Razonar haciendo: La artesanía como remedio

Desacreditada por la actividad intelectual y a remolque de la producción en serie, en los últimos siglos la labor artesana ha cargado con el estigma de vestigio medieval enfrentado al arrogante avance del progreso. En una sociedad en permanente recomposición y orgullosa de su formidable impulso tecnológico, la artesanía tradicional únicamente ha encontrado acomodo en el comercio de lujo o en los márgenes de los pasatiempos de aficionados dedicados. Sin embargo, frente a la creciente invasión de pantallas, robots y drones, la inmutable idiosincrasia de los oficios constituye, hoy más que nunca, un modelo imprescindible para el aprendizaje de la sensibilidad y la pericia.

Transmisores de destrezas corroídas por métodos de producción cada vez más impersonales, los artesanos encarnan un modelo de talento aplicado y amor por el trabajo bien hecho. Lejos de resignarse a la adaptación forzosa a un universo productivo que marca los ritmos y las cadencias, los maestros artesanos nos recuerdan que la honra de los oficios reside en el respeto por códigos que prohíben acelerar la marcha en nombre de la racionalización. En sus talleres, sin máquinas que crispen su espíritu y les priven de una sensualidad morosa enemiga de la eficacia, nada escapa a su control y entendimiento; allí, mediante una adecuada disposición de espíritu, someten serenamente a examen los entresijos de labores que hunden sus raíces en prácticas precapitalistas.

El desarrollo de talentos prácticos que favorecen la reflexión al sumergir al artesano en una atmósfera de repetición, hizo pensar que se trataba de ocupaciones tediosas y monótonas. Pero, en realidad, lo que ese tiempo simultáneamente rutinario y dinámico de los artesanos favorece es una acción contemplativa que permite el libre vuelo de la fantasía mientras las manos transforman la materia. En una era de distracciones y destrucciones, esta imaginación creadora en peligro de extinción, que ancla la atención y trabaja a favor del autodominio, es un tesoro incalculable. Y toda una terapéutica: en su sentido más profundo la artesanía es un sistema pedagógico que aúna el dominio de un quehacer tradicional con el esmero y la paciencia de los que surgen las obras maestras.

José Ignacio y Aurelio Campal realizando una prueba
José Ignacio y Aurelio Campal realizando una prueba


Un oficio que nos cuestiona

Valiéndose de los enormes progresos en el campo de los transportes, la robótica y las comunicaciones, las corporaciones han mudado radicalmente las reglas del juego de la producción textil. Desde los años noventa, los grandes conglomerados del sector han impuesto un modelo basado en la rotación sistemática de nuevas colecciones en intervalos de tiempo cada vez más breves. Con la inestimable ayuda de la seducción publicitaria, esta oferta desaforada generó su propia demanda en todas las capas sociales. Sin embargo, por detrás de esta organización del trabajo que privilegia la flexibilidad laboral y externaliza las operaciones que exigen mano de obra intensiva, se esconde en muchas ocasiones el mismo infierno de explotación infantil y esclavitud humana que la industrialización prometió desterrar hace más de tres siglos. En el terreno de la estética, esta modalidad de producción para un mercado de masas ha homogeneizado el aspecto de las ropas y de las ciudades, propiciando una desoladora uniformización que ha evaporado las singularidades culturales.

En medio de una indiferencia general, esta ofensiva empresarial ha puesto en jaque la supervivencia de los maestros sastres artesanos, desprotegidos frente a la codicia corporativa, la vertiginosa sucesión de las modas y la erosión de un sólido criterio de calidad entre los consumidores. Antaño recurrente en los pueblos y en los barrios, la figura del sastre ha ido desapareciendo paulatina, pero inexorablemente, ante la consolidación de la economía global. No obstante, ésta no ha sido una derrota completa, y son muchos los que han vendido cara su piel. Tributarios de un saber hacer tradicional ajeno al consumo desenfrenado y a los mandamientos de la moda, los maestros sastres no han tenido que apelar a la manipulación publicitaria para defender el valor de su trabajo: les ha bastado la garantía de prendas singulares, hechas a mano y en exclusividad para valorizar una labor irreconciliable con el mercado global.

Defensor de una relocalización productiva que se opone a la explotación de mano de obra barata y al lucro como único estímulo profesional, el oficio de sastre nos sitúa frente a una reflexión sobre el origen de nuestras ropas; incita a preguntarnos por las cosas que hacemos, pero, sobre todo, por cómo las hacemos. Como sabía William Morris, nos obliga a preguntarnos por cómo vivimos y por cómo podríamos vivir.

José Ignacio Campal prepara un traje para la entrega.
José Ignacio Campal prepara un traje para la entrega.


A mano y a medida

Abandonados a sí mismos, los maestros sastres artesanos han tenido los arrestos necesarios para resistir los embates de un modelo industrial depredador. Aunque el fulgurante éxito de las grandes corporaciones del textil parecía haber colocado contra las cuerdas a un sector artesanal que ha visto disminuir sus efectivos de forma dramática en las últimas décadas, algunos maestros han trasmitido a sus hijos el secreto de este oficio secular. Ante su pérdida de visibilidad en las ciudades y la introducción de nuevas sensibilidades consumistas espoleadas por la confección industrial, los jóvenes sastres han actualizado la tradición sin salirse nunca de ella.

Lamentablemente, en un contexto general de ropa barata y efímera, los precios de las sastrerías les han granjeado fama de elitistas. Empero, cada vez son más los que han intuido que lo realmente económico es el producto de calidad que garantiza la longevidad. Si sólo lo que dura en el tiempo merece ser verdaderamente apreciado, es el criterio de calidad, y no el anzuelo de los precios bajos, lo que debería determinar el valor de un producto.

Antídoto contra una cultura de masas que fomenta la monotonía y la imitación en nombre de una falsa singularidad, esta vieja costumbre de coser la ropa a mano y a medida ha experimentado un esperanzador repunte en los últimos años. Inmunes al veneno de este siglo, la rapidez, los maestros sastres han preservado un modelo de relación personal entre un artesano y un cliente que establecen una comunicación directa con el propósito de elaborar un producto único. En este comercio, el cliente se erige en actor principal, no en un mero sujeto que adquiere de forma pasiva y acepta sin más lo que le se le ofrece. Apoyándose en el conocimiento y los consejos del maestro, se le brinda la posibilidad de acompañar activamente el proceso de creación a lo largo de sus diferentes fases.

En esta época de outlets y compras on line, la sastrería permanece, además, como lugar de encuentro privilegiado, un factor de revitalización de los barrios de primer orden. El arraigo y solera de muchos de estos establecimientos les permitía actuar como plaza pública, un espacio indispensable para la vida democrática, que induce el contacto directo en la deliberación con otros.

Tras haber soportado las ofensivas del progreso tecnológico, los maestros sastres simbolizan el orgullo de una cultura de oficio que ha sabido sobrevivir a la implacable racionalización productiva y al capricho de las modas. Reconocer su mérito es un primer paso para revigorizar una tradición artesana que no fiaba su dignidad en las cifras de venta, sino en la creación de productos bellos, de calidad e irrepetibles.

Jaboncillo sobre una vitrina de camisas artesanales.
Jaboncillo sobre una vitrina de camisas artesanales.

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