«Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida.»
Ana María Matute

Vivimos en un mundo repleto de peligrosas maravillas, de revoluciones que generan temor y fascinación, de tecnología puntera que despierta pasiones. Un mundo en constante evolución que, a su vez, lucha por mantener sus tradiciones, su identidad, sus valores, y que busca, ante todo, la estabilidad. Una estabilidad tan imaginaria que bien podría considerarse, en pleno siglo XXI, como una fantasía. Las nuevas generaciones hemos contemplado con impotencia la destrucción de buena parte de nuestras convicciones como especie humana. Esta revolución de pensamiento y de comportamiento nos ha catapultado hacia un futuro que parecía formar parte de la ciencia ficción y que nos ha pillado a todos un poco desprevenidos.

Sin embargo, toda acción tiene su reacción, y por increíble que pueda parecer, en los últimos años hemos asistido también a otro acontecimiento inesperado que provoca extrañeza en muchos sectores. Un fenómeno que parece inexplicable en una sociedad como la nuestra y que, al mismo tiempo, tiene mucho sentido: la resurrección de los mitos y de sus protagonistas. Nadie puede negar, hoy por hoy, que la mitología es tendencia.

Portada de 'Aquaman' (2018)
Portada de ‘Aquaman’ (2018)

Aquellos que se dedican al estudio de la mitología clásica—el tipo que aún pervive en los círculos intelectuales y en las universidades— han constatado el aumento progresivo del interés por estas historias, pues en el ámbito académico, la mitología es un vehículo que permite comprender muchos aspectos psicológicos, sociales o conductuales de las sociedades humanas. No obstante, también ha nacido otra corriente a la que podríamos llamar «Nueva mitología», que se ha hecho un hueco nada desdeñable entre la población más joven. Una mitología diferente, rebelde, cuya imagen se desliga hasta cierto punto de su origen para crear algo nuevo y mucho más cercano. Este renacimiento, libre de las ataduras morales de tiempos remotos, o de simbolismo, ha desembocado en la creación de una serie de productos que han cautivado a las masas de cientos de formas distintas: las criaturas míticas han reaparecido en películas, series, sagas literarias, merchandising etc. Y también han acaparado casi toda la atención en el terreno del cosplay o en los juegos de rol. De hecho, algunos han llegado a obsesionarse con ellas hasta el punto de someterse a operaciones quirúrgicas para asemejarse físicamente a estos seres de leyenda.

Las combinaciones son diversas, y las maneras de representar a las criaturas y los seres míticos son tantas que resultan inabarcables. Igual que las distintas visiones y percepciones de la magia, que es otra vieja conocida, la representación y la imagen de las criaturas míticas más populares oscilan entre el aire retro y la novedad más explosiva, llegando a convertirse en nuevos prototipos, aunque ostenten los mismos nombres.

Mr. Tumnus, Crónicas de Narnia (2005)
Mr. Tumnus, Crónicas de Narnia (2005)

El listado de criaturas famosas, no obstante, es mucho más reducido de lo que cabría esperar: vampiros, íncubos y súcubos, licántropos, dragones, fantasmas, dioses, enanos, elfos, semi-dioses, sirenas, hadas, ninfas, transformistas, momias, centauros, brujas y magos—a los que habría que añadir mutantes y superhéroes como una versión 2.0—, ángeles y demonios. En ocasiones, también aparecen djinns o genios, gárgolas, cícloples, sátiros, nagas, titanes, aracnes, cambiapieles y espíritus diversos, pero las criaturas más extrañas son minoritarias y si poseen rasgos más animalescos que humanoides, suelen retratarse como monstruos. A estos seres, que podríamos llamar clásicos, se pueden sumar otros nuevos, como los Pokémon, que no dejan de ser quimeras modernas, los alienígenas, que en ocasiones también poseen poderes mágicos o habilidades especiales, y alguna que otra criatura de nueva creación.

Cambio de valores: El idealismo y la generación millennial
Es evidente que existe una gran diferencia entre la percepción que tenían nuestros antepasados de estos seres, y la que tenemos ahora. Antes predominaba una imagen oscura, salvaje y sangrienta. Las criaturas míticas, como reflejo de la sociedad, ponen de manifiesto los temores más arraigados, y la vida en épocas pasadas era dura, sus lecciones, letales y las probabilidades de sobrevivir, reducidas. No había segundas oportunidades, el velo de la desconfianza impregnaba la atmósfera de forma permanente y el miedo era el compañero inseparable de nuestros antepasados. Actualmente, en el primer mundo, lo que impera es una sensación de seguridad—al menos en lo que a integridad física se refiere—y eso ha motivado un cambio drástico en la mentalidad general.

Traje de Poseidón (Diy)
Traje de Poseidón (Diy)

Lo desconocido y lo misterioso se reciben con un optimismo y un idealismo sin precedentes, lo que constituye una actitud radicalmente opuesta a la de siglos pasados. Los millenials y los centennials perciben las cosas nuevas con ingenuidad infantil y ante la duda, se decantan por la presunción de inocencia. Una buena presentación también es muy importante, y la máxima de las redes sociales también se puede aplicar a la visión de las criaturas míticas: una estética agradable conduce al éxito, y sí, las apariencias engañan, pero el egocentrismo del networking está plenamente aceptado. No importa si algo no es tan bueno como parece, mientras siga resultando atractivo a primera vista. La imagen de las criaturas mitológicas se ha simplificado y se ha vuelto superficial. Se las ha privado de su antigua profundidad y de su significado, y aunque pueda resultar irónico, a modo de estrategia adaptativa, ha funcionado a las mil maravillas.

El deseo, el miedo, y el amor…por lo que no existe.
La edad también es un factor a tener en cuenta en lo que respecta a la imagen de las criaturas míticas y su percepción. A los infantes de ahora se les pinta una imagen muy colorida de estos seres. Una visión edulcorada y de un idealismo casi enfermizo—síntoma de la sobreprotección a la que sus progenitores los someten de forma sistemática—. A este primer acercamiento lo siguen las películas de Disney, que gozan de gran aceptación hasta los diez años más o menos, pero a medida que se van haciendo mayores, comienzan a buscar otra clase de estímulos, cada vez más intensos, y cuando llegan a la adolescencia, a esa edad de hormonas revueltas, acné carnívoro y falta de control de impulsos, descubren un nuevo enfoque: El sexual. Así se explica el éxito inicial de sagas como Crepúsculo, con sus vampiros de belleza arrebatadora, cartera abultada y dramas juveniles,  o series del estilo a Vampire Diaries, Baffy Cazavampiros, The Originals o True Blood. Otras criaturas han disfrutado de su momento de gloria con sagas con algo más de contenido mítico, como Percy Jackson, Crónicas  de Narnia, Harry Potter, Embrujadas, Merlín, Cazadores de SombrasThor, Aquaman y en general, todo el universo de Marvel y DC, que son algunos de los principales culpables de este repunte mitológico. De pronto, los superhéroes, los magos, los demonios, los vampiros, y otras criaturas adquieren un sex-appeal inusitado. Lo exótico vende y parece que las nuevas generaciones no quieren seguir «mojando pan en la misma salsa». Esta tendencia se aprecia sobre todo en el Anime, que explota los clichés con perversa eficacia.

'Animales fantásticos y dónde encontrarlos' (2016)
‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’ (2016)

A la edad adulta, se buscan experiencias aún más extremas, el atractivo del peligro, el erotismo del poder, los juegos de seducción, la adrenalina, la violencia, y las emociones fuertes…así nacen series como Sobrenatural, con un repertorio interesante de posibilidades, Siren, que explora las posibles relaciones entre humanos y sirenas, American Gods, que explora los cambios en las creencias humanas desde una perspectiva fantástica, Grimm, que habla de la criatura que vive en nuestro interior, o películas como Animales fantásticos y dónde encontrarlos, que mezcla elementos puramente fantásticos con otros más oscuros y realistas, por mencionar algunos ejemplos.

En el terreno de los monstruos míticos también hay series y películas más que dignas, que van desde los zombis de The Walking Dead a los dinosaurios de Parque Jurásico—que a pesar de no ser míticos, también entran en la categoría de criaturas monstruosas—o los caminantes blancos de Juego de Tronos.

Los androides, como creaciones propias de la ciencia ficción, también presentan  características humanoides y están sujetos a percepciones similares a las de una criatura mítica. Por lo tanto, también  se merecen un pase VIP en este apartado. Los amantes de los autómatas, sin embargo, están de suerte, porque podrán satisfacer sus más oscuros deseos dentro de poco, siempre y cuando se rasquen el bolsillo. Todos los demás tendrán que esperar, por el momento—pues no olvidemos que la ingeniería genética sigue acechando en las sombras—y tratar de sobrellevar  con la mayor dignidad posible la maldición milennial: amar algo que solo existe en nuestra mente.

Muerte, resurrección y cambio.
El siglo XXI abre nuevas sendas ideológicas que antes resultaban inconcebibles, pero, al mismo tiempo, muestra un increíble poder para avanzar en dos direcciones opuestas, igual que una colosal paradoja de Schrödinger: puede acercarnos al futuro, convertir a las criaturas míticas en una realidad, contravenir las reglas de lo que significa «ser humano» y desdibujar la frontera entre lo mítico y lo fantástico. O puede reconciliarnos con nuestro pasado, con la naturaleza, con nuestro «yo» interior, y rescatar valores o creencias que ahora parecen casi extintos, con el fin de dotar de estabilidad a una existencia que va demasiado deprisa y hacerla, de esta forma, un poco más soportable. Generar nuevos vínculos sociales y cuestionar la peor cara de la modernidad.

Perseo de Cellini (1545)
Perseo de Cellini (1545)

Las criaturas míticas también nos resultan atractivas porque no necesitan tecnología para ser felices y viven libres de las imposiciones de la vida urbana. Son la máxima expresión de una especie de «rebeldía primitiva» que todavía permanece en nuestro interior. Porque la gente reinventa los mitos y los modifica, consciente de que el cambio en su justa medida, es siempre necesario, pero hay cosas que permanecen inmutables, como si estuvieran codificadas en nuestro código genético. Necesidades tan antiguas como nuestra presencia en este planeta que la modernidad no ha conseguido aplacar. Los mitos y sus criaturas nos recuerdan esos valores y temores universales. Están vivos, y evolucionan a la par que nosotros porque forman parte de lo que somos, de lo que fuimos, y también de lo que podríamos ser algún día.

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