A comienzos del siglo XX, el cine decidió seguir la estela dejada por la fotografía y las ilustraciones eróticas de finales del siglo XIX, llevando esta forma de esparcimiento a nuevas cotas. La época de entreguerras fue el momento propicio para la puesta en ejecución de una nueva revolución en el ámbito del entretenimiento: el cine pornográfico.

La productora barcelonesa Royal Films, a la que se han atribuido los primeros filmes pornográficos realizados en España, fue fundada en 1915 por los hermanos Ramón y Ricardo de Baños. El nombre de la productora no fue escogido de modo fortuito: estas películas se rodaron a instancias del Conde Romanones, destacado político del momento, quien ejerció de intermediario entre sus autores y aquél al que iban dirigidas, el rey Alfonso XIII de Borbón.

Si hasta los años sesenta el consumo de cine pornográfico de muchos países aconteció en prostíbulos o clubs privados, el caso de España fue algo distinto. En los albores de la pornografía filmada, fue la aristocracia española del momento la que requirió tan selectas producciones. De este modo, el círculo cortesano del monarca Alfonso XIII -de quien se sabe que llegó a sugerir posibles argumentos para las mismas-, gozó de un metraje al alcance de muy pocos en aquel tiempo. La pornografía era entonces un placer elitista y, en ocasiones, podía constituir un signo de distinción.

Aunque el número de películas pornográficas rodadas por la Royal Films fue muy superior -se cree que la cantidad oscila entre las cincuenta y setenta-, sólo tres de ellas han llegado hasta nosotros, rescatadas de su olvido en un convento por la Filmoteca de la Generalitat Valenciana, responsable de su restauración. Se trata de los filmes titulados Consultorio de señoras, El ministro y El confesor, todos ellos producidos en la década de 1920 y filmados en la ciudad de Barcelona.

Si estas películas merecen el calificativo de pornográficas -o sicalípticas, como eran conocidas en la época- es a causa del sexo explícito contenido en ellas: Consultorio de señoras narra una serie de encuentros sexuales en la consulta de un ginecólogo; El ministro trata acerca de un caballero que acude a su esposa para que interceda por él ante un hombre del gobierno, para lo cual la mujer no duda en hacer uso de sus encantos; por último, El confesor, quizá la más interesante de las tres por sus implicaciones político-religiosas, nos muestra a un sacerdote manteniendo relaciones sexuales con su ama y dos feligresas. La trilogía es anterior a la aparición del cine sonoro y desconocemos si tenían algún tipo de acompañamiento musical. De lo que no parece caber duda es del gusto por estas piezas de su controvertido financiador, contrarias a los valores sostenidos por los referentes morales del régimen político del momento, de entre los que sobresalía la Iglesia católica.

No en vano, Alfonso XIII de Borbón -avezado juerguista y mujeriego impenitente-, fue un hombre siempre proclive a transgredir las normas apuntaladas por la costumbre. Así, en la década de 1930 -ya exiliado de España tras la proclamación de la Segunda República-, el ex-monarca se encontraba visitando Hollywood cuando expresó su deseo de conocer al cómico Fatty Arbuckle. Al ser informado por el actor Douglas Fairbanks de la caída en desgracia de aquél a causa de la supuesta violación de una joven con una botella de champán -la cual habría sido la razón de su fallecimiento un par de días después-, Alfonso de Borbón no dudó en expresar su consternación por lo sucedido pronunciando estas palabras: «¡Qué injusticia! ¡Si eso le puede pasar a cualquiera!»

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