La crisis desencadenada por la pandemia del Covid-19 y el confinamiento decretado por el Gobierno como medida principal para frenar la propagación del virus han generado una situación paradójica: en una sociedad acostumbrada a la abundancia y la inmediatez, poco tolerante al aburrimiento, la vida se ha visto detenida de golpe y reducida a lo que sucede entre las cuatro paredes de casa, un insólito escenario donde la reflexión es prácticamente obligatoria. 

La observación y reflexión en torno a la realidad es uno de los terrenos en los que mejor se mueve Marcos Díez (Santander, 1976), y no sólo por el seguimiento llevado a cabo desde el principio de la cuarentena, a modo de diario en su Cuaderno de excepción. Periodista, escritor, poeta y gestor cultural, su faceta como autor ha dado lugar a la publicación de tres poemarios (‘Desguace’, ‘Combustión’ y ‘Puntos de apoyo’), un libro de relatos (‘Desdoblados’) y otro de artículos (‘El festín’), marcados por su recurrente tono reflexivo. 

Marcos Díez | Foto cedida por el autor
Marcos Díez | Foto cedida por el autor

En El festín (Ediciones Valnera, 2017) Díez se asoma a la vida desde la extrañeza que le produce el propio hecho de estar vivo, alejado de la actualidad y el ruido mediático. Se trata de un libro existencial, basado en lecturas, experiencias y anécdotas personales, que reúne una selección de artículos escritos entre 2015 y 2017 y publicados semanalmente en eldiario.es Cantabria. Organizados en cuatro grandes apartados (NieblaDaltónicoPiedras y espejos y Cuando no se puede), componen una reflexión vital condensada en apenas 144 páginas que favorece sin embargo una lectura reposada, por la profundidad y complejidad de los temas que aborda. 

Niebla habla de la invisibilidad de lo cotidiano, aquello que nos acompaña todos los días pero pasa desapercibido ante nuestros ojos. Cuando nos entregamos a la contemplación de la naturaleza, esta se erige protagonista: callada pero poderosa, desde la belleza del paisaje hasta la omnipresencia del cielo, recordando la insignificancia de la existencia humana.  

El autor declara sus inquietudes desde el principio, introduciendo algunos de los temas que recorren todo el libro, como el paso del tiempo: reivindica el valor de las personas mayores y su sabiduría y experiencia frente al olvido de una sociedad desmemoriada y cortoplacista (la crisis del Covid-19 ha dado buena muestra de ello). También será constante la reflexión alrededor de la identidad y la inquietud por las vidas no vividas, muy vinculada a la preocupación por el uso de la tecnología, que da acceso y altavoz a un catálogo infinito de experiencias más fuente de frustración que de inspiración.  

«Ser despistado no es algo que se decide, es algo que pasa. No se puede elegir, no se puede curar, no se puede educar». Así comienza Daltónico, en el que la narración en primera persona se entremezcla con una visión exagerada de sí mismo, aportando un toque de humor para desdramatizar el yo. Es aquí donde aparece el lado más humano del autor, representado en las entrañables anécdotas sobre su coche o sus experiencias con el deporte, los animales y las relaciones, así como los daños colaterales causados por sus incontables despistes. 

Al igual que sus propias vivencias personales, la lectura motiva buena parte de las reflexiones de Marcos Díez. Referencias a otros poetas, escritores y pensadores como Antonio Cabrera, José Hierro, Santiago Alba Rico o Zygmunt Bauman son a veces el pretexto para abordar un tema y otras para apuntalarlo. Sin embargo, es de entre todos Pessoa el que ocupa un lugar más destacado, especialmente por su ‘Libro del desasosiego’, que «se aproxima como pocos al conflicto de la identidad y a la tensión (el desasosiego) que se deriva del mismo»quedando reflejada su influencia no sólo en los temas esenciales de El festín o el carácter desordenado e introspectivo de su pensamiento sino quizás también en el uso de sus propios “heterónimos”: el daltónico, el torpe, el despistado… 

Presentación de "El festín" (Librería Gil, noviembre 2017) | Foto: Carlos Atienza
Presentación de “El festín” (Librería Gil, diciembre 2017) | Foto: Carlos Atienza

Piedras y espejos recuerda la importancia del lenguaje en la comunicación. Al fin y al cabo, «que dos personas hablen el mismo idioma no garantiza que lleguen a entenderse». Asumir que no tenemos la verdad absoluta y estar dispuestos a cambiar nuestro punto de vista, previo intercambio de argumentos, es imprescindible para llegar a un entendimiento, aunque nuestra tendencia a convertir la razón en una cuestión de identidad no hace sino impedir el diálogo. Entre asuntos existenciales como el significado de las palabras o la subjetividad de la memoria resurge de nuevo la preocupación por el uso de la tecnología: «La tecnología multiplica las posibilidades de encontrar compañía pero, al tiempo, la conexión constante dificulta el cuidado de las relaciones y hace olvidar ese útil arte de saber y soportar estar a solas, lo que multiplica la sensación de soledad». 

Finalmente, Cuando no se puede disculpa al yo individual defendiendo que, si bien la voluntad es fundamental para alcanzar metas, querer no siempre es poder y son el azar y las circunstancias las que determinan muchas veces el resultado final. Apenas el envejecimiento y la muerte se libran de la incertidumbre, por lo que no queda otra que aprender a afrontar las cosas que nos suceden y ejercer nuestra libertad tomando decisiones, conviviendo también con el rechazo: «El mundo es lo suficientemente amplio y la vida lo bastante corta como para perder el tiempo intentando saltarnos los límites que otros nos ponen, demasiado breve todo como para no aprender nosotros a poner límites claros a quienes queremos lejos». 

Desde el reconocimiento de la propia fragilidad, utilizando un lenguaje que no discrimina lo sencillo y directo de lo preciso, Marcos Díez empatiza con el lector y lo conecta con la realidad: no esa que se confina en la pantalla, esclava de la actualidad, sino la que se concentra en la esencia de las cosas, aquellas que redescubren a diario un mundo cotidiano tan extraño como extraordinario. En tiempos de reflexión, mejor no olvidarlo. 

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