Los derrotados visten trajes de la nada. ¿Son
Un signo absurdo ahora? ¿Se
congeló la utopía en sus cabezas?
Se los ve en cafés afligidos,
molestan, hablan
con un fulgor maltrecho en la boca
que no se termina de apagar. ¿Siguen
en la pasión de violar al mundo
y no ser violados por el mundo? ¿Insisten
contra la estupidez? O callan y se limpian
la baba que el tiempo deja caer sobre ellos. Escriben
papeles que nadie alcanza a ver.
Tienen nombres no dichos
Sobre sus huesos quietos ya.
Juan Gelman

Esa mujer tiene un cuerpo hirsuto que casi se disculpa. Esa piel está agarrada a los huesos en un gesto desesperado para no caer por el precipicio de sus olvidos. Esos ojos son grandes para ese rostro. Son ojos, desde luego, y parece que miran, aunque a veces se pierdan en los recuerdos blancos como quien contempla la pared sin más ambición que anclarse a la tierra durante esos minutos.

Esa mujer se desplaza, hace la compra, lee libros interesantes, a veces habla. Esas palabras se quedan chiquitas para esa alma. Son palabras, desde luego, pero parecen también una coartada para esquivar los discursos o los insultos.

Esa mujer evita quirúrgicamente ser violada por su propia historia. Y por la de los que la rodean en mutantes vidas vacías de sentido y llenas de valor. Esa mujer come zanahorias y almendras. Y sonríe como cien soles alineados en una mañana de primavera en Cabo de Gata.

Los que la conocen intuyen una derrota, pero no son capaces de precisar en qué momento se produjo o cuál es su categoría. Las derrotas, como muchos tragos, no parecen trascendentales al principio, hasta que alguien se sirve uno a las 9 de la mañana y el espejo le dice que ya todo el alcohol está dentro y que solo se bebe para dejarse desbordar.

fotografía Patricia Perreira
FOTO: Patricia Parreira.

Esa mujer escribe textos mentirosos para pagar su modesto alquiler y a veces un pequeño capricho: como un helado de macadamia o un paseíto en la Plaza del Zócalo o una pastilla de chocolate puro. Pasear es una terapia saludable, se repite, cuando camina para constatar que la vida no se paralizó en 1983 y que lo que hace se parece más a existir que a subsistir.

Este hombre que mira a esa mujer es torpe e inseguro como la mayoría de su estirpe. Nubla la inseguridad con un cigarrillo barato y baraja la torpeza con las fotocopias de los textos que escribe para consolidar su pobreza más absurda. Este hombre lleva siglos observando a esa mujer al entrar a esta oficina. Siempre igual, ella emprende una pequeña batalla en la recepción al negarse a identificarse a pesar de haber traspasado este check point unas 400 veces. Los pequeños síntomas de su carácter se manifiestan así, sin aviso, con consistencia hasta que se aburre de sí misma y comienza otra gesta inoportuna tras abandonar sin rencor ni aspavientos la anterior.

Este hombre ejerce un trabajo a todas luces precario e injusto. Lo hace con una dignidad asombrosa que le ha hecho ganarse un respeto en cualquier caso sobredimensionado. Quizá es el hecho de que su trabajo haya sido tradicionalmente atribuido a mujeres o quizá sea simplemente que su parsimonia al servir el café o al sentarse en el cuartucho de servicio a repasar sus hojas fotocopiadas sobre las que hace anotaciones mínimas transmitan una calma envidiada por las vidas insulsas y exitosas que lo rodean.

Esa mujer rechaza trabajos que necesita. Lo hace como para lanzar señales a los que intuyen que un día tuvo causas y vivió atardeceres en los que creyó en ella y en el mundo. Sus ojos, demasiado grandes para este rostro de huesos y ángulos, suelen juguetear con hombres que no saben mirar. Son ojos, desde luego, y este hombre sí valora su imponente presencia y su intencional sobredimensionamiento para ese cuerpo minúsculo, para esa vida, aparentemente, innecesaria.

Foto Patricia Perreira
FOTO: Patricia Parreira.

Este hombre un día fue bravo. Los compañeros apreciaban el carácter solidario cuando compartía el cigarrillo húmedo que los tranquilizaba antes de morir. Morir, para este hombre, es una estupidez después de haber muerto tantas veces en cada compañero, en cada compañera, en cada esquina en la que escondió su cuerpo cansado de correr detrás de su alma. Luego llegó el fracaso y con el fracaso la desconexión y con la desconexión la vida y con la vida la nada y con la nada el desamor y con el desamor la soledad y con la soledad, de nuevo la paz: esa inmensa libertad que proporciona la soledad a pesar de sí misma.

Esa mujer ha despertado en este hombre un sentimiento ya olvidado. Recuerda este hombre que tenderse en la cama buscando el pliegue de la piel querida fue su único triunfo ante la terquedad de los matones. Y la piel de esa mujer lo llama. Ella, pequeña y silenciosa, gusta de sentarse en el cuartucho de servicio junto a él, sobre una pila de guías telefónicas que hacen de taburete. Agarra la taza de café con las dos manos buscando calor y dolor. No le habla, pero él siente como su piel palpita. Lo que palpita es el corazón, desde luego, pero por la piel pasa la sangre que este bombea y en casos de pálpitos intensos, la piel puede bailar al ritmo que el corazón le impone.

Este hombre no se decide a hablar a esa mujer. Ella siempre fue conocida por sus silencios. En los peores momentos, cuando se escondían en apartamentos semivacíos en los que confiaba más que en los amigos, su silencio sirvió de bálsamo. La mayoría, excitados por el miedo a la tortura o al tiro fallido, hablaban de más, como niños excitados por visita desconocida. El silencio de esa mujer los iba calmando, llevando a un estado inconsciente que ni siquiera ella lograba. El día que subió en el avión que la sacó de su lucha ella entró a una vida ajena que comenzó a querer con el tiempo. Nunca dijo ni pensó que quisiera estar sola. Está sola, desde luego, pero porque es difícil que alguien entienda sus silencios o la estruendosa aparición de sus palabras cuando se desconcentra y se hace sociable. Este hombre sí intuye lo que ella guarda en esas-turbulentas-gavetas abiertas pocas veces y para casi nadie.

Esa mujer no piensa hablar a este hombre. Intuye, eso sí, que algo comparten. La calma de este hombre le recuerda el patrimonio que da el fracaso pero, al igual que ella, evita responder… así elude preguntar.

foto Patricia Perreira
FOTO: Patricia Parreira.

Este hombre llega cada tarde a la misma hora al cuarto que alquila en una calle sucia pero que está a pocos metros del mar. Su rutina se cumple a rajatabla excepto para escribir. Lo hace cuando no duerme y no duerme casi nunca. Escribe de manera compulsiva. Después fotocopia las hojas donde garabatea en cuerpo 11 las palabras que vomita su cuerpo ingrávido. Después, hace anotaciones al margen en una letra pequeña que fuerza para que no sea la suya. Le gusta observarse en las palabras que otro podía haber escrito. Mañana llevará nuevas fotocopia al trabajo y deslizará algunas, como suele hacer, en el bolso rojo de esa mujer.

Esa mujer gusta de tomar una onza de chocolate justo después de fumar el único cigarro que su salud le permite al día. Desde hace un tiempo, prende el cigarro con la leve llama azulada que emiten las hojas. Piensa a veces que sería hermoso leer estas fotocopias en el regazo de este hombre al que nunca ha dirigido la palabra. Sería hermoso, desde luego, pero las palabras que él escribe y luego dobla en el espejo mecánico del tonner son demasiado parecidas a sus fracasos, a los de ambos. Esa mujer no sabe lo que es la autocompasión, ni las babas del recuerdo. Las palabras de este hombre no han sido escritas para ser vistas por nadie más y ella se convierte en nadie para seguir digiriéndolas ayudada por el dulce y negro rencor del chocolate.

Un relato de Paco Gómez Nadal, periodista, escritor y activista por los derechos humanos.

Fotografía: Patricia Parreira. Más en https://www.flickr.com/photos/radiofiambre/with/6465517423/

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