¿Qué pasaría si en lugar de una amenaza, una epidemia fuera motivo de alivio? ¿Podría una epidemia salvar vidas? Algo así ocurrió entre 1940 y 1944 en Rozwadów, Polonia, actualmente parte de la ciudad de Stalowa Wola. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, el tifus era de las enfermedades más temidas por los alemanes; era una de las  principales enfermedades infecciosas  y provocaba grandes epidemias y miles de muertes. Además, el ejército alemán había tomado una estrategia que les dejaba en una peligrosa posición de desventaja: habían eliminado el tifus en toda Alemania, dejando a sus propias tropas sin anticuerpos con los que defenderse, y por tanto, vulnerables ante cualquier brote.  

En Alemania no había habido tifus epidémico desde hacía más de 25 años. Pero debido al gran deterioro de las condiciones de salubridad, comenzaron a aparecer brotes en el Gobierno General, que es como los alemanes denominaban a los territorios polacos ocupados. Los hospitales se vieron saturados, y la mayoría de los pacientes tenían que ser atendidos en casa. Cuando se reportaban muchos casos en una zona concreta, ésta se declaraba como “zona infectada”, y se aislaba. Esto tenía algunas ventajas, puesto que, ante el temor de propagación, los alemanes no frecuentaban esas zonas y la población quedaba relativamente a salvo [1].  

Letrero alertando del Tifus en el Campo de Concentración de Bergen-Belsen. 1945. 
Letrero alertando del Tifus en el Campo de Concentración de Bergen-Belsen. 1945.

En este contexto, a mediados de 1940, un año después de que comenzara la ocupación de Polonia, el doctor Eugeniusz Łazowski, que había servido con el ejército polaco como médico en un tren de la Cruz Roja al comienzo del conflicto, se desplazó a la entonces aldea de Rozwadów, al sureste de Polonia, para ejercer su profesión. Allí coincidió con otro médico y antiguo compañero de la facultad de Varsovia: Stanislaw Matulewicz. 

Antes de llegar a Rozwadów, Łazowski había sido prisionero dos veces: primero de los soviéticos y luego de los alemanes, escapando de ambos, la primera vez saltando de un tren en marcha cuya puerta se habían olvidado asegurar, y la segunda escalando un muro de ladrillo de unos tres metros de altura [2]. En Rozwadów no temía por su deportación porque los alemanes necesitaban médicos para atender y controlar los posibles casos de tifus “desde dentro” [3]. 

2- Lazowski y Murka
Łazowski y su esposa, Murką. Colección del Museo Regional de Stalowa Wola.

Para entonces, los médicos habían adquirido – como más tarde escribiría Łazowski una doble misión: prevenir y curar enfermedades por un lado, y proteger la vida de sus compatriotas y la suya propia por el otro. 

Estos dos médicos, Łazowski y Matulewicz, se encargaban de atender a la población de Rozwadów y los pueblos colindantes, que en total sumaban unas doce localidades. Un día, un hombre llegó a su consulta. Era un trabajador polaco que había sido deportado a Alemania, y había recibido un permiso de 14 días para ver a su familia. Si no regresaba a Alemania a tiempo, sería perseguido por la policía. Y si no lo encontraban, toda su familia sería deportada a un campo de concentración.  

3 - Matulewicz con su esposa
El doctor Matulewicz con su esposa. Fotografía: Alexandra Barbara Gerrard (hija del Dr. Łazowski).

Solamente un certificado de enfermedad grave o defunción podría justificar su ausencia. Producir este certificado de forma ilegal hubiera sido un riesgo demasiado elevado, tanto para aquel hombre como para los médicos. Pero estaba dispuesto incluso a cometer suicidio con tal de no regresar a la tortura a la que estaba sometido en Alemania.  

Matulewicz tenía una hipótesis: la bacteria Rickettsia prowazekii es el agente etiológico, o causante, del tifus. Pero la prueba que los alemanes utilizaban para diagnosticar la enfermedad, la reacción Weil-Felix, está basada en la reactividad cruzada, y no está ligada a los antígenosrickettsiales. En otras palabras, este método no determina exactamente la presencia, o no, de la enfermedad. En su lugar, el test se basa en la capacidad de la sangre del paciente infectado para aglutinar cepas de OX-19, un grupo antigénico de la bacteria Proteus. El aglutinógeno de la Rickettsia causante del tifus es idéntico al principal receptor específico del Proteus OX19 [4]. Matulewicz razonó entonces que, si inyectaran una suspensión de OX-19 inactivo a un paciente sano, éste daría positivo en tifus sin tenerlo realmente. En teoría, la inyección sería tan segura como una vacuna 

El hombre, desesperado, aceptó ser el primer participante en este experimento y accedió a recibir la inyección. Más tarde, su muestra de sangre fue enviada al laboratorio, por supuesto controlado por los alemanes, y al poco tiempo llegó un telegrama oficial: ¡Peligro,  tifus! Aíslen al paciente, imposible que pise suelo alemán [2]. Justo lo que esperaban. 

El telegrama fue presentado a las autoridades alemanas, y el improvisado participante fue liberado de todas sus obligaciones impuestas en Alemania. Además, tanto él como toda su familia fueron eximidos de cualquier detención futura, por miedo a que pudieran ser transmisores de la enfermedad.  

4- Acordeón
Dr. Stanislaw Matulewicz (izquierda) y Dr. Eugeniusz Łazowski (derecha) en 1942. Fotografía: Central Library of Medicine / East News.

En ese momento tuvieron claro que esta sería el arma con el que librarían la guerra. El Dr. Łazowski declaró años después: Yo no hubiera podido luchar con espadas ni pistolas, pero lo hice con inteligencia y coraje” [5]. 

Comenzaron a inyectar con Proteus OX19 a todo aquél que presentara algún síntoma compatible con el tifus (tos, fiebre, erupciones cutáneas, dolor), judíos y no judíos, sin distinción de sexo ni edad. Para darle aún más credibilidad, llamaban al tratamiento “terapia de estimulación proteica [1]. Todo se hacía en el más absoluto secreto, ocultándoselo incluso a los pacientes. Controlaban rigurosamente las inyecciones, tratando de simular el flujo normal de una epidemia auténtica es decir, creando mayor número de casos en invierno, disminuyendo en primavera, y volviendo a aumentar en otoño [5].  

Los casos fueron aumentando, cada vez más y más, hasta que se declaró toda el área como zona de epidemia, liberándola relativamente de la opresión nazi. Al cabo de un año el doctor Matulewicz se marc, y el Dr. Łazowski continuó su guerra inmunológica particular en solitario. A medida que los falsos casos aumentaban, también lo hacía el riesgo. Łazowski era plenamente consciente de ello, y cuenta que se pasó tres años con una pastilla de cianuro siempre a mano por si acaso lo descubrían [6].  

Pero, si los casos no hacían más que aumentar y nadie se moría, ¿no resultaba aquello un tanto sospechoso? Efectivamente, bastante.  

Los alemanes advirtieron esto, y enviaron a un equipo de reconocimiento formado por médicos y varios soldados armados. El plan parecía peligrar. Al enterarse de la inminente visita, en un intento desesperado, o quizás en un arranque de genialidad, Łazowski decidió recibir a la comitiva con todos los honores, y preparó una fiesta a las puertas de Rozwadów con música, comida, y bebida. Por otro lado, reunió previamente a sus pacientes más ancianos y que estaban más enfermos y debilitados, les inyectó Proteus OX-19, y les alojó en las habitaciones más insalubres y sucias que pudo encontrar [7]. 

Con el equipo de inspección reunido a la mesa, disfrutando de una comida caliente, vodka en abundancia, una atmósfera distendida, y probablemente no demasiado ansiosos por entrar a una zona presuntamente infectada, Łazowski consiguió justo lo que quería: enviaron a los doctores más jóvenes a realizar el reconocimiento. 

Łazowski les guió de buena gana, mientras les advertía que tuvieran cuidado, pues sus pacientes polacos estaban muy sucios, y les instaba encarecidamente a tener cuidado con los piojos, que transmitían el tifus. Los doctores, algo ebrios y seguramente bastante nerviosos, se limitaron a tomar apresuradamente unas muestras de sangre a los pacientes que Łazowski les mostró. Por supuesto, en su posterior análisis, dieron positivas en tifus y Łazowski salió airoso sin ninguna prueba que lo incriminara [8]. 

Aun así, los alemanes continuaron vigilándolo de cerca. Hacia el final de la guerra, un soldado alemán, que en su día había sido atendido por Łazowski, acudió a Rozwadów para avisar al médico de que estaba en la lista de la Gestapo, y de que iban a ir a buscarlo. Łazowski huyó con su mujer y su hija, y se alojó con familiares [6].  

5- Juntos 1
Dr Stanisław Matulewicz and Dr Eugeniusz Łazowski. Fotografía: Central Library of Medicine / East News.

Cuando la ocupación alemana terminó, se asentó en Varsovia, y más tarde, emigró a Chicago, Estados Unidos, donde trabajó como pediatra y profesor de la Universidad de Illinois. Cuando se enteró del paradero de Matulewicz, que ejercía de profesor en Kinshasa, en la Universidad Nacional de Zaire, actualmente República Democrática del Congo, mantuvieron correspondencia y retomaron el contacto. 

Portada del libro "Guerra Privada. Memorias de un doctor-soldado 1939-1944", autor: Eugeniusz Sławomir Łazowski. Imagen: Editorial: Cieślak i Szwajcer. 
Portada del libro “Guerra Privada. Memorias de un doctor-soldado 1939-1944”, de Eugeniusz Sławomir Łazowski. Imagen: Editorial: Cieślak i Szwajcer.

Su historia no fue contada hasta 1977, cuando Łazowski la relató en un artículo para el boletín de la Sociedad Americana de Microbiología. Posteriormente escribió un libro con sus memorias Priwatna wojna (Guerra privada), que fue traducido al inglés por su hija Alejandra.  

En la última frase de su artículo, Łazowski escribe: Nuestra guerra inmunológica privada nos reportó una gran satisfacción porque sabíamos que habíamos salvado la vida a personas que, de otro modo, hubieran sido asesinadas por el mero hecho de ser judíos o polacos [1]. Años después, ambos regresaron de visita a Roswadów, donde fueron recibidos como héroes.  

Łazowski murió el 16 de diciembre de 2006, con 92 años en Eugene, Oregón, donde había estado viviendo con su hija los tres últimos años. Se calcula que, con su falsa epidemia, Eugeniusz Łazowski y Stanislaw Matulewicz salvaron la vida de unos 8000 polacos. 

8 - Łazowski últimos años
Eugeniusz Łazowski. Fotografía: Alchetron.

Imagen de cabecera: Un doctor vacuna a un hombre contra el tifus en Varsovia, 1943. Fotografía: Narodowe Archiwum Cyfrowe.

NOTAS:

[1] Łazowski, E., Matulewicz, S. (1977). Serendipitous discovery of artificial positive Weil-Felix reaction. American Society for Microbiology News. Reimpreso en US Navy Medicine (1980), 71(4), 26-28. Disponible en: https://archive.org/details/NavyMedicine198004/page/n26/mode/1up 

[2] Doval, G. (2010). Fraudes, engaños y timos de la historia. Madrid, España: Nowtilus. Colección Historia Insólita. Madrid. ISBN. 9788499672038. 

[3] Reilly, L. (2017). The Polish doctors who used science to outwit the Nazis. Mental Floss, UK. Disponible en: https://www.mentalfloss.com/article/503507/polish-doctors-who-used-science-outwit-nazis 

[4] Anderson R.J. (2017). Typhus: war and deception in 1940’s Poland. The Pharmacologist, 59(1), 52-60. Disponible en: https://www.aspet.org/docs/default-source/education-files/2018_tpharm_special_compilation_issue.pdf?sfvrsn=65192d2_0 

[5] Soniak, M. (2015). How a fake typhus epidemic saved a polish city from the Nazis. Atlas Obscura. Disponible en: https://www.atlasobscura.com/articles/how-a-fake-typhus-epidemic-saved-a-polish-city-from-the-nazis 

[6] Doctors used typhus to save thousands in wartime. (2004). American Medical News. Disponible en: https://amednews.com/article/20040705/profession/307059953/6/ 

[7] Verstraete, L. (2014). An Epidemic of Fear. En Scholastic Canada Ltd. Life or death. Surviving the impossible. (pp.34-38). 

[8] Van Os, P. (2020). De vlektyfus van dokter Łazowski was hun redding (Doctor Łazowski‘s typhoid fever was their salvation). NRC Handelsblad. Disponible en: https://www.nrc.nl/nieuws/2020/05/04/de-vlektyfus-van-dokter-Łazowski-was-hun-redding-a3998640 

No hay comentarios

Dejar respuesta