En 1768 nace Friedrich Schleiermacher en Breslau, Reino de Prusia, para convertirse en el “primer” hermeneuta. Se le recuerda como uno de los más diferenciados teólogos del siglo XIX y su vida y obra estarán dirigidas a limar las asperezas entre calvinistas y luteranos, con espíritu ecúmeno, al tiempo que a estudiar con mimo el fenómeno de la comprensión de los textos.

Friedrich Schleiermacher
Friedrich Schleiermacher

En el año 529 por orden de Justiniano, la Academia de Platón queda definitivamente clausurada, y los seguidores de la escuela escapan de allí y con ellos sus manuscritos, y todos juntos reposan cansados en la región de Siria. Al-Farabi, el filósofo turco nacido en 872, nos recuerda cuando se hallaba peleando con esa suerte de herencia de manuscritos y papiros, que en el Medievo existían dos formas de traducir los textos. El uno, más intuitivo: de forma atómica, con paciencia venerable, palabra a palabra el texto iba siendo traducido; el otro, más elaborado y acertado: se leía la oración desde su inicio hasta su término para descubrir el sentido de ésta en su conjunto y entonces, hallado el sentido del texto en la lengua origen, se traducía con las palabras y herramientas de la lengua meta que más se adecuaran a lo expresado en el texto origen.

Este apunte encierra formalmente un notable problema filosófico. La idea que subyace de todo esto es que la comprensión refinada y buena es algo parecido a una vista panorámica. Que la suma de palabras en una oración, crea una unidad de significado que la trasciende y que es ahí donde se encuentra la esencia y el sentido de esta. Esto es porque en una oración o texto, las palabras se comunican las unas con las otras, y todas ellas se determinan y condicionan. Entonces tenemos que para quien con ánimo clínico y lentes de cerca rehúsa de esa comunicación queda vedado todo sentido textual.

Todas estas cuestiones lingüísticas y psicológicas van a ser tratadas por la hermenéutica en el lejano siglo XVIII, porque hasta entonces ésta no existía como tal y en su lugar existía la exégesis, es decir, la interpretación de textos bíblicos y sagrados. Los textos sagrados de las principales religiones de la historia fueron constantemente sometidos a examen para tratar de discernir qué se dijo y qué no sobre tal o cual personaje, en tal o cual aleya. De hecho resulta estimulante pensar en la tarea exegética del Corán, por ejemplo, debido al increíble peso que tuvo y que tiene para la forja de ortodoxias y heterodoxias por no existir como en el cristianismo un fuerte aparato eclesiástico que delimite lo correcto de lo incorrecto en materia religiosa. Si además tenemos en cuenta que en el Islam el concepto de Estado se halla fuertemente determinado por el hecho coránico, por la Ley de los Hombres que Alá entregó a Mahoma en la lengua árabe, tenemos que la exégesis coránica —la hermenéutica— es poco menos que la herramienta que erige los cimientos del Estado y ocurre que hablar sobre religión es hablar sobre política, y viceversa.

Al-Farabi
Al-Farabi

Pero, ¿Por qué hablamos sobre el islam, sobre Al-Farabi? ¿No está Al-Farabi muy lejos de Schleiermacher? En efecto, casi mil años separan a estos dos individuos, pero si rescato  a Al-Farabi,  al Segundo maestro —valorado así por Averroes—, es para aclarar que sería un error pensar que la hermenéutica llegó cuando llegó para introducir el problema filosófico de la comprensión. En verdad, la problemática de la comprensión tiene una naturaleza atemporal, que no viene de este mundo o todo lo contrario, que le es inexorable.

Los sofistas ya lucharon contra Platón, por aquello de que cada uno tenía su propia medida, en virtud de la cual las cosas podían ser comprendidas de forma diferente por diferentes personas y entonces, ocurría que la realidad, el objeto comprendido, tenía una naturaleza cambiante e imposible de atrapar bajo la esencia platónica. Y Leonardo Bruni ya habló de la “mollitia”, esa flexibilidad que tenían las palabras para significar una y varias cosas según qué momento, según qué contexto. De hecho, esta fuente inagotable de vida que para el toscano era la mollitia, también expresa la idea de que las cosas, las palabras, merecen ser comprendidas para ser entendidas, porque no basta la literalidad de las mismas ni, como decíamos, el examen atómico. Y entonces, si todo esto ya existía, ¿Por qué Schleiermacher es especial? ¿Qué significa el nacimiento de la hermenéutica? ¿Dónde está la novedad?

La problemática filosófica de la comprensión nos acompaña desde los albores de la civilización. Pero con Schleiermacher la hermenéutica deja atrás su pasado renacentista como ciencia auxiliar, donde debía ocuparse a la doble exigencia de servir como herramienta para la interpretación de textos clásicos (Platón, Aristóteles, etc.) y como aparato de exégesis bíblica, contra la reforma protestante. Con todo, en el siglo XVIII la hermenéutica consiguió con la llegada del teólogo prusiano, desvincularse de estas tareas fronterizas y conseguir autonomía como ciencia independiente. Así, la hermenéutica pasaría con el tiempo a ocuparse del problema general —y colosal— de la comprensión. Esta es pues, la novedad que Schleiermacher representa: un salto de cualidad dentro de todo lo concerniente al fenómeno de la comprensión.

“Entender el discurso ante todo tan bien o mejor de cuanto lo hubiera entendido el autor mismo”.

Nuestro teólogo va a preocuparse fundamentalmente por el problema de la comprensión de los textos, en qué consiste o cómo somos capaces de alcanzarla. Y aunque su trabajo se articule en torno al campo filológico, el trabajo del prusiano no es acotado y tiene la ventaja de ser un sistema panorámico, ecléctico y aplicable más allá de los textos. Esto es porque Schleiermacher ante todo insistió en la división radical entre dos modos de conocimiento, entre dos tipos de ciencias.

Para ilustrar la división entre esos dos tipos de ciencias, las “ciencias del espíritu” y las “ciencias de la naturaleza” en la que la hermenéutica temprana insistió, propongo que lector trate de prestar atención a su inmediata reacción ante las dos siguientes afirmaciones. La primera, “­­­­­­­­­­­­­­­­­­­La Tierra es el centro del universo”; y la segunda, “la poesía es imitación de la Naturaleza en lo universal o en lo particular, hecha en verso para utilidad o para deleite de los hombres, o para uno y otro juntamente”. Probablemente haya levantado la ceja con la lectura de la primera oración. O quizás le haya sonado demasiado desfasada como para prestarla siquiera atención. Pero seguro que la segunda oración no le ha parecido tan descabellada. De alguna forma, suena correcta o posible.

La primera oración —pudiera atribuirse a Ptolomeo— se enmarca dentro de las llamadas ciencias de la naturaleza. En las ciencias de la naturaleza el método de conocimiento es el explicativo: se entiende lo que se explica, porque se entiende algo solo si resulta explicable, científicamente explicable. Entonces podemos afirmar que esta primera oración es falsa. La segunda oración caería en el saco de las ciencias del espíritu. El método de conocimiento de los objetos de esta naturaleza es el comprensivo. Es decir, aquí ya no podemos decir que explicamos a Kafka. Como mucho podríamos articular una convención académica en base al conocimiento de su vida, su obra, etc. Pero no podemos aspirar a más. No podemos explicar a Kafka en el modo en que somos capaces de explicar el sistema heliocéntrico. Así, los “objetos del espíritu” se comprenden, se interpretan bajo la técnica hermenéutica, y no podemos ya afirmar la falsedad o verdad de los objetos espirituales. Por este motivo la hermenéutica es para Schleiermacher “el arte de evitar malentendidos”, porque es en el mundo del espíritu, gobernado por la comprensión, donde cabe la ambivalencia y la multiplicidad de defensas y argumentaciones legítimas, es decir, donde caben los malentendidos.

Y si todo vale, si todo lo predicado sobre lo referente al espíritu —como las artes, la literatura…— es válido porque nada es demostrable… ¿Ya está? ¿Hemos acabado? Nada más lejos de la realidad. La hermenéutica no derriba la convención porque sí, para caer en un escepticismo tramposo. Explicaremos finalmente para concluir cómo Schleiermacher aborda la problemática de la comprensión de los textos.

“La comprensión correcta de un discurso o un escrito es el resultado de un arte, y  exige consiguientemente una ‘teoría del arte’ (Kunstlehre) o técnica, que nosotros expresamos con el nombre de hermenéutica. Una tal teoría del arte se da solamente en la medida en que las prescripciones forman un sistema fundamentado en principios claros derivados de la naturaleza del pensamiento y del lenguaje” (Schleiermacher, 1961: 132)

Para comprender esto, resulta central el argumento filosófico que viene a decir que todos venimos de Dios. Si todos venimos de Dios, todos participamos de la totalidad de la vida. Este Dios del que habla el prusiano no es ningún Dios concreto y es todos ellos a la vez. Es un concepto, una medida filosófica que acoge en sí el “Todo”. La clave del concepto está en pensar, al modo parmenídeo, que nada puede ser pensado fuera de la realidad, más allá de ella. Por ello no hay nada fuera de Dios y por ello todos nos derivamos de él. Schleiermacher va a decir que la comprensión es en realidad un fenómeno de carácter espiritual. y que es porque nosotros somos partícipes de esa esfera total por lo que somos capaces de sentir, interpretar, los objetos espirituales.

En efecto: Para el teólogo, comprender significa llegar a la génesis del proceso creador, pues es allí donde se encuentra la sustancia espiritual, el sentido de la obra. Cuando leemos un texto nos esforzamos en comprenderlo porque si bastara la literalidad de las palabras no existiría el esfuerzo de la comprensión. En cambio muchas veces somos incapaces de interpretar un texto a pesar de conocer todas y cada una de las palabras del mismo. Comprender, pues, es deconstruir un objeto espiritual para conseguir llegar al impulso creador o sea, para conseguir llegar al espíritu. Y para esta empresa existen dos métodos y dos formas de interpretación y, según el prusiano, ninguna tiene una preeminencia sobre la otra: ambas conviven y se retroalimentan activamente conformando un ejercicio total omnicomprensivo.

El método adivinatorio es una intuición inmediata del sentido textual dado que en el receptor hay un sentimiento vital activo —siempre latente, posible, dado que se actualiza desde aquella comunidad vital total de la que todos participan (Dios, espíritu—  que se reconoce con el de la intencionalidad espiritual del texto. Contrasta con el método comparativo, el cual consiste en una especie de construcción del sentido textual por medio de conocimientos culturales generales y singulares respecto a la obra. Y por último la interpretación subjetiva es aquella que capta positivamente la psicología del sentido textual mientras que la objetiva tiene por objetivo la reconstrucción del sentido textual mediante la fijación de límites y fronteras por el análisis negativo del lenguaje.

Hay pues, un Schleiermacher teólogo, que entiende que los textos y las creaciones artísticas son productos del espíritu. Que cuando estamos ante un texto no estamos ante un texto propiamente sino ante una combinación libre de elementos de significado, ante una construcción estética. Y que por ello no basta la literalidad de las palabras porque la esencia se halla en la intencionalidad del espíritu, creadora, que por medio del sentimiento rompe la barrera de lo explicable y trasciende nuestro mundo. Y dado que todos venimos de Dios y participamos de un espíritu que es universal, somos capaces de entender el arte así, como acto de adivinación y congeniación. Sin esa vinculación al concepto de Dios no somos capaces de entender de tal forma el arte, pero dado que nuestro espíritu es un “microcosmos” del cosmos total, solo necesitamos una actualización espiritual compartida para que se produzca ese acto de adivinación y congenialidad.

Igualmente, hay un Schleiermacher metódico, más psicológico y filológico, que habla sobre normas y reglas para la captación negativa del sentido textual. Schleiermacher no vio ningún problema en esta dualidad. La hermenéutica posterior, por su parte, sí. A limar este magnífico trabajo temprano se dedicarán Dilthey y sobretodo Gadamer, o Heidegger entre muchos otros. Pero eso lo dejamos para otro momento.

 

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