Se dice de don Juan que es un rebelde y que desprecia toda ley, ya sea divina o humana. ¿Toda? Don Juan se preocupa del honor, que es ley humana, como la moral, si el honor no es la moral directamente. Entonces, ¿don Juan desobedece toda ley o solo alguna? Una pregunta más grave nace de esta última: ¿es la rebeldía de don Juan una insurrección adolescente, caprichosa, sofística y superficial? Yo no lo creo.

Don Juan desprecia la ley ajena, pero no por ello es ajeno a toda ley, pues su desobediencia no es nihilista en puridad —no en vano don Juan es español—. Su rebeldía, en este punto, no es tanto la anomia desenfrenada como la sanción y observancia de una ley propia, voluntaria, no impuesta. Dentro de esta ley que don Juan se da a sí mismo entraría el honor; de ahí que no tolere la ofensa —«¿Quién nunca a ti se volvió, / ni quién osa hablarme así, / ni qué se me importa a mí / que me conozcas o no?»—.

Pero ¿puede hablarse legítimamente de una ley propia cuando la pretendida tal incluye elementos ajenos tan manifiestos como el honor? Cabría decir que no, pero no hemos de olvidar que don Juan, como cualquier hijo de cristiana, no es una tabula rasa. En consecuencia, las fuentes de su ordenamiento personal —llamémoslo así— han de encontrarse en alguna parte. ¿Dónde? En su formación, en las leyes que, irónicamente, decide despreciar. Dicho de otro modo, es necedad pretender que las leyes de don Juan sean por entero genuinas, pues nada brotado de un ser colmado de influencias puede serlo. Hemos de darle aquí la razón a Donne, y decir con él eso de «nadie es una isla, completo en sí mismo», ni siquiera don Juan.

Podríamos, no obstante, escarbar más aun y preguntarnos por qué el filtrado que don Juan aplica a la ley ajena para decidir qué preceptos se acomodan a su gusto y cuáles no —don Juan no deja de hacer esto—, desemboca en la observancia del honor, quimera tan convencional como otra cualquiera de aquellas a las que don Juan escupe. La respuesta a esta pregunta solo don Juan puede darla. Muchos dramaturgos, poetas y amanuenses le han hecho confesarse en este sentido.

Uno de ellos, Torrente Ballester, justifica el culto al honor de que hace gala su don Juan a través de la lealtad a su linaje. En la obra de Torrente, la genealogía de los Tenorio, en pleno, conmina a su más famoso consanguíneo a salvaguardar la honra familiar a cualquier precio, y don Juan acepta. Esta versión del mito es problemática, pues parece echar por tierra la autonomía de don Juan. También es cierto, sin embargo, que el don Juan de Torrente destaca por su heterodoxia y que —hay que decirlo— sus argumentos en lo tocante a la justificación de su impiedad pierden fuerza a medida que se van enrevesando. Por todo ello, quizá sería conveniente olvidarse de Torrente y su don Juan, pero no lo haremos. Incluso en esos extremos, los que Torrente alcanza, vemos en don Juan al rebelde que sigue su propia ley a toda costa. Don Juan elige el honor. No se adocena, no obedece, no responde con cabeceo borreguil a sus ancestros. Elige el honor y acepta —si no forja— el camino a que tal decisión le arroja, camino tortuoso, pues, en el contexto que define Torrente, elegir el honor, elegir ser don Juan, es enemistarse con Dios y con los hombres. Se vislumbra así una ley personal coherente, razonada, con fundamentos y prioridades definidos —«o don Juan, o nada»—. Si, por el contrario, desdeñase el honor por el hecho de venirle dado, no se podría hablar de un acto de verdadera rebeldía, sino de una pataleta adolescente.

En conclusión, parece que la observancia de las reglas del honor, en principio, no arruina la autonomía de don Juan. Se ha de reiterar, por si no ha quedado claro, que la «obligatoriedad» del honor no deriva de su condición prescriptiva de índole mundana, sino de haber sido sancionada por don Juan con su elección.

Don Juan, como arquetipo, no solo destaca por esa manía suya de imponer su voluntad —llámese esta apetencia o gaje del estadio estético del hombre, que diría el hermano Søren—, sino también, y muy en especial, por ser fiel a ella, por ser fiel a sí mismo. Llegamos así a la pedagógica paradoja de que un hombre tan rabiosamente inmoral como don Juan es, empero, íntegro y consecuente, nunca arbitrario. Dicho de otra forma, y siguiendo la distinción entre moral y ética pautada por Gustavo Bueno, don Juan sería un hombre inmoral, pero ético hasta las entrañas, en tanto que la ética es el conjunto de normas que uno se da a sí mismo —la leyes de don Juan—, y la moral, las normas con que la sociedad se protege de hombres como don Juan.

Aún hay tiempo para una última ironía. Al final del Tenorio, don Juan se arrepiente y salva el alma gracias al amor de doña Inés. Esto, su única acción moralmente aceptable en todo el drama, es, al mismo tiempo, una traición flagrante a su propia ley, un crimen contra su ética. El Tenorio, por no pecar contra Dios, peca contra sí mismo. Por el contrario, el don Giovanni de Mozart —o de Da Ponte, como prefieran—, cuando el Comendador exige su arrepentimiento, se reafirma en la herejía —«No, no, ch’io non mi pento, / vanne lontan da me!»—. Don Giovanni renuncia a la salvación que tan barata, tan cara, se le ofrece por lealtad a su propia ley, y peca contra Dios y contra el hombre una última vez.

La pregunta que me viene a la cabeza al considerar sendos finales es si en ambos, a pesar de la moralina agonizante del Tenorio, la ética donjuanesca sobrevive. En ambos es don Juan quien decide, quien escribe su ley voluntariamente y no obligado. Tal vez el Tenorio no claudica, sino reconcilia su conducta con aquella que deseó años antes, cuando postrado ante don Gonzalo prometió piedad y este no le quiso escuchar y se batieron y lo hubo de matar. Quizá el final del Tenorio no es un pecado contra sí, sino que es el Cielo quien se rinde y responde a los clamores que antaño fingió no oír. No habría, en este caso, mayor gloria en don Giovanni que en el Tenorio, pues ambos serían libres, soberanos, aunque el uno sea luminoso y el otro, sublimación de sombra. ¡Qué importan ética y moral en materia de don Juan!, ¿o no?

Sea cual sea la respuesta, no creo poder lograr con ella satisfacción alguna. Solo puedo concluir que toda ley, ajena o propia, deja de ser nuestra en el momento en que nos ata, y que toda libertad acaba por ser un dogma. Recuerdo al viejo Wotan, padre de ley y de todos, cuya cruz eran los pactos que él mismo había sellado, y su lanza servía a un tiempo como arma, condena y apoyatura. Don Juan está en las mismas, y todos con él.

Imagen de cabecera: Nacho Fresneda, caracterizado como Don Juan Tenorio, en 2010 / Wikimedia Commons.

No hay comentarios

Dejar respuesta