Este artículo puede contener spoilers sobre el capítulo Black Mirror: Caída en picado.

Tras su estreno a finales de 2011, no tardó en evidenciarse que Black Mirror no iba a ser una serie cualquiera. Los tres episodios que conformaban su primera temporada construían un conjunto de historias autoconclusivas que, a través de una temática común, caracterizarían el sello de identidad de la serie: el impacto en nuestras vidas de la tecnología, en un futuro ciertamente distópico, y las consecuencias de estos avances en nuestra capacidad de interactuar socialmente. Además, cada episodio dejaba en la boca del espectador el sinsabor de enfrentarle, en cierto modo, contra un oscuro espejo; quizá ese «black mirror» no sea otra cosa que el reflejo de una lacra incipiente de nuestro propio tiempo.

Sin ir más lejos, en El himno nacional, primer episodio de la serie, su creador, Charlie Brooker, basaba su historia en la inclusión de un hecho esperpéntico que curiosamente tendría un gran parecido con el relatado, a posteriori, en la biografía no autorizada del ex Primer Ministro británico, David Cameron.

El pasado 21 de octubre vio la luz la tercera temporada de Black Mirror, en esta ocasión de la mano de Netflix en exclusiva. Uno de sus episodios más interesantes es el primero de ellos, Caída en picado. Y lo es por la inmensa capacidad del mismo para mostrar nuestra creciente dependencia de la aceptación de los demás, resaltando la necesidad imperante de exhibir una faceta de nosotros mismos lo más afable posible con el objetivo de agradar a todos y cada uno de los que nos rodean.

En Caída en picado, Bryce Dallas Howard interpreta soberbiamente a Lacie, una oficinista tremendamente preocupada por transmitir lo mejor de sí misma, generando emociones que distan mucho de lo espontáneo. Algo que, en esa futura sociedad a la que nos invita Brooker, se ve implementado mediante sucesivas valoraciones a través del móvil, con las que cada uno puede juzgar al otro y jerarquizarlo así dentro de la sociedad como más o menos aceptado.

La importancia de este ranking que forman las valoraciones medias recibidas por los demás está llevada a tal extremo que, además de servir como un prejuicio vital, sitúa a los individuos de la sociedad en una continua espiral en la que intentar agradar y adular al otro, más que empatizar con él o compartir experiencias. Y es que esa nota media adquiere una importancia tal que se sitúa por encima de la trascendencia que cualquier prejuicio tradicional puede tener en nuestra sociedad actual, tales como los lazos familiares, el nivel económico o la imagen física. Esa fachada construida cuidadosamente cada día es el rasgo fundamental para valorar y discernir quién es admitido en determinado sitio o no, o quién recibe una rebaja vip o unas condiciones especiales en la adquisición de cierto producto.

Lacie tiene la imperiosa necesidad de aumentar su nota media y que llegue a un mínimo de 4.5 puntos para así obtener un descuento en la casa de sus sueños. Con el fin de intentar mejorar su valoración busca asesoramiento, el cual le aconseja obtener valoraciones de gente influyente -es decir, con una nota muy alta-. La protagonista piensa que es su día de suerte cuando Naomi, su mejor amiga de la infancia -genialmente posicionada en sociedad-, le ofrece dar el discurso el día de su boda. Por fin podrá tener la casa que siempre ha querido y formar parte de la élite que todo el mundo aspira a alcanzar en ese mundo de mezquindad y artificio social.

El creador Adam Elliot (Berwick, 1972) siempre ha basado sus preciosas historias de animación en claymotion en personajes marcados por distintos trastornos de la personalidad que les colocan lejos de cualquier atisbo de integración social. La marginación de Harvey Krumpet –Harvey Krumpet (Adam Elliot, 2003), cuyo protagonista tiene síndrome de Tourette- o de Max –Mary and Max (Adam Elliot, 2009), cuyo protagonista masculino tiene síndrome de Asperger- le sirven al director australiano para crear una artesanal oda a la empatía. Es verdad que quizá la sinceridad total y expresiva que muestra alguno de estos personajes no sea lo más apropiado en toda relación social; sin embargo, es falso que la honestidad y la naturalidad en el comportamiento impliquen decir únicamente lo que a uno se le pase por la cabeza en cada momento. Su único objetivo es dejar la hipocresía del tabernero a un lado y huir de la confección de una realidad ilusoria que no es más que una mera quimera.

Se ha resaltado la relación entre la trama argumental de Caída en picado y la existencia de la app Peeble, que permite puntuar numéricamente a todo conocido o amigo en los terrenos profesional, personal y sentimental. Más allá de coincidencias anecdóticas en el procedimiento, lo que cabe destacar realmente es la acertada conexión con la dependencia de nuestro tiempo hacia determinadas tecnologías, enfocadas en gran medida al ámbito social. Que nuestra propia seguridad dependa de las opiniones que genere cibernéticamente nuestra vida impostada nos hace más frágiles de lo que cabría imaginar.

Esta falaz plenitud parece consistir en conseguir muchos likes, tener muchos followers o que mucha gente comente la buena pinta que tiene esa tapenade que se ha fotografiado y subido a las redes, como si el acto de comer ese plato fuera secundario.

Hemos llegado a tal nivel ilusorio que uno piensa si realmente hay gente que va a un concierto o visita una ciudad más por compartirlo en las redes que por el propio hecho de vivir la experiencia. Nos preocupamos por publicar todo lo que nos pasa y compartir todo lo que hacemos con todos nuestros amigos, ya sean reales o virtuales. Y lo hacemos cada vez en mayor medida con la incipiente esperanza de generar impacto a nuestro alrededor.

La segunda mitad de Caída en picado parece querer demostrarnos esa vertiente oscura de todo comportamiento antinatural. Su histérico afán por sobreactuar sonrisas y buenas caras allá por donde va lleva a Lacie por una serie de atropellados infortunios que desencadenan en que su nota media caiga cada vez más y más, como si de una hilera de fichas de dominó se tratase. Así, rechazada y repudiada, decide dejar a un lado sus infructuosos intentos por triunfar socialmente y termina vertiendo el más crudo y profundo juicio sobre los demás de la manera más embarazosa posible.

Sí, hay que asumirlo. Necesitamos continuamente que nuestra personalidad, apariencia, opiniones y actos sean aceptados para sentir seguridad en nosotros mismos, día a día. Por desgracia, a Charlie Brooker se lo ponemos cada vez más fácil: en cada ocasión le hace falta alejarse menos en un hipotético futuro para criticar nuestras cada vez más evidentes vergüenzas.

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