A principios de los años sesenta, un Huxley entrado en años predestinó un mundo sumido en una “dictadura sin lágrimas” en el que las personas amarían su condición de esclavos y celebrarían su falta de libertades al ser distraídos con propaganda, lavados de cerebro, y métodos farmacológicos. A ese sistema lo denominó “la revolución final”.

Casi sesenta años mas tarde, el diccionario de Oxford incluye en sus prestigiosas páginas el término “posverdad”, definida como una situación en la que algo que aparenta ser verdad puede ser más importante que la propia verdad.  No importa tanto lo que se hace, sino lo que se dice o se hace ver.

Pese a lo aparentemente posmoderno del término, asociado al auge de Donald Trump, la posverdad es casi tan antigua como la retórica, y además lleva décadas siendo el arma secreta de la publicidad.

McDonald’s cambia el rojo (color tradicional de su identidad corporativa) por el verde en una de sus tiendas en un barrio moderno de Madrid y se hace llamar orgánico. Qué importa la basura de la que estén hechas sus hamburguesas. Dove promueve la belleza real y sin complejos. Qué importa que su marca madre (Unilever),  sea dueña del desodorante Axe, que objetualiza a las mujeres e insta a los adolescentes a hacérselo con supermodelos. Coca-cola se hizo eco del movimiento hippie en los sesenta, apoyó los derechos de los afroamericanos en los setenta, y utilizó a los yuppies para hablar de éxito en los ochenta. Qué importan los escándalos racistas en los que se ha visto envuelta su cúpula directiva, o sus políticas de neoliberalismo extremo. La ocultación es el sinónimo funesto de la transparencia.

Pero la extensión de la posverdad no se reduce al advertising. Ya en la época de Thatcher y Reagan los políticos británicos y estadounidenses se servían de focus groups para conocer los temas que preocupaban a la población y poder esculpir sus discursos en base a sus demandas. Nadie se cuestionaba si sus promesas se llevarían a cabo o no, lo importante era conectar con la audiencia en una plano emocional, ganar el debate y liderar. Lo que ocurriera después era otra cosa.

La ingeniería social de Julio César nunca ha pasado de moda. En las colonias del Imperio británico los soldados ingleses enemistaban a tribus vecinas porque sabían que fragmentando el poder de grupos más pequeños serían más fáciles de dominar. Divide y vencerás; ni Rockefeller y toda su fortuna pudieron desmontar a los clásicos. Catalanes y españoles, izquierda y derecha, feminismo acérrimo que condena a muerte al que se oponga a ser infantilizado.

Los relatos cambian con el tiempo, quién los dicta es siempre el mismo. División en lugar de unidad. El ilusionista fuerza la mirada hacia donde no es necesaria, lejos de donde se produce la verdadera acción. Así se logra el simulacro.

Pese a intuirlo, no queremos preguntarnos qué hay detrás de todo esto; como llegó ese conejo a parar dentro de aquel sombrero; ¿para qué hacerlo?, si la vida es una ilusión, elijamos el relato que más nos convenga. Matrix ya nos enseñó que la realidad gotea, incomoda, y no interesa. Aplausos al mago, y que siga el espectáculo.

Al fin y al cabo, ¿quién no es cómplice de la posverdad?. Todos tenemos, al menos, un doble digital, la imagen de un yo al que poder amar. No importa si se ciñe a lo real.

Puede ser que disfrutemos de la esquizofrenia, y puede ser que como dijo Baudrillard, el simulacro no sea lo que oculta la verdad, sino que es la verdad la que oculta que en ella nunca hubo nada.

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