La noción de cuerpo grotesco fue introducida por el estudioso de la literatura Mijaíl Bajtín (1895-1975) en su conocida obra La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais. En ella, Bajtín efectúa un acercamiento al ámbito de lo carnavalesco a partir de la obra de Rabelais, autor francés del siglo XVI que hizo de los gigantes Gargantúa y Pantagruel protagonistas de un conjunto de novelas satíricas caracterizadas por la desmesura de los hechos narrados.

Lo carnavalesco engloba una amplia serie de manifestaciones culturales consistentes en espectáculos dispares -mascaradas, degradaciones, coronamientos y derrocamientos bufonescos- y distintas formas de humor popular -composiciones cómicas, vocabulario soez- puestas al servicio de una inversión momentánea de las normas y valores imperantes. Existe, pues, una voluntad de presentar un mundo del revés, contrario en apariencia a la realidad oficial que domina la vida cotidiana, condicionada por interacciones sociales y políticas jerárquicas -con sus tabúes y privilegios- y desplazada por relaciones de tipo horizontal. Este objetivo se alcanzaba en la Edad Media y el Renacimiento por medio de la risa o humor carnavalesco, que con sus alardes fundados en la grosería -y expresados en forma de blasfemias, insultos y burlas- contribuían a la regeneración de las formas que eran blanco de aquélla. Se trataba, en suma, de la escenificación de una utopía igualitaria aún por llegar que podía servir tanto a modo de transgresión como de relajación de las tensiones inherentes a la desigualdad.

Esta risa de carácter ambivalente encuentra uno de sus sustentos en el realismo grotesco, responsable de una hiperbolización del cuerpo. Deforme e hiperbólico por definición, el cuerpo grotesco aparece asociado a aperturas y orificios, esto es, a las entrañas, los genitales y los esfínteres, que ponen en contacto al individuo con la comunidad. Estos elementos, marcados por la impureza, imponen sus necesidades a las de la razón y el espíritu. Boca, ano o nariz aparecen abiertos al mundo y ponen de relieve el carácter inacabado del cuerpo humano, siempre en construcción, que se desborda con acciones tales como son el comer, el beber, el defecar, el eyacular o el alumbramiento de una nueva vida. El sentido cómico concedido a las necesidades corporales y al goce terreno a causa de su inmediatez se expresa en la plaza como ámbito público de confluencia, en donde intérprete y espectador -representación y audiencia- se hacen uno al verse diluidas las fronteras espaciales, pues el carnaval no se observa: se vive. No podemos entender el cuerpo grotesco desligado de este sentido colectivo, comunitario.

El alcance y relevancia de esta subversión deben ser puestas en relación con la vinculación entre carne y pecado propia de la Edad Media y el Renacimiento. El cuerpo, como fuente del deseo, es la causa de una animalización del comportamiento humano, entendida ésta como un fenómeno negativo por el que el individuo se rebaja y pone al servicio de sus instintos primarios, atentando contra todo sentido de la armonía. De este modo, conforme las estructuras de poder de tipo absolutista y su admiración por los cánones clásicos -cuerpo clásico- fueron afianzándose, los elementos populares presentes en lo carnavalesco fueron contemplados desde la óptica de lo vulgar y lo zafio y combatidos desde el poder, que reconocía en ellos factores que se prestaban a la politización, lo que favoreció su progresiva domesticación o disciplinamiento desde las instituciones.

En palabras de Bajtín, lo grotesco «permite mirar con nuevos ojos el universo, comprender hasta qué punto lo existente es relativo y, en consecuencia, permite comprender la posibilidad de un orden distinto».

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