Existe una brecha que separa el Atlántico del declive.
No la conocen, pero existe,
como también existen vientos de más de 200 kilómetros por hora. El mar y la tierra están cambiando.
Ahora los molinos no aguantan estas ráfagas y se doblan.
Cuando me jubile, este faro quedará deshabitado.
Entonces no sé qué haré y me jubilo en quince días.

Tal vez baje hacia el sur, hacia Vigo o Portugal. Soy uno de los últimos fareros que quedan. Dime si eso no es poético.

Por las noches cuando hay tormentas,
el viento se cuela por dentro de esas rendijas. ¿Las ves?

Empieza a ulular y parecen gigantes gritando. Paso demasiado tiempo solo.
A veces me hacen visitas.
La última fue una pareja.

Se sonreían y contemplaban mi casa con admiración.
Me dijeron que habían atropellado a un ciervo.
Abrieron el maletero del Golf y sobre una lona de plástico vi sus ojos blancos. Debía de ser joven.
Los ciervos se entregan con facilidad.
No es una bestia.
Conocen su destino y conocen de lo que nos alimentamos.
En realidad, siento lástima.
Creo que quieren construir un hotel.
¿Quién va a querer dormir aquí?
Esto no es turístico.
Está alejado de todo.

Poca gente puede soportarlo.

Ahora, vía satélite,
controlamos a los barcos que se acercan
porque aún siguen siendo peligrosas esas rocas.
Dos mil años de peligro.
Dos mil años de náufragos
evitados por esta luz
que proyecta una vía diáfana en el terror de la noche.

Poema de Alejandro Rebollo Roldán.
Fotografía de Javier Arias.

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