EL FETICHE DEL TALENTO

Salgo del backstage, la oscuridad sobrecoge, el neón y los focos terminan en 4 tronos que te dan la espalda con los nombres de David Bisbal, Paulina Rubio, Malú y Melendi, ellos son el éxito, ¡es mi oportunidad! Intento recordar alguna frase de Paulo Coelho que me ayude a dar el paso. Suena la música. Empiezo. Mi canción ​mainstream no puede fallar, me lanzo al final, los tronos no giran, mi talento es un alarido agudo suplicando la contratación de Melendi. Finalmente gira un trono, es Malú. No, con Malú no, con Malú no…

El formato talent showdesarrollado a lo largo de toda la geografía mundial ha tenido un éxito arrollador en las últimas décadas. En el caso de España, empieza con ​Hacia la fama en los 50 y ​Salto a la fama en los 60. No obstante, el nivel de implantación de este tipo de programas es muy superior a lo anterior. ​La voz, La voz kids, Masterchef… ​son programas con audiencias desorbitadas y con un volumen de negocio considerable.

Los espacios televisivos de alta audiencia nos sugieren cómo entendemos y cómo se establecen dinámicas sociales y culturales. Dinámicas que apuntalan y proyectan determinados desarrollos del capitalismo actual. Por ejemplo, cómo entendemos un ​talent show​, tiene que ver con la concepción de talento que se implanta en la sociedad, con sus modificaciones respecto al pasado y con su nueva resignificación.

¿Qué es el talento? La RAE alude a la inteligencia, a la capacidad de entender y a la aptitud o la capacidad de desempeño de algo. Pero ya desde el principio el talento es una moneda de cuenta, primero de griegos y luego de romanos. La presencia de la monetarización del talento de los hombres ya arranca desde la antigüedad clásica, e incluso hay una parábola dentro del evangelio según San Mateo en la que se nos narra la historia de tres siervos a los que su señor les confía cantidades de talentos distintas, todos consiguen incrementar la cantidad, excepto uno que lo entierra. Vuelve el señor y premia a todos los que han incrementado los talentos, y destierra al que no consiguió beneficio. Dios otorga los dones o talentos con la obligación de obtener beneficio.

Parece ser que, por lo tanto, el talento tiene que ver con lo que se obtiene, con su desarrollo, pero al mismo tiempo el propio talento al desarrollarse justifica su ser. Estas afirmaciones al ser enfrentadas con la concepción actual del talento encierran problemas.

TÚ SÍ QUE VALES

Actualmente, el concepto de talento se está acercando cada vez más a la capacidad precoz o casi innata que un individuo o grupo de individuos tengan para desempeñar una actividad o conjunto de actividades. Si sorprende eso de “innata”, no se preocupen, puesto que la neurociencia está buscando en el cerebro los ingredientes necesarios para la fórmula del talento. El capitalismo espera mucho de este campo de conocimiento: la fórmula del talento, el botón de compra… Los talentos no son tales, si no son monetarizados. Volviendo a Mateo, cualquier talento que no cree nuevos talentos no tiene cabida en el reino de Dios.

Pero, ¿cómo se valora el talento? La respuesta la tendrá el premio Nobel de economía Gary Becker a finales de los 60. Lo que verdaderamente importa en la sociedad capitalista actual no es que tipo de talento posees, sino más bien si el talento que posees puede ser interesante y beneficioso según su explotación. Es decir, si alguien tiene talento o no, depende de que sea vendido como fuerza de trabajo valiosa para el empresario que ha invertido en su contratación obtenga el beneficio esperado, o en el caso de que el propio individuo haya tenido capital para invertir en sí mismo le produzca los beneficios pertinentes. Becker, en su obra ​Capital humano, afirma que es posible atender a cualquier decisión vital a partir de una teoría de los precios. Es decir, la totalidad de la actividad humana se podría considerar en términos de beneficios y costes.

Alberto Santamaría, en su obra ​En los límites de lo posible, nos lo resume así: “Becker definía el capital humano como el stock inmaterial, aunque situado en una corporalidad marcada por el paso del tiempo, que posee una persona en un marco competitivo, algo así como una inversión individual intangible y acumulativa que se rentabiliza en los diversos procesos laborales (ascensos, salarios, exitos…).”

Los sujetos se vuelven empresas, empresas de sí, ellos invierten en sí mismos, y esperan obtener beneficios a partir de su capital humano. Cuando en el siglo XIX Marx se refería a la cosificación de la clase trabajadora, se quedó corto, el trabajador no es solamente una mercancía, tiene toda una estructura económica desarrollada en términos de coste-beneficio. Esta resignificación del talento nos lleva a la concepción de valor de la escuela austriaca. “El valor de los bienes se fundamenta en la relación de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos”, dejó escrito Carl Menger. Definitivamente, el talento es un valor añadido dentro del capital humano, por lo que debe de estar administrado. Es decir, contratación, capacitación y ascensos es su nuevo campo semántico.

EL ASALTO A LA VIEJA FORTALEZA

En los últimos años observamos cómo determinadas perspectivas de la educación ligadas con intereses económicos se van incrustando poco a poco en las diferentes leyes educativas. El peso de la CEOE se incrementa en detrimento del de los sindicatos de estudiantes y profesores, así como las familias son corrompidas por el pragmatismo.

La educación debe de ligarse a la economía, tiene que existir un proyecto común de formación académica orientada hacia la salida laboral y empresarial. Los institutos son como empresas, y deben de ser evaluados como tales. Atrás queda el proyecto ilustrado de la formación crítica, humanística y cultural que debe tener todo ciudadano.

En esta mercantilización de la formación académica, el talento funciona como un futurible, como un trabajador de alto valor añadido en potencia. De este modo, los profesores se convierten en cazatalentos, en coaches, en una Malú de instituto. Se trata de captar los talentos del alumno y promocionarlo lo más rápido posible para que tenga una salida al mundo laboral-empresarial satisfactoria. Entender que la formación del individuo es un proceso lento, delicado que requiere un cuidado por parte de las familias y los profesores, es pasado, hay que rendirse a la nueva realidad.

Esta perspectiva tiene su reflejo en el mundo del espectáculo y en el deporte. Los deportistas son captados de entre las masas y solo son considerados si tienen éxito. Los modelos educativos se modifican rápidamente, la velocidad es importante.

En 1982, Marcelo Bielsa recorre media Argentina reclutando jugadores para el ​Newell’s Old Boys​. Jugadores a medio hacer acaban en manos del LocoBielsa y maduran poco a poco su formación: Batistuta, Berizzo, Pochettino…​ “Nosotros deberíamos aclararle a la mayoría que el éxito es una excepción. Los seres humanos de vez en cuando triunfan. Pero habitualmente desarrollan, combaten, se esfuerzan, y ganan de vez en cuando. Muy de vez en cuando”. Los proyectos deportivos de Bielsa son reconocibles, forma la cantera e instruye éticamente a los jugadores; estos le recuerdan por su ética de trabajo, por su cercanía y por alguna excentricidad, como si fuese un viejo profesor de provincias, ese es el viejo caldo de cultivo del talento.

Hoy en día, en cambio, las agencias de representantes de futbolistas montan equipos y representan a cadetes y juveniles, niños tratados como productos comerciales; en lugar de divertirse y aprender, los chicos son explotados. En las escuelas, los alumnos quieren la nota para incrementar su curriculum, los procesos de aprendizaje se diluyen entre evaluaciones simuladas y apurones de temarios.

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