Sentado en la cima de la ínfima isla de Monuriki, en el Pacífico sur, un argentino me dijo que nadie viaja lejos por placer. Nos vamos lejos para disolver el ego, para deshacernos de lo que nos impide volver a ser uno con el universo.

Toda necesidad surge de una carencia, y la que une a los viajeros es la de convertirse en uno mismo. Jorge Martín, un consultor madrileño, tuvo que irse a Canadá para poder ser camarero, Rafaela Risonio se fue a Australia para ser lesbiana, y Alejandro González aún sigue en México porque allí la sangre y Catrina ahuyentan al fantasma de su padre.

Viajar no es acercarse a una nueva cultura, es alejarse de la propia. Emborracharse de lo ajeno hasta olvidarse de lo que se es, jugar a desaparecer en una tierra que ni nos debe, ni le debemos nada.

La condición de extranjero anula cualquier otro juicio, y cada encuentro con lo desconocido adopta una forma potencial de amor. Por una vez, volvemos a mirarnos con la curiosidad del niño, la original.

Al traspasar el horizonte todos somos inocentes, podemos ser todo y nada, lo desconocido nos abraza, y nos dejamos llevar.

En las afueras de nuestro mundo lo extraño nos une, la vulnerabilidad apacigua al ego, y lo sagrado de lo remoto nos hace indulgentes. No hay nada mas acogedor que ser extranjero.

Un texto de Marta Gutiérrez Calderón. Actualmente viviendo una gratificante vida llena de éxitos a la par que fracasos.

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