FIESTA EN ORIENTE, DE LA SELVA A LA COSTA

El distrito de Paramonga, 200 kilómetros al norte de Lima, se describe en los manuales como la primera zona agroindustrial en la historia de Perú, y a principio de los años sesenta del pasado siglo, se había constituido en todo un polo de atracción para los emigrantes económicos que desde el interior del país acudían a los territorios costeros en busca de mejores condiciones laborales, un billete -solo de ida- al estilo de vida urbano que el desarrollismo de la época ofertaba como vía de escape a la sufrida existencia de sus sociedades autóctonas, allá en la sierra andina y la selva amazónica, tan lejanas y distintas a la llanura litoral que albergaba las ansias criollas de modernidad homologada con el Primer Mundo. Una cornucopia de posibilidades para quien compitiera con la suficiente convicción/abnegación/sacrificio, o así lo afirmaba el triunfalista discurso oficial.

Todos aquellos trabajadores amerindios -colectivos mayoritariamente segregados sin propósito de enmienda desde el triunfo de Francisco Pizarro- trajeron consigo al área de influencia de la metrópolis limeña un extenso bagaje cultural de tradiciones propias que, en lo musical, estaba ya fructificando en una mutación autóctona de la cumbia colombiana clásica, con marcado énfasis en el empleo de la guitarra eléctrica como protagonista. Y mientras esta cumbia psicodélica, tan peculiar como intoxicante, se desarrollaba del todo en su área de crecimiento original al otro lado de la cordillera, el nuevo proletariado suburbano de localidades como Paramonga, a espaldas de las élites sociales que los ignoraban con altanero desdén desde la comodidad de su burbuja, decidió abrazar esa irresistible propuesta rítmica, aderezada con letras que hablaban al corazón de su público natural, como signo de verdadera identidad colectiva, un género popular que empleaba su mismo lenguaje y manejaba sus mismas claves, abiertamente festivo y promiscuo, que a finales de los años 70 desembocaría en el movimiento de masas que iba a conocerse como chicha.AmberesChichaCumbia3LosDestellos

Antes, jóvenes artistas como Los Orientales de Paramonga, que crecieron juntos desde la escuela en ese ambiente socio-cultural de transformación y cambios en teoría inminentes, habían exprimido hasta el límite las posibilidades de su versión electrificada de la cumbia, cada vez más influenciada en forma y fondo por el rock anglosajón. Con el empujón inicial del productor Alberto Maraví, y liderados por el talentoso Maximiliano Chávez, su maravilloso álbum de 1974, Fiesta Oriental, grabado en Lima bajo el mecenazgo de Infopesa, el sello (y tienda de discos) de referencia de la escena, es una cumbre del género que hace guiños evidentes a sus primos amazónicos de Iquitos, absorbiendo las enseñanzas de combos históricos como Augusto Lucho Y Sus Satélites, y guitarristas de la talla de Enrique Delgado (el líder de Los Destellos o Manzanita -el de allí-), aunque desenvolviéndose  en coordenadas creativas que hablaban con elocuente claridad de libertad y riesgos asumidos como nunca hasta entonces por los protagonistas del movimiento. Lo que ocurrió a continuación no puede empañar sus logros, pero el muy bienvenido afán por reeditar tantas joyas peruanas en estos últimos tiempos no debe llamarnos a engaño: la chicha creció como un fenómeno imparable, hegemónico, y los pioneros que habían hecho grande la cumbia peruana en sus diferentes versiones, fueron quedando relegados a un segundo plano, profundamente injusto y no siempre digno en las formas. Eso sí, el nuevo milenio nos ha dado muchas alegrías en el campo de la arqueología musical, y revisar la gloria semi-oculta de estos músicos excepcionales es una de las mayores que se me vienen a la cabeza.

EL FARAÓN DE LA CHICHA

Un domingo cualquiera en los conos -los barrios populares del extrarradio de Lima-, quizás en la afamada Carretera Central, a principios de los ochenta: público entregado a la competición del baile sin horario que marque el fin de la fiesta, bien empapados en el destilado etílico del maíz que da nombre a nuestra historia, amagos recurrentes de violencia arbitraria, abundante caos lúdico y, por encima de todo, la perceptible necesidad colectiva de sentirse libres, vivos. La banda sonora omnipresente de semejante celebración semanal era, por supuesto, la chicha. Una música, marginal y peligrosamente lumpen a los ojos de la opinión pública del Perú bienpensante, dedicada a expresar de forma directa los anhelos e insatisfacciones de sus ruidosos, desinhibidos fans.

Ambas realidades humanas parecían destinadas a ignorarse mutuamente sin mucho esfuerzo, la habitual mezcla de temor «al otro» y conveniencia interesada de una clase media dispuesta a mirar sin ver, complementada con las prioridades de supervivencia de unos ciudadanos atrapados en el retorcido esquema socio-político que les empujó a instalarse en los guetos que ahora sufrían. Pero el destino quiso que la máxima estrella de la chicha, ídolo incontestable para millones de humildes emigrados del interior, falleciera repentinamente (una diabetes que no se supo tratar adecuadamente) el 24 de junio de 1994. Su multitudinario funeral -60.000 personas se concentraron en el cementerio El Angel de Pacanguilla para despedirle- se convirtió en noticia de primera página de los periódicos más importantes y material para el prime time televisivo. El que fuera bautizado por sus seguidores como Faraón de la Chicha había logrado, siquiera de forma póstuma, romper un muro psicológico que muchos peruanos pensaban iba a resultar permanente.AmberesChichaCumbia2Chacalón

Lorenzo Palacios Quispe (Lima, 1950), conocido por todos como Chacalón, era ese faraón incaico que acumuló fama y relevancia incluso cuando el estigma sobre la chicha funcionaba a pleno rendimiento. Carisma y cancionero a partes iguales, la figura de Chacalón resulta tentadoramente comparable a la de otros magnéticos líderes del panorama musical latinoamericano que él conoció de primera mano: pienso en nombres como los de Joe Arroyo o Tim Maia, tan cargados de poder y significado en sus respectivos contextos. Y es que aquí estamos hablando de un artista salido de la calle, y su carrera junto a La Nueva Crema estuvo trufada de himnos rotundos y sentidos como aquel Soy Provincianoque le encumbró en 1980. El público adoraba su carácter, a veces de lo más volátil, esa cercanía a la gente común que sus temas canalizaban de forma óptima. El Chinito de los Andes, su otro apodo, marcó época en el momento de mayor impacto social de la chicha, y su huella sigue ahí, incluso hoy se recuerda la mítica frase, tan descriptiva de su estatura como icono total: «cuando Chacalón canta, los cerros bajan». Y claro que bajaban.

AYAHUASCA Y ORGANOS FARFISA, LA PSICODELIA AMAZONICA

Pónganse en situación:  a principios de la década de los sesenta, un puñado de músicos sabios, empapados de folklore pero con los oídos bien despiertos, estaban recibiendo señales excitantes en sus bases laborales de Iquitos o Pucallpa: en plena Amazonia peruana, la programación radiofónica del momento polinizaba con fértil eclecticismo a la escena local. que con el acceso gradual a las guitarras eléctricas y los omnipresentes órganos Farfisa, iba a mostrar los primeros resultados de una mixtura, improbable pero sumamente efectiva, de sonidos tropicales como la cumbia con la dinámica del surf-rock instrumental, virtuosismo y expresividad poseedora de un inconfundible deje exótico y contenidos psicoactivos nada disimulados (escuchen Vacilando con ayahuasca, del gran Juaneco y Su Combo).

En 1965, Carlos Baquerizo y sus Demonios del Mantaro publican un 45rpm que incluía «La chichera», la primera adaptación de la cumbia colombiana (irónicamente, Discos Fuentes incluiría el tema en el 14 Cañonazos Bailables de 1966, reconociendo desde la patria de la cumbia el acierto de sus discípulos del Sur) al nuevo estilo peruano. Era el pistoletazo de salida para la consolidación de la emergente propuesta amazónica, y para cuando Los Destellos publican su extraordinario álbum de debut en octubre de 1968, la popularidad de una hornada de grupos con tanto duende como Los Mirlos, Los Ecos, Los Diablos Rojos, Los Hijos Del Sol o el mencionado Juaneco y Su Combo, habían puesto en el mapa de la música peruana este cóctel embriagador que el resto el mundo ha descubierto con décadas de retraso. La actual visibilidad de tantas grabaciones clásicas del periodo, ya lo he comentado, es motivo para la celebración.AmberesChichaCumbia4Juaneco

Por otro lado, la evolución de la chicha, que Chacalón y Los Shapis convirtieron en el sonido urbano predominante desde los ochenta, ha mantenido una tendencia a alejarse del estilo y los planteamientos originales de la cumbia amazónica, adaptándose sin complejos  a la aparición de la nueva tecnología musical -un fenómeno común a toda la música latina de los últimos treinta años, usando sintetizadores y bases programadas mientras coqueteaba con el Tex-Mex y la cumbia norteña que la reunía otra vez con Colombia, o buscando acentuar la raíz africana que también habita en su ADN, aliándose con ese Perú Negro que tanta merecida curiosidad ha suscitado en los últimos años.

Hoy en día, solo algún revival puntual de los himnos de aquella gran cosecha cumbiera mantiene la conexión entre el pasado y el presente de la música popular andina. Y no deja de resultar significativo que la mayoría de los nuevos aficionados americanos o europeos a este sonido clásico tuvieran su bautismo de fuego con el género escuchando a los Chicha Libre de Oliver Conan, el tipo de entusiasta obsesivo que esta música mágica es capaz de crear a larga distancia. Por algo será.

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