Lo desconcertante e inquietante, lo místico y extranjero de los relatos de Guy de Maupassant (1850-1893) ha derivado en una lectura recurrentemente patológica de su obra. Existe una fascinación en Maupassant por lo místico, la locura, el terror, la decadencia del alma y la razón, la demencia o el miedo. Todo ello suele ser interpretado desde la enfermedad que aquejó al autor. Sin negar la indudable conexión entre vida y obra, es claro que ésta tiene valor y es comprensible por sí misma. Me dispongo a revisar y comentar uno de los relatos más conocidos y, quizás, más representativos de su producción literaria, titulado precisamente El miedo, publicado en 1883.

El escenario en que transcurre la historia es una embarcación que surca el Mediterráneo. En ella, seis o quizás ocho viajeros «silenciosos, con los ojos vueltos hacia el África lejana». El capitán retoma la conversación que tuvo lugar durante la cena aquella misma noche:

«Aquel día tuve miedo. Mi navío permaneció seis horas con aquella roca en el vientre, batido por el mar. Por suerte fuimos recogidos, hacia el anochecer, por un carbonero inglés que nos divisó».

A lo que respondió otro de los tripulantes:

«Dice usted, capitán, que tuvo miedo. No lo creo. El miedo es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un horroroso espasmo del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimiento y angustia. Pero eso no sucede cuando se es valiente, ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas de peligro conocidas; tiene lugar en determinadas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas, frente a vagos riesgos. El verdadero miedo es algo parecido a la reminiscencia de los terrores fantásticos de otros tiempos. Un hombre que cree en los aparecidos, y que imagina distinguir sus espectros en la noche, debe sentir el miedo en su más espantoso horror».

Este diálogo es central, pues el autor no puede ser más claro: el verdadero miedo no está en complejos pretextos, sino que es en la introspección del alma donde se encuentra. Es, por un lado, «una sensación espantosa, atroz», que es disfrutado en su verdadera crudeza «frente a vagos riesgos». Es, por otro, «algo parecido a la reminiscencia de los terrores fantásticos de otros tiempos, (…) que tiene lugar en determinadas circunstancias anormales». Conviven aquí, como en la misma obra de Maupassant, dos ideas cruciales. La primera es la del cotidianismo. Lo trascendental es accesible para lo cotidiano, mundano, banal; ello se manifiesta precisamente ahí. El autor lleva esos «terrores reminiscentes de tiempos lejanos» a la mera existencia individual, y a la más sencilla de las situaciones. Lo trascendental no es objeto de erudición ni bebe de complejidades, no está restringido a nada; así de implacable se revela la fuerza de lo místico.

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Guy de Maupassant | Wikimedia Commons.

La segunda es la idea de lo insólito. La demencia, la locura, lo extranjero y, finalmente, el miedo, el verdadero miedo, es algo mágico o que tiene que ver con la magia, que proviene de allí. Tiene que ver, en efecto, con una presencia mística que sublima y sobrepasa todo intento de intelección del hombre (como se ve en El Horla (1887), uno de sus relatos más importantes, cuando se interroga sobre la inutilidad y la incapacidad de sus sentidos para discernir ese mal que le acecha y atemora).

Ahora, nuestro personaje dice haberlo llegado a sentir en dos ocasiones. La primera de ellas será en el desierto africano. La segunda, en un bosque en Francia, con motivo de una subida al monte para cazar. En las dunas de Uargla, «éramos dos amigos seguidos por ocho espahíes y por cuatro camellos con sus camelleros». Y sobre las olas infinitas de polvo dorado, sobre aquel mar bravío y quieto, un hombre lanzó una especie de grito y «todos se detuvieron, sorprendidos por un inexplicable fenómeno ya conocido por los viajeros», pues «sonaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas». «La muerte está sobre nosotros». Entonces «he aquí que mi compañero, mi amigo, casi hermano, cayó del caballo, de cabeza, fulminado por una insolación». El tambor no cesaba su redoble mágico y «yo sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el horrible miedo…».

Claro es que el capitán se cuestiona la naturaleza del mágico tambor y, tras una explicación racional del fenómeno, que consistía en el eco agrandado por las dunas, «de una granizada de granos de arena traídos por el viento y que tropezaban contra una mata de hierbas secas». Continúa: «Ese tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero eso lo supe más tarde».

Es de interés detenerse mínimamente en este momento. Por una parte, debemos mencionar algo al respecto del miedo: ya se ha retratado. Esta es la primera experiencia que nos narra el hombre. En el silencio de enormes montañas doradas, cansados y hastiados por la infinidad del sol abrasador. En silencio el paisaje; en silencio todos ellos. Y sobre ese cuadro sencillo y severo, la muerte y lo mágico se hermanan para crear el horror, el miedo, el verdadero miedo.

También cabe señalar que, en un autor que acostumbra escribir en los límites de la realidad, se vuelve usual la interpretación de lo relatado. Uno nunca tiene la certeza para discriminar aquellos fenómenos verdaderos de los no tan verdaderos. Ciertos pasajes llegan a ser simples alegorías. El mágico tambor también encierra esta tesitura. Alegoría, fenómeno científicamente explicable, misticismo, espejismo… todas las incógnitas quedan encerradas en ese mágico redoble. Así, lo insólito, lo mágico, queda inexplicado. Es esto, también, algo reiterado en nuestro autor, como se ve en el relato de La mano (1883). Lo místico se presenta verdadero, pero permanece por siempre oculto.

Llegamos ahora a la segunda experiencia de quien sintió el verdadero miedo. Fue «En un bosque del noroeste de Francia». El tiempo feroz y un anochecer temprano hacían en ocasiones maldecir a nuestro hombre y un campesino que lo guiaba.

«Después me habló de la gente a cuya casa íbamos. El padre había matado a un cazador furtivo hacía dos años y, desde ese momento parecía taciturno, como obsesionado por el recuerdo. Sus dos hijos casados vivían con él».

Llegaron y unos gritos agudos de mujeres se escucharon. Una voz cansada, ahogada, preguntó finalmente: «¿Quién va?». Entraron en la cabaña y el cuadro que apareció ante ellos fue inolvidable:

«Un anciano de pelo blanco, con los ojos enloquecidos, fusil cargado en mano, esperaba en el centro de la cocina, mientras que dos altos mocetones, armados con hachas, guardaban la puerta. Distinguí en las oscuras esquinas a dos mujeres arrodilladas, con el rostro oculto contra la pared».

Y continúa, sobrecogedor: «mire usted, señor, hace dos años, esta noche, maté a un hombre. El año pasado vino a hablarme. Lo espero de nuevo esta noche». Entonces, cuando pasado un rato nuestro hombre, incrédulo y ligeramente seducido y animado por aquel espectáculo de superstición funesta, se disponía a recogerse en un lecho, «el viejo guardia de repente dio un salto de su silla, recogiendo su fusil». «¡Ahí está, ahí está! ¡Lo oigo!».  Entonces «las dos mujeres volvieron a caer de rodillas, ocultando sus rostros». El perro viejo y bigotudo se despertó, y «lanzó uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecer a los viajeros…». Y durante una hora aulló. «Y el miedo espantoso me penetraba. ¿Miedo a qué? ¿Acaso lo sé? Era miedo, eso es todo».

Los aullidos del perro se hicieron molestos pasado el tiempo. El viejo lo agarró y lo echó fuera de la cabaña, por una puerta que daba a un pequeño patio. Tras un silencio mortífero, unas uñas comenzaban a rascar la madera de la fachada donde allí, ellos, morían de miedo.

«De repente apareció una cabeza pegada al cristal del ventanillo, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de las fieras. (…) Resonó entonces un ruido formidable; el viejo había disparado. Y les juro que ante el estruendo del disparo que no me esperaba, sentí tal angustia en el corazón, el alma y el en el cuerpo, que me sentí desfallecer, a punto de morir de miedo. Permanecieron todos quietos, silenciosos, muertos de miedo, hasta el alba. [Salieron y] al pie del muro, contra la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala».

Y aquí vuelve al tema nodal, esto es, qué es el miedo: «Aquella noche, sin embargo, no corrí peligro alguno; pero antes preferiría tener que volver a pasar todas las horas en las que afronté los más terribles peligros, que el único minuto del disparo sobre la cabeza barbuda del ventanillo».

Colette_Dumas_Lippmann,_Geneviève_Straus_and_Guy_de_Maupassant Wikimedia Commons
Colette Dumas Lippmann, Geneviève Straus y Guy de Maupassant | Wikimedia Commons.

De por sí, esta segunda experiencia exhala un mayor tenebrismo. De nuevo, hay que focalizar la escena en el lugar correcto. Y el lugar correcto es el guardia, el viejo guardia. El viejo, «de ojos enloquecidos» y pelo blanco, que cometió un crimen hacía dos años y desde entonces el remordimiento alimenta su locura a cada día que pasaba. Cada aniversario, el horror volvía a derrumbar el espíritu del viejo, pues el miedo es «como una descomposición del alma».

Si la visita fue o no cierta, pudiera ser considerado como irrelevante. De nuevo, dicha visita, al igual que el mágico tambor, encierran en sí la tesitura de la alegoría. La tesitura sobre si tales hechos son en sí mismos o son, en cambio, una alegoría de la locura, del frenesí. Quienes piensen que el relato expone una situación ordenada y lógica, y quienes piensen que tal situación no es sino una excusa para un diálogo del alma, pensarán ciertamente, diferente con respecto del tambor y la visita. La muerte del perro queda enmarcada en lo puramente macabro.

Existe una peculiaridad en este relato. Quien nos narra la historia no es quien sufre la enfermedad o la llegada de lo paranormal. En El Horla, nuestro personaje se ve invadido por una fuerza extraña que no sabe explicar, que lo trastorna y lo hace enloquecer. En esta historia, el personaje que nos ocupa es un mero espectador. Él siente el miedo, pero no es quien sufre la autodestructiva locura, como en muchos de los relatos del autor como El Horla o ¿Loco? (1882).

Para finalizar, El miedo no es ese relato que exponga la tesis anteriormente citada del sujeto que ve cómo algo extranjero y místico invade y trastorna su existencia. Es un diálogo trascendental. Es una conmemoración de lo elevado, del miedo, del verdadero miedo. El miedo es en sí mismo pues nuestro hombre lo sintió. «¿Miedo a qué? ¿Acaso lo sé? Era miedo, eso es todo».

Se trata de resaltar algo que se recoge al principio del relato: que el miedo, el verdadero miedo, es, por un lado, «una sensación espantosa, atroz», que es producido en su verdadera crudeza «frente a vagos riesgos». Es, por otro, «algo parecido a la reminiscencia de los terrores fantásticos de otros tiempos» y que sólo puede tener lugar en «determinadas circunstancias anormales».

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