Dante, el poeta más universal de la Edad Media y crítico de su tiempo, creó La Comedia, nacida de las vivencias de una intensa vida activa, incluyendo el exilio. Su filosofía política aparece expuesta en la Divina comedia y en De la monarquía, prohibido por la Inquisición.

El mundo de Dante

Dante Alighieri nace en la ciudad de Florencia en 1265. La ciudad entonces disfrutaba de una cierta estabilidad política, acompañada de una eclosión de iniciativas públicas y artísticas. Florencia había padecido la interminable guerra entre gibelinos, partidarios del dominio imperial, contra güelfos, partidarios del dominio papal, pero había entrado en un período de tregua cuando, en 1266, bajo un gobierno güelfo, se realizaron alianzas matrimoniales junto con otras medidas políticas de apaciguamiento. Se protagonizaron esfuerzos para crear organismos más democráticos de participación en la vida de la ciudad, como el consejo de representación (Consiglio delle Arti, 1282) y la figura del Podestá. Además, la ciudad ofrecía espacios para numerosas celebraciones y espectáculos populares, que favorecía un creciente espíritu de ciudad-estado y la pasión por el despliegue de lo público.

Bella, madre de Dante, muere cuando éste era pequeño. Su padre Alighiero, del partido güelfo, gozaba de un cierto prestigio, pero solo contaba con modestas propiedades materiales. Dante estudió el quadrivium, que luego amplió como alumno del humanista Brunetto Latini. A pesar de destacar en dibujo y música, fue la poesía el arte que acercó a Dante al notable grupo de poetas y músicos representantes del dolce stil nuovo, denominación creada por el propio Dante e integrada por artistas como Lapo Gianni, Cino da Pistoia y el genial Guido Cavalcanti. Proclamaban el mérito frente al linaje, aunando pasión amorosa con virtud pública. Era un ideario innovador, en el que las pasiones e ideales personales y políticos eran los verdaderos objetivos de la inspiración creativa.

Con 20 años, Dante es ya un poeta reconocido. Su primera obra, Vita nuova (1293), es un homenaje a Beatrice Portinari, fallecida en 1290 a los 25 años. El libro narra cómo la conoció en una fiesta infantil a los 9 años de edad, y cómo aquella emoción tan simple como profunda haría de Beatrice el símbolo de un ideal de libertad y de vida. En realidad, se saludaron y hablaron en contadas ocasiones, sin embargo y según Dante, ese amor personal creció con el tiempo. Beatrice era hija de un banquero y tanto ella como Dante fueron prometidos por sus progenitores, ante notario y en edad infantil a Simone di Bardi y a Gemma Donati, respectivamente. Retratando su serena belleza y el carácter gentil, Dante acentuaba que esas virtudes de Beatrice influían en la fuerza de sus ideales. Ella se mostraba tan orgullosa de ello que, como cuenta el propio autor, cuando el poeta dedicó una poesía a otra mujer, le retiró el saludo por un tiempo. Para Dante, era motivo de «dulce alegría» ver cómo las gentes de la ciudad se acercaban a Beatrice encantados por su gracia personal (Vita Nuova, cap. XXVI). Muy dolido por su muerte prematura, Dante anuncia que escribirá una obra inspirada en ella. Unos quince años después empezará, en efecto, a redactar la Divina Comedia, no sin antes vivir un breve, pero intenso periodo de responsabilidades políticas, fiel a sus principios: “la belleza despierta el alma a la acción”.

"El saludo a Beatriz", por Gabriel Rossetti (1859).
“El saludo a Beatriz”, de Gabriel Rossetti (1859).

La tragedia política

Dante empezó a tomar parte en la política florentina a partir de 1289, participando como jinete en la batalla de Campaldino, que enfrentó a la liga güelfa formada por Florencia y Lucca contra la gibelina Arezzo, lo que provocó reformas en la constitución florentina. También había escoltado a Carlos Martel en los protocolos de la visita de este a Florencia. Tras reforzar sus estudios de filosofía como consuelo tras la muerte de Beatrice, se casa con Gemma Donati por imperativo social. Es entonces cuando decide tomar parte en política definitivamente.

Una ley de 1295 exigía a los aspirantes a cargos públicos que estuviesen adscritos en alguna de las corporaciones de Artes y Oficios, así que Dante se presentó a la de farmacéuticos, donde fue admitido y pudo acceder a la vida política. En 1295 fue nombrado miembro del Consejo del Capitán del Pueblo, órgano representativo de la autoridad democrática junto a la autoridad suprema del Podestá. En 1296, formó parte del Consejo de los Ciento, órgano parlamentario, donde votó leyes que limitaban el poder de los magnates.

Dante, quien representaba la política de soberanía frente a las injerencias externas, acogió con escepticismo las noticias de Roma, cuando en 1294 el nuevo pontífice Bonifacio VIII accedió al papado inaugurando una política expansionista de la monarquía absoluta de Roma. Impopular y autoritario, Bonifacio VIII se embarcó en maniobras políticas en varios frentes. En Florencia, la división ante el autoritarismo agudizó las diferencias entre la facción negra, partidaria de una anexión papal, frente a la facción blanca, opuesta a ella. Los negros eran liderados por los Donati, mientras que los blancos por los Cerchi. Una atmósfera de enfrentamiento civil fue invadiendo la ciudad.

Ante la crisis propiciada por el enfrentamiento entre las dos facciones, Dante defendió en el Consejo de los Ciento el destierro a los líderes violentos de ambos bandos. Odiado por los negros, se ganaba con esta política el rechazo de parte de su partido. En 1300 es elegido como uno de los seis altos magistrados del Priorato y, tras oponerse al envío de tropas a Bonifacio, es mandado como embajador a Roma, donde será retenido por el propio Papa mientras los negros tomaban la ciudad desencadenando duras represalias, de las que el poeta fue también víctima, pues es condenado al  exilio y luego a morir en la hoguera.

El exilio de Dante, que lo lleva de Verona a París terminando de diplomático en la corte de Guido da Polenta, señor de Ravenna y admirador suyo, fue amargo. La Divina comedia ocupa entonces sus mayores esfuerzos y, en términos políticos, se implica en la intervención en Italia del emperador Enrique VI, en quien vio un candidato a adoptar sus ideales tras madurar su filosofía política desde 1303 hasta 1318, año de publicación del libro De la monarquía. La muerte del joven emperador frustró sus esperanzas. Vivió en Ravenna concluyendo la Divina comedia mientras realizaba tareas diplomáticas para la ciudad. En 1321 muere de malaria contraída en una misión de paz ante las autoridades venecianas.

"Dante en el exilio" (1860), obra atribuida a Domenico
“Dante en el exilio” (1860), óleo atribuido a Domenico Peterlini

La filosofía de la acción

Si bien De la monarquía revela las ideas más concretas sobre la autoridad universal, la Divina comedia no carece de filosofía política. Lejos del escolasticismo y de la condena medieval de la vida activa a la espera de alcanzar la salvación del alma, Dante cree que los hombres pueden ser felices en la vida terrena porque hay dos partes sagradas en el hombre: la temporal y la espiritual o eterna, de modo que el deber del hombre es ser feliz en la Tierra y ganar la vida eterna al mismo tiempo. Es humanista y aunque se ha afirmado su afinidad con el pensamiento renacentista, Dante no afirma la vida terrena renegando de la vida eterna y no cree que el hombre sea un ser sólo natural.

En la Divina comedia, el autor narra un viaje por los infiernos, el purgatorio y los cielos de modo ascensional –«el camino al paraíso empieza en el infierno»-  y como autobiografía en clave simbólica cristiana. Beatrice y Virgilio son sus acompañantes en el periplo por regiones del más allá para analizar las realidades humanas profundas ilustradas por las acciones de personajes de su tiempo y de la Historia. En esta visión, cada personaje ilustra un vicio o virtud por su papel histórico; Dante progresa hacia la visión de belleza celestial al tiempo que asciende hacia una visión de una humanidad en paz y justicia terrenales. La vida humana virtuosa y la contemplación divina corren paralelas. Beatrice inspira el ascenso mediante el corazón y Virgilio mediante el intelecto.

Los infiernos son estados de pecados que destruyen la posibilidad de felicidad entre los hombres. Los pecados más terribles conciernen la responsabilidad ante el mundo: «esta vía miserable es la de quienes vivieron sin alabanza ni reproche» (Inferno, Canto III), porque los que no se pronuncian ni comprometen no reciben «ni justicia ni compasión». Asimismo, la muerte civil del destierro es vista así: «tú probarás cuán amargo es el pan ajeno y cuán dura es la vía de subir y bajar por ajena escalera» (Paraíso, Canto XVII). Los círculos infernales de los envidiosos, fraudulentos o traidores nacen de experiencias mundanas del autor. En la Divina comedia, los pecados devastan la felicidad humana en el mundo. La envidia destruye los lazos sociales, lo mismo que el fraude. Hay traidores a la patria, a los invitados, a quienes han jurado alianzas. En todo caso, los peores son los que destruyen todo lazo humano ya en el corazón.  Quien se cree centro del universo elimina toda virtud, incapacitándose para la acción y se engaña a sí mismo perdiendo toda capacidad del intelecto.

Dante y Virgilio en el Infierno | Eugène Delacroix (1822)
Dante y Virgilio en el Infierno | Eugène Delacroix (1822)

En el fondo de la filosofía política de Dante está la idea de realización del hombre entre sus iguales, por lo que una vida oscura alejada de la vida activa es triste.  En De la monarquía, el autor no aboga por un gobierno universal como mal necesario ni para cubrir necesidades. No es una carga. La esencia de la acción es descrita así: «en toda acción lo que intenta principalmente el agente es manifestar la propia imagen. De ahí que todo agente, en tanto que hace, se deleita en hacer. Nada actúa a menos que al actuar haga patente su latente yo» (De la monarquía, 1, XIII).

Este yo latente solo puede realizarse en un estado justo y pacífico. El valor supremo es la justicia, porque es el suelo para la acción libre. Tan importante es la vida de acción que argumenta su defensa conectándola con la voluntad divina: «la Providencia inefable ha propuesto a los hombres la persecución de dos fines: la felicidad de la vida presente que consiste en la operación de la propia virtud y que es simbolizada por el Paraíso terrenal y la felicidad de la vida eterna, a la que se asciende con ayuda de la divina luz» (De la monarquía, 3, XVI). El autor defiende la separación de Estado e Iglesia en una época en la que el papado era una monarquía de facto. Además de despojar al poder espiritual de pretensiones terrenales, defiende una autoridad mundana despojada de toda voluntad de poder. La felicidad terrenal depende del despliegue de las virtudes humanas y solo la justicia puede garantizarlas: «la justicia es una proporción real y personal de hombre a hombre que cuando es respetada protege a la sociedad y cuando es corrompida, la corrompe» (De la monarquía, 2, V). Garantizada por el derecho, la vida mundana asciende a la máxima dignidad: «la felicidad mortal está en cierto modo ordenada a la felicidad inmortal» (De la monarquía, 3, XVI)

Esto se traduce en la dignidad de los papeles separados e igualmente sagrados de la soberanía terrenal y la espiritual, del emperador y la iglesia: «la disposición de este mundo sigue la disposición inherente a la circulación de los cielos» (De la monarquía,3, XVI). El rol del monarca debe garantizar la justicia que permita la realización de la virtud, porque el orden divino así lo ha dispuesto. La separación de iglesia y estado se origina en la dignidad que se otorga a la vida libre de acción en el mundo. La tragedia es que el mundo llegue a ser un infierno. La obra de Dante revela la pasión del autor para encontrar de modo de evitarlo.

Alfons Martí es licenciado en Filosofía y autor de libros de ensayo y viajes.

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