ERAN CÁLIDAS, brillantes, las noches
de verano en la ciudad de mi infancia,
que el resto del año dormitaba
serenamente senil, indiferente,
mecida por un mar de gris hastío
y afectada complacencia.

Por el paseo, iluminado cual proscenio,
una turba plácida y atildada, morosa,
practicaba el necio juego de ver y ser vista
ante las terrazas donde pseudo-potentados,
sentados, mimaban su falso rango
tasando las miradas furtivas de la envidia.

Vestían las mujeres sus mejores galas
y sólo una minoría de los actores
conversaba animadamente, cual figurantes,
en una pluscuamprovinciana Vía Véneto
alejada de la Italia postfascista,
pero no de la España excombatiente
y relajadamente estraperlista.

El país no iba bien, pero sí mejor que antes,
al menos para los afectos al dinero
y al régimen político imperante,
que sentados se exhibían cual pavos reales.

Se lo habían ganado, supongo que pensaban
al contemplar la parada de los desiguales,
revestidos con sus mejores galas
y sin dinero para sentarse en las terrazas.

 

Poema de José Ramón San Juan.
Ilustración de Pablo Burgueño. 

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