Regreso
Los naturales de Etiopía, al saludar, a diferencia de nuestro habitual apretón de manos, unen su hombro derecho con el hombro derecho del otro, en lo que pudiera parecer una posición excesivamente barroca para los envaramientos y desasosiegos de nuestra cortesía (se dice que aquí, en un remoto atavismo, agarramos la mano hábil del de enfrente para evitar que con ella nos golpee o pueda sostener una espada que nos mate).

Sin embargo la ceremonia de los hombres etíopes dibuja lo que es un extraordinario momento de emoción ante un encuentro o una despedida. Son décimas de segundo en las que dos hombres unen sus cuerpos en  diagonales imposibles mientras observan el mundo tras la espalda del amigo, como protegiéndose mutuamente de inexplicables añoranzas o de peligros inadvertidos.

En Debark, a la vera de las montañas Simien, entre una barahúnda de paseantes que recorren el inmenso mercado callejero, vamos diciendo adiós de ese modo, mitad sorprendidos, mitad emocionados, a los que nos han acompañado durante los días anteriores en nuestro recorrido por las mayores alturas de Etiopía.Mariano Calvo-7

Llegada
Estamos en época de lluvias y las Simien, unas montañas de naturaleza volcánica, se adornan casi continuamente con velos de nubes que hacen del paisaje un misterio aún más acentuado que el que se esconde en nuestras fantasías. Entre los cambiantes lienzos de niebla, a lo lejos, mientras nos aproximamos se advierte de cuando en cuando el verde esmeralda en la falda de los montes.

Hemos dejado atrás el bullicio de la localidad de Debark, los pequeños pero abigarrados puestecillos donde se comercia con lo inimaginable. La carretera se empina serpenteando hacia la tormenta y la luz cambiante que va perfilando con bordes dorados los bosques que dejamos atrás.

Tras una curva pronunciada, en lo alto de una loma, aparece la entrada del parque natural. Desde una casita destartalada se aproxima a nuestro vehículo, con un inquietante fusil al hombro, el guardián de las puertas. Mientras pega la hebra animadamente con nuestros acompañantes etíopes y comprueba la naturaleza de nuestra visita, observo en las tierras adyacentes el afán de unos cuantos campesinos, acompañados de sus bueyes, labrando la tierra con arado romano.

Al rato, tras la bulliciosa despedida de un enjambre de niños curiosos que han ido apareciendo a nuestra vera como por ensalmo, atravesamos los límites que marcan el acceso a las montañas Simien. Todas las señales del cielo indican que no vamos a tardar mucho en empaparnos con el aguacero.Mariano Calvo-4

Geladas
Sin embargo llueve morosamente cuando nos detenemos unos minutos más tarde en una explanada de matorral bajo, al borde de una estrecha hoz que se pierde temerariamente en las profundidades. A lo lejos se escucha el fragor bronco de los truenos, como si un ejército se debatiera en alguna estancia desconocida del infierno.

Al principio, mientras caminamos, no los advertimos. Están reunidos en  pequeños grupos de diez o doce individuos, un macho y varias hembras, quizá por familias o por clanes. Se sientan en círculo, mirándose de frente y con las cabezas agachadas como protegiéndose del telúrico retumbar de la tormenta. Del interior de la empalizada que forman con sus cuerpos asoman de cuando en cuando las pequeñas cabezas de sus crías: son babuinos geladas, una especie casi circunscrita únicamente a estas montañas.

Mientras sigue lloviendo, el macho observa a veces al cielo completamente ajeno a estos visitantes inoportunos que no parecen arredrarse con el agua. Su mirada se me antoja por momentos inexplicablemente humana.

Tras hacer varias fotografías y procurando no turbarles en exceso nos alejamos de allí. Nos volveremos a encontrar con estos pacíficos habitantes de las montañas en más ocasiones durante nuestra estancia en las Simien.Mariano Calvo-2

Un refugio entre la niebla
Las horas pasan con lentitud. De vez en cuando nos asomamos a la puerta del refugio con la esperanza de que los cielos se abran y la niebla nos dé cuartel, pero pasamos la tarde en un estado de latencia entre pequeños paseos alrededor del vetusto edificio e intentos de conversación con un par de niños que merodean por la cabaña. A ratos leo el Quijote apócrifo de Avellaneda que me he traído. Me pregunto qué pensaría el hombre de La Mancha en una situación como ésta, varado en territorio extraño sin poder “desfacer” entuertos.

Después de varias horas parece que la espesa bruma nos da un respiro y salgo protegido del frío a caminar por el bosque cercano. Todo es silencio aquí, a tres mil metros de altura.

En un recodo del camino, a doscientos o trescientos metros salta de la espesura un lobo etíope que desaparece un tramo más allá. No me da tiempo ni a tener miedo. Solamente han sido cinco segundos de sorpresa que se trocan en satisfacción rápidamente, puesto que es un animal endémico en franco peligro de extinción y ni en mis mejores pensamientos se encontraba la posibilidad de contemplarlo.

Con la niebla cerrándose de nuevo me voy al catre (perfectamente dicho en este caso).

Toda la noche sueño con lobos.Mariano Calvo-6

Conversaciones y silencios
La mañana nace más o menos despejada. Algunos velos de nube, como fantasmas, se recrean en el aire. Salimos a caminar con nuestro guía y el contumaz “scout” que, con el fusil a la espalda, nos acompaña en todo momento. La pregunta que continuamente nos hacemos respecto a la necesidad de esta vigilancia quedará en el aire como la neblina.

Atravesamos extensiones de brezo y salvia y cruzamos arroyos y quebradas. Cuando comenzamos a subir entre paredes abruptas volvemos a ver a los geladas. Toman el escaso sol del día en las cornisas. Algunos, solitarios e inmóviles, asemejan pensadores o filósofos en mitad de una intrincada reflexión.

Cuando hacemos cumbre al cabo de un rato contemplamos uno de los paisajes más hermosos que jamás hemos visto. Estamos en un pequeño balcón natural frente a unas montañas que parecen diseñadas por un turbio escultor barroco. Frente a nosotros una cascada se desploma hasta un abismo de más de mil metros, y desde ella un quebrantahuesos abre sus alas interminables hacia nosotros volando curioso ante los nuevos habitantes de sus dominios.

El guía, un joven sonriente y animoso, nos explica algunas de las características del parque nacional. Habla orgulloso de los avances y las mejoras que se han ido desarrollando para el mantenimiento y la conservación de este paraíso natural. Sin embargo, acordándonos de los campesinos y los pastores que hemos visto, ante nuestra pregunta sobre cómo revierten en la población los ingresos turísticos del parque parece no comprender y se queda mudo.

Nunca un silencio ha sido tan elocuente.Mariano Calvo-3

Final
El final es el principio. Regresa la lluvia mientras nosotros volvemos a Debark camino de la ciudad imperial de Gondar.

Cuando nos despedimos, unimos nuestro hombro derecho con el hombro derecho del guía, unimos nuestro hombro derecho con el hombro derecho del “scout”, cuidando de no tropezar con el cañón de su escopeta, y abandonamos las Montañas Simien que, poco a poco, como una dama misteriosa, vuelven a esconderse tras sus encajes de niebla.

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Texto y fotografías de Mariano Calvo Haya

 

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