Anna Frank es mundialmente conocida por narrar sus duras vivencias durante dos años a lo largo de tres cuadernos, pero hubo más almas pequeñas reprimidas por el Holocausto nazi que hicieron lo mismo. Estos niños y niñas judíos optaron por hacerse amigos inseparables de sus diarios en los que desahogaban sus angustias y narraban el horror a través de sus ojos infantiles. Todo esto en un mundo donde no existían redes sociales donde poder gritar a la Humanidad las injusticas que les tocó vivir. Y, aun así, aunque desgraciadamente se les arrebató la inocencia y la vida, sus diarios llegaron hasta nuestros días. Estos son los casos de Moshe Flinker (Holanda), Yitskhok Rudashevski (Lituania), Petr Ginz (República Checa), Peter Feigl (Francia) y Rutka Laskier (Polonia), por nombrar sólo alguno de ellos.

En Hungría, una niña de 13 años, Eva Heyman, también escribió su diario. Descubrí su historia por casualidad, mientras visitaba el Museo del Holocausto en Budapest. En este museo se recogen muchas historias rotas, pero la suya fue con la que me quedé, tal vez por la similitud con la historia de la icónica Anna Frank.

heyman eva

Las vivencias de Eva en su diario no son tan extensas como las de Anna y sólo abarcan desde mediados de febrero hasta el 30 de mayo de 1944, período en el que se produce la invasión alemana de Hungría, pero nos deja un testimonio muy fiel de las cosas que fueron ocurriendo y cómo iban afectando a la vida cotidiana de los que vivían en el gueto.

Eva nació en Nagyvárad (Oradea), una ciudad en la frontera entre Hungría y Rumanía, con un quinto de población judía. Sus padres, Béla y Agi, se divorciaron, por lo que se fue a vivir con sus abuelos maternos. No veía muchos a sus padres tras el divorcio porque su padre vivía al otro lado de la ciudad y su madre se trasladó a Budapest al casarse de nuevo con Béla Zsolt, un conocido escritor húngaro.

Sus abuelos eran los dueños de una farmacia, lo que la permitía tener una vida de clase media acomodada hasta que el 19 de marzo de 1944 el ejército nazi llegó a Budapest. Sólo seis semanas después llegaron a Nagyvárad y todos los judíos fueron enviados al gueto.

Hasta ese momento, Eva narraba lo que viene a ser una infancia normal y sin preocupaciones, tal y como queda plasmado en las primeras páginas, cuando habla de su cumpleaños.

13 de febrero de 1944

“Hoy cumplo trece años; nací un viernes 13. […] De abuelito [recibí] unos discos para fonógrafo de los que me gustan. Los compró para que yo aprendiera las letras de las canciones en francés, lo que hará feliz a Ági [madre], porque ella solo está contenta con mis calificaciones en la escuela cuando saco una buena nota en francés […] Hago mucho atletismo, natación, patinaje, ando en bicicleta y hago ejercicio. […] He escrito bastante por hoy y tal vez estés cansado, querido diario.”

Incluso, ajena de lo que se les venía encima, hablaba de sus planes de futuro y de lo que quería llegar a ser:

“Cuando crezca voy a ganarme la vida como reportera gráfica y haré lo que se me antoje. Mamá dice que todo está muy bien pero que lo mismo tendré que obedecer a mi marido. No creo que un caballero inglés, ario, vaya a pelear conmigo porque los ingleses no son tan nerviosos y son muy aristocráticos. Debo dejar de escribir, querido diario. Debo aprender de memoria tres verbos en francés, cuyas declinaciones son irregulares y todavía quiero leer: Los Hijos del Capitán Grant de Julio Verne. Buenas noches a todos.”

Sin embargo, ese 19 de marzo de 1944 que los nazis llegan a Budapest, se da inmediatamente de bruces con la realidad, percatándose de que ese hecho repercutirá irremediablemente en su vida:

19 de marzo de 1944

“Querido diario: Eres el más afortunado del mundo, porque no puedes sentir. No puedes saber qué cosa tan terrible nos ha sucedido. ¡Han llegado los alemanes!”

A pesar del miedo que siente, Eva demuestra una gran valentía cuando unos oficiales nazis le arrebatan la bicicleta para la que había ahorrado, alegando que los judíos no podían tener bicicletas:

7 de abril de 1944

“Hoy vinieron por mi bicicleta. Casi ocasioné un gran drama. Ya sabes, querido diario, tuve mucho miedo por el solo hecho de que los policías entraran en la casa. Sé que, dondequiera que vayan, solo traen problemas. […] Así que, querido diario, me tiré al suelo, me aferré a la rueda trasera de la bicicleta y les grité toda clase de cosas: ‘¡Debería darles vergüenza quitarle la bicicleta a una 6 niña! ¡Eso es robar!’ […] Uno de los policías estaba muy enojado y dijo: ‘Lo único que falta es que una niña judía haga semejante escándalo cuando le sacan la bicicleta. A los chicos judíos ya no se les permite tener bicicleta. Los judíos tampoco tienen derecho al pan y no deberían engullirse todo sino dejar la comida para los soldados.”

El temor en el gueto era constante por los constantes maltratos y las deportaciones a los campos de concentración, de los que nadie volvía. Eva cuenta a su amigo el miedo que le causa ir al gueto y como les obligan a llevar la famosa estrella de David amarilla en la ropa:

31 de marzo de 1944

“Hoy dieron la orden de que, de ahora en adelante, todos los judíos deben llevar un parche amarillo con forma de estrella. La orden dice el tamaño exacto que debe tener, y que hay que coserla sobre todas las prendas exteriores, chaqueta o abrigos.”

 

1 de mayo de 1944

“Durante la mañana, Mariska [la mucama de la familia] irrumpió en la casa y dijo: ‘¿Han leído los avisos?’ No los habíamos visto, ya que no se nos permite salir, ¡salvo entre las nueve y las diez! […] porque nos trasladan al gueto. Mariska comenzó a empacar. […] Según el anuncio, se nos permite llevar una muda de ropa interior y las prendas y los zapatos que tengamos puestos. […] Querido diario: de ahora en adelante voy a hacer como si todo esto fuera solo un sueño. […] Sé que no lo es, pero no puedo creer lo que ocurre. […] Nadie dice una palabra. Querido diario: Nunca he tenido tanto miedo”

Con el traslado al gueto, Eva narra con angustia las duras normas y desproporcionados castigos que se aplicaban a todas las personas allí recluidas, incluidos los niños:

10 de mayo de 1944

“Querido diario: Hace cinco días que estamos aquí, pero, palabra de honor, parecen cinco años. Ni siquiera sé por dónde empezar, porque han pasado muchas cosas horribles desde la última vez que te escribí. […] Han terminado el cerco y nadie puede entrar ni salir del gueto. Los arios que vivían en este sector de la ciudad se fueron durante los últimos días para dejar libre el lugar para los judíos. De ahora en adelante, querido diario, no estamos en un gueto sino en un campo que es a la vez un gueto, y en cada casa han pegado un aviso que dice con precisión lo que no se nos permite hacer. […] En realidad, todo está prohibido, pero lo más aterrador es que el castigo para cualquier cosa es la muerte. No hay ninguna diferencia entre las acciones vedadas: da igual detenerse en las esquinas, zurrar a un niño, robar comida o escribir cien veces la declinación de los verbos irregulares, como era habitual en la escuela. El castigo, tanto el más liviano como el más severo, es la muerte. La verdad es que no aclara si se nos aplica también a los niños, pero creo que sí.”

En su diario, Eva suele recordar a una amiga suya, Marta, una niña polaca asesinada bastante tiempo antes y ella teme constantemente que le pase lo mismo. Este miedo queda latente hasta la última entrada de su diario, momento en el que es deportada a Auschwitz-Birkenau junto a sus abuelos:

30 de mayo de 1940

“Querido diario: No quiero morir, quiero vivir aunque yo sea la única persona que quede aquí. Esperaría el fin de la guerra en algún sótano, o en el tejado o en algún otro escondite. […] con tal que no me mataran, que me dejasen vivir.  […] No puedo escribir más, querido diario, me saltan las lágrimas. Corro a ver a Mariska…”

La madre de Eva fue enviada al campo de concentración de Bergen-Belsen, donde fue rescatada por las tropas Aliadas en 1945. Tan pronto como pudo, se puso a buscar información sobre el paradero de sus padres y su hija hasta que da con Mariska, la cocinera de la familia que había escondido el diario de Eva. También se entera por testigos directos de la muerte de sus padres y de su hija. Según estos testigos, Eva murió un 17 de octubre de 1944. Una doctora la había ocultado mientras el conocido y sádico doctor Mengele se encontraba seleccionando a las víctimas que iban a ser ejecutadas en la cámara de gas, pero fue descubierta y el propio Mengele la empujó al camión que la llevaría a morir gaseada.

Tras asimilar la muerte de Eva, su madre Agi acabó suicidándose en 1948. Ese mismo año, Bela Zsolt publica el Diario de Eva en Budapest y, más tarde, en 1964, se publica otra versión en Jerusalén.

A menudo se ha comparado El diario de Eva Heyman con el de Anna, aunque se dice mucho que El diario de Anna Frank es en realidad un fraude hecho por su propio padre para hacer negocio. Desconozco si es un fraude o no, pero pienso que eso es de lo menos. Al fin y al cabo, estos diarios cuentan la realidad de muchos otros niños cruelmente asesinados que si hubieran escrito un diario y hubiera sido conservado hasta la actualidad, la historia no habría variado mucho. Después de todo, de los seis millones de judíos asesinados, un millón y medio fueron niños. Todo esto no se puede olvidar. Lamentablemente, parece que aún no se ha aprendido nada y, hoy en día, los niños siguen siendo las víctimas más perjudicadas de muchas guerras. Más bien al contrario, en muchos países se deja a la infancia desamparada o se les niega la entrada a Europa a familias enteras que solo buscan un lugar más seguro.

Artículo de Lydia Alegría, Licenciada en Historia y miembro del Consejo Ciudadano de Podemos Cantabria.

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