Podríamos ser tan analógicos
y citarnos en los cafés
pasadas las seis,
cuando salgas de trabajar
y el cansancio te haga surcos
por todo el cuerpo
y que cuando lleguemos a casa,
y te desnude,
descubra que no había visto
ni la milésima parte de tus honduras
y pliegues, y dobleces,
y manchas de almendros en flor.

Podríamos ser tan analógicos
y decirnos los te quiero a la cara,
sin saber hasta pasadas las seis
que anoche soñaste conmigo
y que me sigues queriendo
aunque esté vendiendo los libros al peso
y ya no me apetezca escribir.

Podríamos ser tan analógicos,
tan reloj de pulsera,
que iríamos caminando por la Gran Vía
riéndonos de todo este absurdo de luces,
tiendas, pantallas, y muertos en vida,
aunque sé que no nos haría gracia,
y correríamos a casa horrorizados
a escuchar lo que nos tenemos que decir
en lugar de pulsar el botón.

Podríamos ser tan analógicos
y atrevernos a la felicidad.

Javier Llorente Granger (1990) nace en el Madrid lleno de ruidos, del que sus padres escapan pronto, cambiándolo por Mojácar (Almería). Es, sin embargo, en la Granada que lo ha visto crecer, donde se afirma como poeta por necesidad, girando su poesía en torno a las cosas del día a día, y a grandes temas como el amor, la muerte o la amistad.

Foto Alejandro Rebollo Roldán.

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