Bas Jan Ader (1942-1975) fue un artista neerlandés que desarrolló su obra en los Estados Unidos, adonde arribó por vez primera a comienzos de la década de 1960 como miembro de la exigua tripulación del yate Felicidad. Ader se instaló en la ciudad de Los Ángeles, California, epicentro de una revolución cultural en ciernes. Allí cursó estudios en arte y filosofía en el Otis Art Institute y en la Claremont Graduate School. Breve y hermética, su producción explora temas como el dolor, la tragedia, el fracaso o la vigencia del Romanticismo a través de la fotografía, el vídeo y la performance.

El trabajo de Bas Jan Ader se enmarca dentro del Conceptualismo, movimiento artístico que antepone el intelecto a la emoción. Su aspiración primordial es la abolición práctica de la subjetividad en beneficio de la inmaterialidad de las ideas. Pero si algo caracteriza la obra de Ader es su aproximación de corte romántico al objeto de reflexión artística, a menudo cimentada en el absurdo y la ironía. En I’m Too Sad to Tell You (1970-1971), el artista exhibe una honda desazón desprovista de contexto. Su llanto, documentado en formato de vídeo y fotografía, permanece aislado de todo discurso explicativo.

La serie Fall (1970-1971) constituye la síntesis más acabada de su horizonte creativo. Fall I, Los Angeles (1970) es una película breve -de apenas unos segundos de duración- rodada en formato de 16 mm en la que el propio Ader aparece sentado en el tejado de su casa. El artista pierde entonces el equilibrio y aterriza sobre unos arbustos en una secuencia no exenta de patetismo. En Fall II, Amsterdam (1970), pedalea con parsimonia hacia uno de los canales de la capital holandesa hasta precipitarse en sus aguas, de las que no se lo observa emerger. Por último, Broken Fall (Organic) (1971) presenta a Ader suspendido de una rama sobre el curso de un río, instante en que sus fuerzas lo abandonan y se entrega al vigor de la corriente.

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Fall II, Amsterdam (Bas Jan Ader, 1970) | Bas Jan Ader Estate

Se trata de piezas en las que el artista indaga en el parentesco existente entre tragedia y comedia a partir de un doble enfoque: la inevitabilidad de la caída -propiciada por la fuerza de la gravedad- y un humor próximo al slapstick de Buster Keaton, que inciden en la vulnerabilidad de su cuerpo y, por ende, de la condición humana. Sus acciones, abocadas al fracaso, predicen el amargo desenlace de la más extravagante y audaz de sus empresas, el tríptico inacabado In Search of the Miraculous.

El título In Search of the Miraculous proviene del libro homónimo escrito por el filósofo ruso P.D. Ouspensky acerca de las enseñanzas del peregrino y místico greco-armenio George Ivanovich Gurdjieff (1877-1949). El concepto de peregrinaje formaba parte intrínseca del pasado familiar de Ader, cuyo padre, el sacerdote reformista Bastiaan Jan Ader -ejecutado por los nazis a causa de sus acciones en el seno de la resistencia-, había viajado en bicicleta desde Groninga hasta Jerusalén.

La primera parte del extraordinario proyecto recibió el nombre de In Search of the Miraculous (One Night in Los Angeles) (1973). La pieza constaba de una colección de dieciocho diapositivas en blanco y negro -existe otra versión de catorce- que retratan el deambular nocturno de Ader por las calles de Los Ángeles, todas ellas subtituladas con un verso procedente de la canción pop Searchin’, del grupo The Coasters, un tema articulado en torno a la búsqueda del amor que adquiere un enigmático significado en este nuevo contexto. La última de las imágenes muestra al artista frente al océano en un aparente guiño a El caminante sobre el mar de nubes (1818), óleo del pintor romántico Caspar David Friedrich (1874-1840).

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In Search of the Miraculous (One Night in Los Angeles) (Bas Jan Ader, 1973) | Bas Jan Ader Estate

Las fotografías fueron expuestas en la Claire Copley Gallery de Los Ángeles con el acompañamiento de un coro de estudiantes, responsables de entonar salomas -canciones marineras- decimonónicas como A Life on the Ocean Wave (1838), compuesta por Epes Sargent y Henry Russell. Este trabajo tendría su contrapunto en una nueva serie fotográfica de un paseo nocturno por Ámsterdam, muestra ya concertada con el Groninger Museum, ubicado en su ciudad  de origen, Groninga.

El nexo de unión entre ambas orillas había de ser una arriesgada travesía en solitario por mar desde Cape Cod, en la costa este de Estados Unidos -de donde partió el 9 de julio de 1975-, hasta Falmouth, Inglaterra. Su precaria embarcación, el Ocean Wave, apenas alcanzaba los 3’80 metros de eslora y estaba equipada con todo lo necesario para sobrevivir durante un par de meses. Sin embargo, transcurridas tres semanas de viaje, Ader perdió el contacto por radio. La última vez que se lo vio con vida navegaba por las aguas de las Azores (Portugal), donde fue avistado por unos pescadores. En abril de 1976, los restos de su velero fueron encontrados en las costas de Irlanda. No quedaba rastro del artista.

La desaparición de Bas Jan Ader fue acogida con escepticismo. El hallazgo del libro The Strange Last Voyage of Donald Crowhurst en su taquilla de la facultad no hizo sino acrecentar las dudas al respecto. Esta investigación narra el fallido intento de vuelta al mundo en trimarán del británico Donald Crowhurst a finales de la década de 1960. Crowhurst, marinero inexperto, lejos de admitir el fracaso de su aventura, se sumió en una creciente desesperación que lo empujó a remitir informes ficticios sobre sus increíbles progresos. Sus diarios de bitácora -uno verdadero y otro falso- son una crónica escalofriante de su gradual inmersión en la locura.

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Bas Jan Ader a bordo del Ocean Wave (Mary Sue Andersen, 1975) | Bas Jan Ader Estate

El cadáver del artista nunca apareció. Tan sólo al cabo de los años, Ader fue declarado muerto. Hasta ese momento, no fueron pocos los que albergaron la esperanza de que se tratara de una nueva travesura, una broma pesada de un personaje proclive a la escenificación de sus obsesiones. Por irónico que resulte, su fracaso vino a ser la confirmación de sus intuiciones artísticas. Descartada con casi absoluta certeza la posibilidad de un suicidio, su búsqueda del milagro -de lo sublime- y su extemporánea personificación del héroe romántico se saldaron con dolor, ausencia y tragedia. La naturaleza impuso así su dominio sobre el hombre, pero no sobre su legado, preservado por el barniz acrítico del mito.

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