Entre los claroscuros de lo viejo y lo nuevo no siempre surgen los monstruos, a pesar de que tengamos que contradecir al pensador comunista Antonio Gramsci, tan de moda estos últimos años. Me diréis que qué tiene que ver el título de una de las películas del cineasta soviético Sergei Eisenstein, una cita de Gramsci y un anime nipón. Y yo os diré que mucho, pues precisamente de esta premisa parte la obra de animación japonesa Nobunaga Concerto, donde el uso de animación mediante la ya arcaica rotoscopia se une a la tecnología digital más moderna para crear algo nuevo.

Un joven del siglo XXI llamado Saburo, un ordinario estudiante de secundaria japonés poco interesado en la historia, acaba inesperadamente viajando en el tiempo hasta 1549, en pleno periodo Sengoku, la larga era de guerra civil que vivió Japón en la Edad Moderna. El pasado y el presente del país del sol naciente, unidos por una trama de viajes en el tiempo adaptada por Yuusuke Fujikawa, del manga del mismo nombre creado por Ayumi Ishii.

Saburo aterriza -literalmente- sobre un joven señor feudal que se presenta como Oda Nobunaga, uno de los personajes históricos más importantes de la historia de Japón. En efecto, se trata de uno de los «Tres grandes unificadores» del país. Al ver su parecido físico y debido a su delicada salud, le propone al recién llegado Saburo hacerse pasar por él durante un tiempo mientras se recupera de su enfermedad. A partir de este encuentro se desarrolla la apasionante historia del renacido Nobunaga, siguiendo los pasos del personaje histórico real en pos de la unificación de su nación.

Pero, ¿qué hace diferente a este anime de «viajes en el tiempo» de tantos otros que se han realizado hasta ahora? Para empezar, el viaje en sí mismo resulta irrelevante, es un deus ex machina que sirve para iniciar la historia y sólo se recordará en contadas ocasiones cuando nuestro protagonista se encuentra con otros viajeros temporales.

Como punto fuerte de esta obra, y enlazando con el título, tenemos la animación. En ella lo añejo y lo moderno se dan la mano para ofrecernos una de las obras más desconocidas del 2014. La animación está realizada con el antiguo proceso ya en desuso de la rotoscopia. Este método consiste en reemplazar los fotogramas de una filmación con actores reales por dibujos realizados sobre cada fotograma, transmitiendo a la animación la naturalidad y el realismo de movimientos de una película, lo cual dota al anime de una estética que notamos diferente y extraña si la comparamos con la práctica totalidad de obras de animación actual, ya sea occidental o japonesa, que la acerca a la animación de los años ochenta. Un ejemplo de la rotoscopia podría ser la serie He-Man and the Masters of Universe, estrenada en 1983.

Lo negativo de este método de creación es que afecta a la animación de las expresiones faciales que, en comparación con la digitalización vigente en estos años, se ve muy tosca y plana. Este defecto queda compensado por una recreación de entornos y paisajes impresionante y preciosista, además de unos fondos y un diseño de personajes especialmente cuidado –la decoración de las armaduras samuráis está pulida al milímetro-.

Nobunaga Concerto

El doblaje original en japonés tiene un casting de gran calidad, repleto de primeras espadas del sector. Nos encontramos con actores de la talla de Mamoru Miyano (Death Note, Durarara!!), Yuki Kaji (Shingeki no Kyojin, High School DxD), Yuuichi Nakamura (Fairy Tail, Owari no Seraph), Nana Mizuki (Naruto, Nanatsu no Taizai), Akira Ishida (Mobile Suit Gundam, Slayers), premiados todos ellos en los Seiyu Awards -certamen que reconoce a los mejores actores de doblaje de animación en Japón- que se vienen celebrando desde el 2007.

Es importante además la cuidada banda sonora que acompaña de forma perfecta a la acción en cada momento, desde calmada música orquestal con tintes orientales para los momentos de diálogos hasta poderosos temas en las escenas de acción. Merece mucho la pena escuchar el espectacular ending interpretado por My First Story, titulado Fukagyaku Replace, que hace olvidar la ausencia de un tema inicial a base de potentes guitarras y voz rota. Una auténtica guinda a la experiencia visual y sonora de esta obra.

En cuanto al guión, nos encontramos con el que quizá sea el punto más flaco de esta obra. Si bien la historia es absorbente y entretenida desde el primer minuto, incluida la trama romántica entre Saburo y la esposa de Nobunaga, que le da la calma necesaria entre partes de acción, se ve lastrada por su escasa duración -apenas diez episodios-. Esto impide no solamente un desarrollo de protagonistas profundo en relación con el periodo de la historia que narra y la cantidad de personajes reales que aparecen, sino que su arco evolutivo se queda corto. Además de tener un final que nos deja con la miel en los labios ¡en el mejor momento! Y a la espera de una continuación que se prevé imposible dado que la artesanía y el trabajo que requiere el uso de la rotoscopia -el director Yuusuke Fujikawa necesitó un año para realizar el primer episodio- ha significado que los creadores tuvieran dificultades para colocar su producto en un estudio de animación que les ayudase a entrar en la parrilla nipona. Si  bien se solventó este último asunto, ha provocado que el director terminase abandonando el proyecto, por lo que si queremos saber cómo continuará la historia deberemos acercarnos al manga.

Finalmente, este anime histórico nos muestra parte de uno de los periodos más importantes de la historia de Japón. Su gusto estético cuidado al detalle está alejado de la tan de moda integración 3D de otras obras, tales como Shingeki no Kyojin, Knights of Sidonia o Ajin. Ha sido una apuesta valiente por hacer algo que lo diferencie del resto de animes prefabricados que colapsan el mercado con obras simples, de animación plana, con guiones y personajes vacíos y una gran cantidad de erotismo para atraer a la audiencia adolescente. Una apuesta que a pesar de su esfuerzo no ha dado los frutos esperados, aunque no por ello pierde un ápice de calidad y un regusto nostálgico que hará las delicias de aquellos que disfruten con la animación oriental.

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Un texto de Alejandro Pérez Álvarez

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