí, de forma que hay que declararle esa verdad, pero descubrirle a la vez el lado por el que resulta falsa. Con eso se contentará, pues ve que no se engañaba y que sólo le faltaba ver todos los aspectos. Pues bien, uno no se disgusta por no verlo todo, pero no quiere haberse equivocado, lo que tal vez provenga de que el hombre no puede naturalmente verlo todo, y de que tampoco se puede equivocar de manera natural en el aspecto que considera, de la misma forma que las aprehensiones de los sentidos son siempre verdaderas».

Pero antes de embarcarnos en discusión alguna y de considerar las «reglas de Rapoport» o los consejos de Pascal, siempre es recomendable tener presente la «ley de Sturgeon» para recordar que «el noventa por ciento de todo es basura». Es el diez por ciento restante el que importa y merece nuestro tiempo.

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