OTTO MAYR: Libertad, autoridad y maquinaria automática en la primera Modernidad europea, Barcelona: Acantilado, 2012. Traducción de Marta Pessarrodona. 420 páginas.

Otto Mayr (1930) es el director del Deutsches Museum de Munich y del departamento de Historia de la Ciencia y la Tecnología de la Smithsonian Institution. Ha publicado “Autority, Liberty and Automatic Machinery in the Early Modern Europe” en 1986 en versión inglesa.

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Es imposible pasear por la Marienplazt de Munich y no reparar en el célebre carrillón que la preside; la fascinación es instantánea y nos hace comprender el encantamiento que ha producido el reloj en el imaginario humano. Así también, es imposible pasearse por las páginas de este estudio y no asombrarse por la erudición y lucidez que lo soporta. Tal es el viaje que nos propone Otto Mayr en este estupendo ensayo. Trabajo ameno y documentado que usa el ingenio del reloj (y otros como la balanza) como hilo conductor para recorrer una de las épocas más fascinantes de la historia europea. Con la meticulosidad de un orfebre, el autor traza la historia del reloj y de la balanza y su influencia en la mentalidad europea moderna.

Portada Cubierta
Portada/Acantilado.

El propósito del libro, como el autor explica en la introducción, reside en estudiar las relaciones entre la técnica y la sociedad mediante la noción de modelo, que en filosofía de la ciencia se entiende como la representación simplificada de un objeto de estudio.

La tesis central consiste en que la modernidad europea encuentra en las máquinas los modelos capaces de explicar el orden en todas sus formas. O. Mayr elige al reloj y la balanza como paradigmas del orden autoritario y el liberal respectivamente. De este modo, el autor divide el libro en dos partes: los sistemas autoritarios y los sistemas liberales. Los autoritarios, están en íntima correspondencia con los relojes, se basan en el mecanicismo y se dan fundamentalmente en la Europa continental. Por reacción, los sistemas liberales toman como imagen a la balanza, son anti mecanicistas y se conforman en el ámbito anglosajón. Los primeros producen un orden que necesita de una agente u ordenador externo, ya sea Dios o el Soberano, para poner en hora o dar cuerda al mecanismo. Los segundos, producen un orden autorregulado que no necesita agente externo alguno. Por momentos, parece que el autor está preso de las dicotomías escolares entre anglosajones y continentales, como en el caso de la contraposición entre el Racionalismo y el empirismo o entre el absolutismo francés y el parlamentarismo británico

El modelo del reloj ha servido para explicar tanto lo relativo a Dios y al mundo, como lo relativo a las relaciones políticas entre los hombres. Se ha aplicado desde la teología natural, a la política, pasando por la fisiología humana o por la cosmología. Quizás haya sido Leibniz quien lo ha expresado con mayor claridad: “Fijaos en dos relojes en prefecta correspondencia. Pues bien, esta correspondencia puede tener lugar de tres maneras. La primera consiste en la influencia mutua de un reloj en otro; la segunda, en el cuidado de un hombre que se ocupa de ellos; la tercera, en su propia precisión” (Leibniz, Carta a M.D.L.).

Es preciso hacer notar que Leibniz se refería a la comunicación entre el alma y el cuerpo. La primera se corresponde con la teoría cartesiana de la influencia recíproca; la segunda, con el ocasionalismo donde la intervención divina (Deus ex machina) explica tal relación y la tercera, se identifica con la teoría de la armonía preestablecida del propio Leibniz que defiende la perfección inicial del sistema.

Las más relevantes para el estudio que tenemos entre manos son la segunda y la tercera. El ocasionalismo de Malebranche se adecua con los sistemas autoritarios, pues exige la actuación de un principio externo para la corregir los fallos del sistema. Mientras que en la armonía preestablecida, ya se vislumbra la autorregulación de los sistemas liberales, donde el orden inicial excluye cualquier intervención externa. También Newton y Clarke defendían la intervención divina para ajustar el buen funcionamiento del universo.

Sin embargo, esta polémica no podemos entenderla de un modo dicotómico, sino, más bien, complementario. Más que una oposición, hay una correlación entre estos dos sistemas, como dos caras de una moneda. En puridad, ambas cosmovisiones son deudoras de una premisa inicial que ninguna cuestiona: tomar a la máquina como modelo. He ahí el quid del asunto: la asunción de la máquina como metáfora del mundo. Esta asunción conlleva, de forma casi necesaria, la reificación del mundo, convertido en objeto de uso y disfrute del individuo. Recordemos que en la época moderna florece la revolución científica y la revolución industrial, que otorgan al hombre los instrumentos necesarios para la dominación mundial, entendida en el doble sentido. Así por ejemplo, la caracterización de los sistemas liberales como anti mecanicistas, nos parece que puede llevar a la confusión, dado que son tan mecanicistas como los autoritarios, simplemente toman como modelo a otra máquina: la balanza. Ello no obsta para compartir el análisis de Otto Mayr.

El autor repasa exhaustivamente las metáforas del reloj y de la balanza. El reloj constituye el epítome de la época y alcanzó su feracidad más plena en las polémicas cosmológicas y teológicas. Son absolutamente recomendables las páginas que dedica a la ascensión del paradigma mecanicista, por ellas desfilan los nombres de Descartes, Leibniz, Clarke, Newton, etc.

La segunda parte, dedicada a los sistemas liberales que toman como espejo a la balanza, debe leerse como contraposición al mecanicismo continental. O. Mayr explica cómo la metáfora del reloj fue perdiendo la pregnancia que aún mantenía en el resto de Europa. Aparece, entonces, otro ingenio técnico que viene a sustituirlo como modelo explicativo: la balanza. El propio autor es consciente de que esta tuvo menos éxito que aquel, pero deja interesantes reflexiones acerca de los sistemas autónomos y auto organizados; en especial, las dedicadas a la teoría del laissez faire de Adam Smith.

Es curioso advertir cómo la reflexión sobre la influencia de la técnica en nuestras vidas ha estado bastante desatendida. La filosofía y las ciencias humanas han preferido enredarse en cuestiones como la clase social, el poder o la conciencia.

Pareciera como si nos comportásemos como “sonámbulos tecnológicos”, en feliz expresión de Langdon Winner, incapaces de focalizar nuestra atención en la dimensión técnica que atraviesa y conforma la condición humana. Hoy ese panorama empieza a revertir y, sin duda, libros como este ayudan.

En suma, aquellos lectores interesados por ese saber interdisciplinario, a caballo entre el ensayo histórico, la reflexión filosófica y la historia de la ciencia que se zambullan en las páginas de este libro. Todo ello acompañado de un estilo preciso y claro, cosa de agradecer, con unas completas referencias bibliográficas, numerosas citas y una erudición amplia, pero nunca abrumadora. Desde luego, ya no podremos mirar con los mismos ojos a los relojes y a las balanzas.

Solo nos queda agradecer la cuidada edición y traducción de la editorial Acantilado, siempre tan pendiente de incrementar su fondo bibliográfico con títulos tan estimulantes como este. Esta editorial continúa su hermosa labor de mimar al lector en español. Que nada cambie.

Álvaro Fonseca, profesor de filosofía.

Imagen: J-F. Rauzier.

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