ANTECEDENTES PENALES

Una historia así merece ser comenzada por el final, o casi. No encuentro mejor forma de hacerlo. Digamos que Marvin Pontiac murió en el año 1977, arrollado por un autobús. No tuvo tiempo de llegar al hospital con vida y así abandonó, sobre esa carretera, su agitada existencia. No mucho antes había conseguido escapar del psiquiátrico. Pero ¿Cómo había acabado nuestro hombre en aquel manicomio de Detroit?

Imagínense a un enorme negro montado en una bicicleta mientras desciende a toda velocidad por la principal avenida de la ciudad. Ahora traten de visualizar con más precisión la escena, añadiendo que el sujeto solamente va ataviado con un turbante. Cuando los polis le dan el alto, Marvin les asegura que acaba de ser liberado de una nave extraterrestre. Es la única forma de justificar aquella embarazosa situación. Curiosamente, esas mismas calles que habrían de verle morir, poco tiempo después de aquel episodio, le habían visto nacer cuarenta y cinco años atrás.

Hijo de un musulmán africano y una judía de Nueva York, Marvin Touré, tuvo una infancia complicada. Cuando su madre fue ingresada en un sanatorio mental, su padre no dudó en llevarse a su hijo a Mali. En África es donde tomaría primer contacto con sus raíces musicales, de las cuales se empapó con auténtica voracidad. Siendo ya un adolescente regresa a Estados Unidos. En Chicago tiene la suerte de toparse con la eclosión del blues eléctrico, y comienza a tocar la armónica en la calle para buscarse la vida. Aunque enamorado de aquel nuevo sonido urbano, en su inconsciente aún se almacenan el eco de los tambores y los cantos tribales y repetitivos de sus ancestros. Esta inherente fusión le acompañará durante toda su trayectoria musical.

En la ciudad del viento ocurrió un episodio que acabaría por agrandar del todo su leyenda. El armonicista Little Walter, ya por entonces capo del blues, propinó una paliza al joven Marvin. Contarían las malas lenguas que esta tunda se debió a la envidia malsana del maestro hacia el joven músico callejero. La repercusión que tuvo en la ciudad este suceso, le haría dar con sus huesos en Texas, donde aparte de grabar para alguno de los sellos locales, trabajó de fontanero e incluso, se dice, que robó un banco. Posteriormente, para evitar problemas con las autoridades, el ya rebautizado Marvin Pontiac se instala en  Louisiana, donde seguirá grabando canciones esporádicamente y tocando en sucios garitos. Antros en los que, después de cada actuación, tenía que pasar la gorra entre un público que no tenía ni para un par de zapatos nuevos. Desencantado de esta situación, probará suerte en California en los años sesenta, donde no le iba a ir mucho mejor. Su salud mental, cada vez más deteriorada, le acabará llevando de vuelta a su ciudad natal, Detroit, en la década de los setenta, lugar en donde dimos comienzo a esta historia. Ya saben: bicicletas, esquizofrenia, turbantes, extraterrestres…. y por último, aquel fatídico autobús que acabaría arrollándolo.

UN GRANDES ÉXITOS HECHO DE GRANDES FRACASOS

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Carátula del disco| www.allmusic.com

Músico maldito por antonomasia, Marvin Pontiac, grabó en vida sólo un puñado de singles, que pasaron principalmente sin pena ni gloria. No sería hasta el año 1999, cuando el sello neoyorquino Strange & Beautiful Music recopilara todo este material y lo editara bajo el nombre de The Legendary Marvin Pontiac’s Greatest Hits, álbum con el cual empezaría a ser reconocido más allá de las fronteras del underground. El disco es una suerte de mantra cíclico que se abre con uno de sus primeros no-éxitos, «I’m a Doggie». Un blues de la casa, acompañado de una armónica que recorre la canción con sexualidad. Quizás este tema se encuentre entre los más ortodoxos en lo musical, pero, atentos a letra, pues en ella Marvin susurra perlas como: «Soy un perrito, que apesta cuando está húmedo. Siempre estoy desnudo, tengo un hueso para ti y cazo conejitos antes de irme a dormir». Por otro lado, hay canciones que evidencian todo ese aprendizaje de los ritmos africanos en su infancia. Temas como «Small Car» o «Pancakes», en donde los coros femeninos tienen ese toque casi chamánico, y las canciones reposan sobre elementos percusivos que pueden retrotraernos hasta Fela Kuti. Además de esta amalgama sónica, que viaja sin despeinarse del delta del Mississippi, o los clubs de jazz de New York hasta el desierto de Mali, Marvin también se muestra transgresor en cortes como «Bring me Rocks» o «Arms & Legs». Canciones cercanas al blues experimental y pantanoso, en donde podemos escuchar ecos de Captain Beefheart, e incluso momentos en que los llega a anticiparse a la deconstrucción de Jon Spencer y su Blues Explosion. Siempre, eso sí, sin dejar de lado su peculiar estilo, que, aunque bebe de diversas fuentes, desemboca siempre en la misma ciénaga. En ocasiones, también se aprecia durante el álbum cierto regusto a Tom Waits, quizás un tanto menos urbano, pero igual de contundente y minimalista que éste. Cierra el disco la acústica «No Kids». Pieza deliciosa, en donde la delicadeza y el pulso nos llevan en brazos hasta Tulsa (Oklahoma), recordándonos al J.J. Cale más relajado.

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Contracarátula del disco| www.allmusic.com

Todas estas comparaciones (casi siempre odiosas) con artistas de renombre, las considero necesarias para poner en situación a un compositor tan desconocido como lo fue Marvin Pontiac. Entre todas ellas se puede observar una mezcla de géneros un tanto aberrante a priori, la cual a través de la escucha del disco se convierte en algo fluido y natural, dotándolo incluso de una conceptualidad un tanto extraña para un recopilatorio. Las reacciones al trabajo de Pontiac no se hicieron esperar. No solo la crítica elogió el álbum, sino que artistas como David Bowie, Leonard Cohen, Iggy Pop o Beck, aseguraron que Pontiac había sido siempre una fuente de inspiración para ellos, además de aseverar que era el álbum más fresco y original que habían escuchado en mucho tiempo. Razón no les faltaba, pues el disco repasaba en sus cortes gran parte de la tradición de la música afroamericana: los ecos tribales; el periplo forzoso a través del océano; su paso por los algodonales; los desfiles de Mardi Gras; o el peregrinaje hacia el norte a través del delta del Mississippi para su posterior electrificación y exportación al hombre blanco.

REDESCUBRIENDO EL PASTEL

He de reconocer, que al igual que su alter-ego, he disfrutado poniendo en su conocimiento (y a veces recreando) la ficticia historia del tal Marvin Pontiac, pues lo cierto es que este músico jamás existió. No se sientan defraudados, pues el disco sí existe y es maravilloso, tanto fuera un negro imaginario y de vida extravagante quien lo facturase, como un bohemio neoyorquino a finales de los noventa, como así fue.

Aunque también es cierto que algunos aspectos de la historia del Legendario Marvin Pontiac podrían, a estas alturas, haber hecho dudar al incrédulo. Detalles que, observados con más atención, acaban por hacer aguas. Por ejemplo, el sonido del disco hace casi del todo impensable que esas canciones fuesen grabadas durante las décadas de los cincuenta y sesenta, amén del estilo sofisticado del que a veces pecan. Hay un conocimiento musical tan variopinto y amplio en el álbum, que es palpable que el autor ya poseía cierta perspectiva histórica de las músicas negras (y blancas) y su evolución. A no ser que  hubiese sido abducido realmente por los extraterrestres y viajado al futuro, se hace casi imposible pensar que obtuviese tales resultados. Por otro lado, está el artwork del disco. Todas las fotos de Marvin están desenfocadas y siempre luce una especie de túnica y turbante que hacen irreconocible cualquier rasgo físico. También la sorprendente biografía, contada en la hoja promocional del artista, es tan rocambolesca que en ocasiones cuesta creer. Y por último está la defensa unánime de todos esos pesos pesados de la industria musical, que aunque seguro les encantó el álbum, se prestaron para hacer de esta historia una bola aún mucho más grande.

¿Y quién fue el responsable de esta asombrosa farsa? Pues John Lurie, artista prolífico como pocos. Ha sido actor fetiche del cineasta Jim Jarsmuch, protagonizando películas de culto como Strangers in the Paradise o la estupenda Down By Law. También ha sido productor, autor de bandas sonoras e incluso llegó a tener su propio show televisivo (Fishing with John). Como músico, aparte de su insólita aventura como Marvin Pontiac, siempre estuvo al frente de The Lounge Lizzards, banda de jazz poco ortodoxo, que jugueteaba lo mismo con el punk que con el sonido cabaretero. En los últimos años, afectado por la dolencia crónica de Lyme, se encuentra alejado de la música y de los platós, y centrado en la pintura. Hasta entonces había venido ejerciendo de galán y artista maldito, tanto dentro como fuera del escenario. En cierta entrevista cuando fue preguntado acerca de todo este montaje, Lurie se defendió diciendo que siempre había deseado cantar pero era demasiado tímido para ello, por ese motivo se había inventado un personaje. Así que, oculto tras su alter-ego afroamericano, tenía carta blanca para hacerlo.

John Lurie en Jazz Jamboree 1992 Wikimedia Commons
John Lurie en Jazz Jamboree, 1992| Wikimedia Commons.

De esta forma, rodeado por otros grandes músicos, no solo facturó un disco más que disfrutable, sino que puso a prueba el valor implícito de cualquier trabajo artístico, sacando a relucir el eterno debate de si la obra está condicionada o no por quien sea el artista ¿Tiene menos valor el disco por ser de John Lurie que del ilusorio Marvin Pontiac? El propio Lurie nos responde:

”Algunos se han enfadado de veras. No he pretendido ofender a nadie. Lo he hecho sin ninguna maldad. Simplemente he querido crear un pequeño mundo aparte, un personaje. Lo que me resulta extraño es que la gente escucha el disco de forma diferente cuando saben que soy yo el que lo ha hecho, en vez de un africano al que atropelló un autobús. He demostrado que un blanco también puede tocar blues. La música del disco es completamente orgánica y real. No es una cosa falsa, de broma, ni procesada. Es tan real como tendría que serlo. De eso no hay la menor duda”.

Estoy de acuerdo Mr. Lurie. Por mi parte, no tengo más que añadir.

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