-Dama D7. Jaque.

Obedeciendo complicados algoritmos, la pieza se movió a su nueva posición. Bob examinó en silencio la jugada: estaba a un palmo del moribundo rey negro, dentro del alcance de la todavía peligrosa dama, que formaba junto con su consorte una diagonal casi perfecta con el peón y el alfil. La línea de ébano contrastaba con lo sólido de su propia posición, en la mitad superior izquierda, para proteger al rey.

La dama blanca era la única que se aventuraba fuera de sus dominios, acechando como un animal de presa a la familia real. Pero a Bob le convenía más ofrecerle un intercambio a su rival, y trasladar la partida a su terreno. La máquina ya lo había intentado antes, pero prefirió aprovecharse de su glotonería impulsiva para poseer cierta ventaja estratégica. Además, orgulloso como era, no le gustaba la idea de que el programa llevase la iniciativa.

-Vamos Mijaíl. ¿No irás a pedírmelo por favor, verdad? -Sonrió.

-No tengo por costumbre hacer eso en el ajedrez, señor. -La voz sonaba igual de fría e impersonal que siempre. Había intentado modificarla, pero el resultado fue tan inquietante, de una falsa humanidad tan evidente, que prefería con creces su habitual tono robótico.

-Te he dicho mil veces que no me llames «señor». No soy ni tu jefe, ni tu amo, ni tu superior.

-¿Y qué grado posee usted, para poder elegir un tratamiento adecuado?

-Compañero. Camarada. Incluso puedes llamarme Bob, si quieres.

-Prefiero seguir llamándole «señor», si no le importa.

-Haz lo que quieras -Discutir con una máquina era perder el tiempo. Especialmente cuando poseía un cerebro positrónico Karnak 14. Eran demasiado honestas, excesivamente mordaces sin pretenderlo, inteligentes y estúpidas al mismo tiempo.

Se realiza el intercambio: dama por D7, alfil por D7. En dos jugadas desaparecen la reina en el exilio, y su contraparte a la defensiva. Se iniciaba la retirada, y con ella la decadencia del Imperio Negro.

-¿Quién te enseñó a jugar al ajedrez, Mijaíl? -Era una pregunta estúpida, pero empezaba a aburrirse.

-Está en mi programación de base, así que supongo que nadie. Simplemente jugar al ajedrez, sin haber tenido que aprenderlo, señor.

-Y, ¿cómo juegas?

-No comprendo, señor. ¿Se refiere a algo distinto a las reglas estándar?

-No, me refiero a tu técnica. A cómo formas tus estrategias.

El silencio se asentó unos segundos. Si no fuera por el escepticismo propio de su personalidad, Bob casi pensó que Mijaíl estaba meditando su respuesta.

-Analizo todas las posibles combinaciones con todas las piezas, preveo modelos de hasta ochocientos movimientos con cada una de ellas, selecciono entre los diez más adecuados, y juego.

-Caray.

-Supongo que usted hará algo parecido.

-Pues la verdad es que no. Me centro en mis piezas, lo pienso un poco, y me imagino a lo sumo dos o tres movimientos. No todos poseemos un cerebro positrónico.

-Lástima.

Bob no pudo evitar arquear una ceja: ¿se está apiadando de mí? ¿Esa condenada máquina siente lástima porque yo no pienso a su misma velocidad? ¿Acaso Mijaíl incluía en su programación el ser un capullo condescendiente?

El rey negro se acercaba amenazador, pero al siguiente movimiento el alfil sale de allí, conservando su ventaja. Rey D6: el ordenador mueve a su soberano al centro del tablero, y parece haberse quedado sin ideas.

«A ver si esto te baja los humos, amigo», comentaba para sí Bob, mientras dejaba que su satisfacción se filtrase en su rostro, en forma de leve sonrisa.

-Señor.

-Dime, Mijaíl.

-¿Quién le enseñó a usted a jugar?

La pregunta le cogió por sorpresa. La máquina nunca había mostrado, hasta ese momento, interés alguno por su vida o su faceta personales. Incluso el cómo lo había planteado sonaba extraño, pues fue demasiado rápido y directo.

-Bueno… fue mi abuelo. Cuando iba a su casa en el campo, nos pasábamos las tardes con el ajedrez. Me enseñó la mayoría de jugadas que conozco.

-¿Había sido ajedrecista profesional? -Esto se hacía más raro por momentos. Si ya era poco común que Mijaíl indagase sobre su pasado, era directamente ridículo que preguntase tanto por un aspecto concreto del mismo.

-No, no. Le gustaba mucho, nada más. Había estudiado a muchos ajedrecistas famosos, como Carlsen, Kasparov, Fisher, Czentovic…

-Ah.

Volvió el silencio por unos instantes. Sólo se oía la turbina funcionando, la dinamo eléctrica en perpetuo movimiento, la radio estática, y la respiración de Bob.

-Señor.

-¿Qué pasa?

-Usted ha ganado. Todos mis modelos de previsión conducen a la misma conclusión: derrota por falta de piezas con las que maniobrar. Ofrezco mi rendición por adelantado.

Bob pudo comprobar que la máquina decía la verdad. Seguir sería simplemente una danza macabra penosa y aburrida, por pura desesperación. Habían empezado con la elegante apertura catalana, poniendo en juego a los peones y a los caballos, para terminar así, como una mangosta intentando dar caza a una escurridiza cobra.

-De acuerdo, Mijaíl. Jaque mate.

-Ha sido una buena partida, ¿verdad señor?

Aquello ya se estaba tornando en algo incómodo. La máquina le estaba consultando por una opinión. Hasta donde él sabía, el pensamiento de un cerebro positrónico no favorecía la generación espontánea de opiniones propias, ni las solicitaba. Claro, en situaciones complejas siempre eran bienvenidas, pero tenían que venir precedidas por una intervención humana directa. Lo normal, lo deseable, era que cerrasen la boca cuando no fuesen necesarias.

-¿Señor?

-¿Eh? Ah sí, disculpa; una excelente partida. -Todavía inmerso en sus pensamientos, Bob apenas reparó en algo nuevo e inquietante, la insistencia.

-¿Desde cuándo necesitas conocer mi opinión?

-Si quiero ganarle algún día, he de aprender de un ajedrecista de verdad, señor.

No pudo contener una sonora carcajada: ¡ahora le estaba adulando!

-Mijaíl, estoy empezando a pensar que quieres ser mi amigo.

Con ademán cansado, Bob se levantó de la silla, y se dirigió a la ventana de cristal blindado. El exterior seguía siendo una planicie yerma y desolada, con el cielo en perenne bruma. Su propia habitación no poseía un mejor aspecto: un catre de sábanas apolilladas, enclaustrada entre los generadores de proteínas y el purificador. La maquinaria que garantizaba su supervivencia ocupaba, paradójicamente, un espacio que habría convertido el búnker en un lugar mucho más habitable. En la pantalla agrietada -de un momento en el que la frustración venció-  seguía el campo de batalla, con la escabechina latente entre los cuadrados blancos y negros.

-Mijaíl, ¿cuánto tiempo permanece la radioactividad en el medio?

-Unos 300.000 años, calculo.

-¿Y eso cuánto es en partidas de ajedrez?

-Novecientos millones doscientas mil quinientas cuarenta y ocho, calculo.

Se volvió a sentar, soltando un sonoro suspiro.

-Anímese, señor. -Exclamó Mijaíl, sin ningún deje de sarcasmo o malicia en su sempiterna entonación mecánica- 300.000 años es mucho tiempo para jugar al ajedrez. Hasta puede que le gane, y todo.

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