En el último cuarto del siglo XIX, William Morris se preguntaba «cómo un pueblo que usa esas ropas puede aspirar a una buena arquitectura». El pesimismo de Morris enraizaba en el irrefrenable avance de lo que los antiguos griegos denominaron apeirokalia, la ausencia de la experiencia de la belleza. Un mundo ofuscado por el lucro y la productividad, por la velocidad y la potencia no podía dejar de mantener una lucha permanente contra la sensibilidad, que demanda examen y sosiego. Como en el resto de las bellas artes, la delicadeza en el vestir debía ser cultivada con paciencia y meditación; existía una inagotable gama de tejidos, estilos y colores que podían ser armonizados en función de la silueta y el temperamento de cada uno, teniendo siempre en cuenta el entorno y la situación social. Pero el conocimiento de los códigos y una sensibilidad adiestrada no eran condición suficiente de lo excelente. Sólo la pericia manual de un maestro sastre era capaz de proporcionar vuelo y distinción a una prenda, de conferirle el encanto de una imperfección desconocida por la producción en serie. «¿Qué hombre digno del nombre de artista, o que auténtico aficionado ha confundido el arte con la industria?», se preguntaba Baudelaire.

Morris observó que el producto de una máquina jamás valía lo que la esforzada habilidad de un artesano, que trabajaba para clientes singulares y no para un sujeto abstracto y estandarizado. Si algo no podía conceder la máquina eran la «soberanía individual» y el impulso para «hacerlo mejor», para «convertirse en artista».[1] En una época de compradores atolondrados, el artesano garantizaba la exclusividad del producto y una calidad perdurable; lo que entraba en juego era la honra de un saber hacer transmitido de padres a hijos que, como escribió Paul Iribe, defendía la excepción frente a la competencia del precio.[2]

El crítico de arte inglés Herbert Read se lamentaba de que la mayoría de los ciudadanos debía aceptar lo que se le ofrecía en las tiendas, es decir, «los productos insensibles de la máquina», objetos «hechos sin amor, sin responsabilidad personal, para ganar dinero y economizar tiempo». Algo natural, si tenemos en cuenta que el capitalismo industrial se llevó finalmente el gato al agua. Leon Battista Alberti, el gran humanista italiano del siglo XV, recomendaba que quien desease que sus cosas fuesen agradables y aceptadas por la posteridad, debía primeramente «reflexionar con cuidado sobre lo que tiene que hacer, y después, acabarlo bien y con todo esmero».

En consecuencia, cuando la aceleración de los ritmos de vida y la velocidad imponen su ley, acudir a un artesano es escoger la lentitud, un tiempo espeso al margen de los relojes y la prisa. Ante el mandamiento de producir sin cesar y cuando más apremia el calendario, es delicioso ver el mimo con el que los maestros sastres aplican el festina lente, locución latina que llamaba a apresurarse despacio. El desgaste de la cultura del esmero ha realzado, aún más si cabe, los productos de un oficio que desde siempre se nutrió de paciencia, penetración, circunspección y aplicación, componentes fundamentales de la experiencia (Enzensberger).

Fruto del comercio entre un artesano y un cliente, la prenda sartorial es, por encima de todo, el resultado de un juego de confianza y afecto mutuos; si éstos no aparecen, la prenda y la relación se resentirán. Aunque el proceso de elaboración tenga un precio, el valor final no se puede reducir a dinero; este valor incluye la habilidad y el tiempo del sastre, además de un trato íntimo que trasciende lo económico. Lo fundamental es la identificación del cliente con una prenda hecha en exclusiva para él, no los balances comerciales y el propósito de vender un producto sin atender a sus cualidades. Además, esta relación directa con el artesano proporciona al consumidor un juicio preciso del producto, un conocimiento que dificulta el culto de la falsificación y el sucedáneo (Morris).

José Ignacio Campal prepara un traje para la entrega.
José Ignacio Campal prepara un traje para la entrega.| Alex Zapico.

Y es que recurrir a un maestro sastre no es un acto sin consecuencias: aspirar a la nobleza del paño, introducir un detalle, agregar un toque de audacia contenida que revele el deseo de huir de la resignación general, no tiene nada de inocente. Es apostar por «el verdadero lujo: la excepción». Este lujo, «exigencia que comienza donde acaba la necesidad», conlleva un «rechazo de la vulgaridad», da «prueba de personalidad» y constituye un «principio de elección» (Iribe).

Por desgracia, como en muchos otros oficios artesanales, en la sastrería continúa abierta la fisura entre un elitismo avaro, alimentado por un pequeño grupo de apreciadores con los medios necesarios para granjeárselo, aunque también por muchos sastres, y un público de masa sensible a las tornadizas novedades de la industria de la moda. Pero, se nos objetará, ¿acaso la cualidad principal del lujo no ha sido siempre la exclusividad? ¿Se podría democratizar lo excelente sin vulgarizarlo? No, sin duda, dentro de los límites de un sistema socioeconómico que apenas deja espacio al artesano entre la ruina o hacerse con una clientela de élite. Los «hombres de moral severa condenan incluso el lujo más inocente y lo representan como fuente de todas las corrupciones», aseguró Hume, para quien «los períodos de refinamiento son los más felices y los más virtuosos»; no obstante, cuando el lujo «deja de ser inocente, deja de ser benéfico; y si se lleva muy lejos, puede convertirse en una característica perniciosa».

El propio William Morris experimentó la aparente paradoja de volverse rico gracias a su visceral repudio de la gran industria y la estandarización del consumo. Aunque entrevió el carácter contradictorio de la producción artesanal dentro de un sistema industrial en gran escala, no pudo evitar convertirse en un abastecedor de gente acaudalada. Como descubrirían posteriormente los diseñadores Art Déco, los productos hechos a mano resultaban tan onerosos que se colocaban únicamente al alcance de un reducido número de clientes. Obligado a elevar los precios por trabajos de calidad realizados por encargo, Morris vio afluir a su taller clientes con suficientes recursos para pulir su sensibilidad y sabedores del valor de excepción de lo hecho a mano. Esto fue debido a que, en lugar de democratizar un criterio del lujo basado en la calidad artesanal y el refinamiento sensible, la civilización de la máquina azuzó el deseo por bugigangas y cachivaches.

Sin embargo, el verdadero nudo de la cuestión no es el gusto por el lujo, sino del lujo del gusto. Capaz de permitir la libre expresión de cada individuo y preservarlo de los caprichos de la moda, este gusto lujoso es, además, condición necesaria para la independencia y la creatividad de cada uno. Ni lujo de superfluidades, «descontento siempre de lo que se adquiere a bajo precio» (Lucano), ni «lujos inútiles que algunos llaman comodidades» (Morris); es, antes, un parámetro de lo mejor que no se pliega a las excentricidades del martilleo publicitario, ni se deja cautivar por los símbolos industriales de prestigio. Y este lujo del gusto puede, y debe, ser democratizado.

En un formidable aforismo, Más respeto por los que saben, Nietzsche definió con justeza el papel que el artesano debía jugar en la elaboración de los productos. Para el filósofo alemán, se había convertido al «público en juez de la artesanía» sin que éste tuviese «conocimiento de causa», motivo por el cual juzgaba según «la apariencia de bondad». En consecuencia, «bajo la égida de la competencia, el arte de la apariencia (y quizá del gusto) aumentará, mientras que la calidad de los productos tendrá que empeorar». Solamente el maestro artesano debería «juzgar sobre artesanía, y el público depender de la fe en la persona del que juzga y en la honradez del mismo. ¡Nada, por tanto, de trabajo anónimo!».

La «baratura de una obra es para el profano otra clase de apariencia y engaño, pues sólo la durabilidad decide si, y hasta qué punto, es barata una cosa; pero juzgarla es difícil y para el profano casi imposible», proseguía el alemán. En última instancia es el público quien «decide lo que es más vendible», un engaño que conducía a dar más importancia a lo que en «primer lugar parece bueno y luego parece también barato». Por todo ello, afirmaba Nietzsche, nuestro lema debe ser: «¡Más respeto por los que saben!» [3]

Otorgarles un papel de jueces de la calidad a los artesanos nos ahorraría, sin duda, buena parte de los horrores que hoy pasan desapercibidos para el gran público; pero hay otra cuestión capital en la discusión sobre lo que una sociedad produce y cómo lo produce: la apreciación. Hace unas décadas, Christopher Lasch recordaba que uno de los síntomas más preocupantes de la sociedad moderna es el concepto que tenemos de las actividades artesanales, a las que les hemos atribuido un carácter inferior y poco noble. En nuestra civilización esto parece claro, excepto para los miembros de un restringido círculo educados en la tradición de lo bueno, o para los que se han enganchado a ella, procurando un refugio de calidad ante la mediocridad reinante. No obstante, como sospechaba Chesterton, hemos olvidado que una de las grandes finalidades de la vida consiste en dominar el arte de apreciar; «no tiene sentido no apreciar las cosas, del mismo modo que no tiene sentido poseer más cantidad de ellas, si no se las aprecia».

Habiendo atiborrado nuestras vidas cotidianas con materiales descartables y vulgares, no resulta evidente que sepamos apreciar los objetos de calidad. Tampoco hay motivos para el optimismo en lo referente a que hayamos confiado en los que saben. Anclada en la ignorancia o en el descuido, esta actitud no augura nada prometedor para las futuras generaciones. Si un filósofo se deja vestir por su sastre, como afirmó La Bruyère en el siglo XVII, y si una época que produce «grandes filósofos es fértil en tejedores» (Hume), no sorprende que la carencia de verdaderos filósofos en nuestra civilización de la máquina haya tenido como correlato esencial la escasez de maestros sastres artesanos.

[1] NIETZSCHE, El caminante y su sombra, aforismo 220.
[2] IRIBE, Paul, Défense du luxe, Paris, Draeger Fréres, 1933, pp. 14-15.
[3] NIETZSCHE, El caminante y su sombra, aforismo 280.

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