En los últimos años cada vez son más las publicaciones relacionadas con los fenómenos de hechicería y brujería. Éstas son numerosas desde disciplinas como la antropología, la historia del derecho o la sociología. Sin embargo, es en la historia donde el volumen de artículos, monografías y tesis doctorales sobre estos fenómenos ha tenido un mayor tratamiento.

La brujería y la hechicería se han estudiado prácticamente en todas las épocas, si bien dos han sido los períodos históricos en los que se han concentrado la mayor parte de las investigaciones sobre este tema: la Edad Media y la Edad Moderna. El análisis de la brujería y la hechicería se ha realizado desde muy diversos ámbitos, predominando las investigaciones relacionadas con la presencia de brujas y hechiceras en la literatura, su relación con la Inquisición, la caza de brujas o la lucha contra la herejía.

Si nos ceñimos al ámbito geográfico, la mayor parte de estos estudios se han orientado a analizar los fenómenos de hechicería y brujería al norte de los Pirineos, vinculándolos con el proceso de caza de brujas que experimentaron las sociedades de Europa Occidental y Central desde la segunda mitad del siglo XV hasta aproximadamente 1750.

A través de las aportaciones de diversos historiadores, podemos definir la brujería como una actividad mágica, de carácter esencialmente femenino y popular, difundida por transmisión oral, basada en el pacto con el demonio y manifestada en prácticas curativas, de adivinación, magia amorosa o influencia negativa sobre cosas, animales o personas.

Es necesario establecer una distinción entre brujería y hechicería, que atiende fundamentalmente al campo de acción (la brujería en el ámbito rural y la hechicería en el espacio urbano) y a las prácticas de ambos fenómenos (la brujería, más relacionada con la participación en aquelarres, el mal de ojo o las transfiguraciones; la hechicería, asociada principalmente a la alcahuetería, prácticas amorosas y recomposición de virgos).

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La bruja (c. 1500) | Albrecht Dürer

Tal y como señaló el historiador catalán Pau Castell, desde finales de la Edad Media, las prácticas que tradicionalmente habían sido entendidas como superstición (curandería, adivinación, alcahuetería…) empezaron a considerarse como brujería y hechicería, vinculando éstas al demonio y otorgándoles un carácter heterodoxo. En este cambio de concepción influyó la división religiosa surgida a partir de la Reforma, pues la acusación de magia demoníaca entre fieles de diferentes confesiones era común. De este modo, ciertos colectivos de mujeres (y hombres) empezaron a ser vistos con recelo por sus contemporáneos. Así, en Europa Occidental y Central proliferaron las persecuciones contra estas supuestas “brujas” y “hechiceras”, teniendo éstas un doble valor: por un lado aliviaban los sentimientos de incertidumbre de la población, y por otro eliminaban a las intermediarias del demonio, causantes de sus desgracias. En palabras del historiador estadounidense Brian Levack: “entraron en juego las preocupaciones sociales y económicas, mucho más específicas, y llevaron a identificar a ciertas personas -por lo general mujeres ancianas y pobres- como brujas”.

Esta psicosis brujeril afectó fundamentalmente a la Europa Central y Noroccidental. En la Península Ibérica no hubo una persecución tan brutal, especialmente en la Corona de Castilla, si bien el hostigamiento a las brujas y hechiceras fue más intenso en algunos territorios de la Corona de Aragón (Cataluña y Aragón), así como en Navarra y las provincias vascas, muy probablemente por su proximidad al ámbito francés.

La brujería y la hechicería no fueron fenómenos aislados, pues durante la Edad Moderna casi todas las personas creían en un mundo con fuerzas oscuras y demonios. La existencia de brujas y hechiceras era asumida por los grupos populares, pero también por las élites políticas, económicas y culturales. Intelectuales como el francés Jean Bodin (1529-1596), magistrados como Pierre de Lancre (1553-1631) o reputados teólogos como Martín del Río (1551-1608) creían en la existencia de las mismas. Esto se debía a que, en palabras del historiador francés Lucien Fèbvre: “la creencia en estos fenómenos se fundamentaba en que en estas sociedades no existían los conceptos de lo posible y lo imposible”, de forma que el recurso a la imaginario era común para superar los problemas cotidianos.

Pese a esta opinión mayoritaria, también desde el siglo XVI se alzaron voces incrédulas sobre la existencia de las brujas, como la del demonólogo holandés Johann Weyer, en su tratado De Praestigiis Daemonum (1563) o la instrucción pontificia Pro formandis processibus in causis strigum, que en 1657 recomendaba hacer poco caso de las pseudoconfesiones de brujería.

Posteriormente, en el siglo XVIII, entre los grupos más ilustrados se difundió la idea de que lo que se entendía por brujería era en realidad superstición, y las brujas, pobres ancianas, como señaló Feijóo en la primera mitad del siglo XVIII. La brujería no desapareció, simplemente volvió a entenderse como se hacía en el siglo XV: creencias y prácticas supersticiosas.

Partiendo de la bibliografía analizada, del estudio de los principales tratados de supersticiones de la Edad Moderna así como de los procesos extraídos del Archivo de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid, podemos determinar el estereotipo de las brujas y hechiceras durante los siglos XVI y XVII: la brujería y hechicería fueron fenómenos esencialmente femeninos, ya que en esta sociedad tradicional y estamental, las mujeres aparecieron como garantes de la tradición cultural anterior y constituían el blanco perfecto para imputar las desgracias sufridas (mortalidad infantil, enfermedades, malas cosechas, envenenamiento de las aguas…), especialmente si éstas tenían una edad avanzada y no gozaban de ningún apoyo masculino que les garantizara cierta seguridad individual y colectiva. Asimismo, el tener fama de brujas y hechiceras entre sus vecinos concedía a estas mujeres tal condición.

Ejecución de Anneken Hendriks (1685) | Jan Luyken
Ejecución de Anneken Hendriks (1685) | Jan Luyken

Para la mentalidad popular y los tratadistas de la época, las brujas y hechiceras tenían una serie de poderes: capacidad de transportarse por el aire, metamorfosis, adivinación, poderes curativos, magia amorosa y mal de ojo (siendo el asesinato de niños un rasgo fundamental). Asimismo, era asumida su relación con el diablo y participación en los aquelarres.

A través del análisis de tres de los tratados más importantes sobre este tema (Martín de Castañega, Andrés de Olmos y Martín del Río), observamos que estos autores eran mucho más crédulos ante los rasgos y poderes de las brujas y hechiceras que las distintas justicias castellanas. Sin embargo, también en este último ámbito encontramos diferencias: a tenor de los procesos estudiados podemos determinar que los tribunales que juzgaron estos delitos en primera instancia (locales, señoriales…) mantuvieron una postura crédula y mucho más dura ante las supuestas brujas y hechiceras, llegando incluso en algún caso a condenarlas a muerte. Frente a esto, los magistrados reales de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid, que contaban con estudios universitarios en leyes y/o en cánones, no creían en la existencia de brujas y hechiceras. La prueba más clara de ello es la reducción y suavización de las penas cuando los pleitos son tratados por la Chancillería (tanto en grado de vista como de revista).

Frente a la caza de brujas desencadenada al norte de los Pirineos, tanto los tribunales inquisitoriales como la justicia real ordinaria de la Corona de Castilla, mantuvieron una postura mucho más suave ante estos fenómenos, condenando en la mayoría de los casos el fraude cometido por estas mujeres, más que los supuestos delitos heréticos y diabólicos de las mismas.

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