En junio del año 2000 el presidente ruso Vladimir Putin visitó España. En medio de la segunda guerra de Chechenia, con decenas de miles de civiles muertos y Rusia violando sistemáticamente los Derechos Humanos, José María Aznar se convertía en uno de los primeros líderes mundiales en apoyar sin fisuras a Rusia y declaraba que «el terror es terror en Chechenia o en Euskadi». No tardarían en seguirle otros prohombres del capitalismo global, especialmente desde que los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 colocaran la resecuritización del primer mundo en el centro de la agenda política.

El cambio radical de las posiciones de la comunidad internacional con respecto a lo que venía pasando en Chechenia ejemplifica bien el nuevo paradigma post-11S. No solo establece con especial contundencia que el único factor auténticamente diferencial del terrorismo viene dado por su carácter de violencia no estatal, sino que hace tabla rasa de todas las formas de terrorismo, equiparándolas entre sí. No me resisto a recordar lo paradójico que resulta que dos de los líderes que abrazaron con mayor entusiasmo este discurso, Ariel Sharón y Benjamin Netanyahu, olvidasen que el calificativo terrorista les fue aplicado también, en su momento, a la Haganá, el Irgún o el Leji. Y tampoco a dejar constancia de cómo para hablar del terrorismo llevado a cabo por los estados gustamos de recurrir a otros términos, como el de “escándalo” (el escándalo de los GAL, el escándalo Irán-Contra, el escándalo de los falsos positivos, etc.). Pero el de la violencia estatal y paraestatal, sus formas y los discursos que las amparan es un debate amplio que habrá que dejar para otro día.

En las homilías oficiales, cualquier organización considerada terrorista resulta equiparable a otra, y tampoco se hacen distinciones en cuanto a la consideración de una misma organización en diferentes momentos de su historia. Para que nos entendamos, parece ser lo mismo dirigir la violencia contra las fuerzas armadas de una nación en un contexto de guerra asimétrica, que hacerlo contra la población civil. Y resulta ser también lo mismo el terrorismo en el marco de un sistema de garantías democráticas que permite la canalización política de la disensión, que dentro de un régimen dictatorial que reprime todo lo que se salga de la doctrina oficial.

En España, la equiparación de todo el terrorismo ha calado en un sector importante de la población y forma parte del discurso habitual de la derecha.  Pero esta argumentación, que excede la simplificación para instalarse en la mentira idiotizante, parece estar alcanzando cotas superiores de inanidad. Así, si hace un año escuchábamos a Esteban González Pons afirmar que «el terrorismo es todo igual», un par de meses atrás Pablo Casado se encargaba de recordar a los alcaldes del cambio –a los alcaldes del fracaso, según sus palabras-, que «el terrorismo no conoce ninguna causalidad, ninguna razón». Casado formulaba el argumento en su versión más ramplona y añadía: «que los que van de modernos busquen una causalidad política al terrorismo es de una maldad que no puedo entender».

Aun obviando el paroxismo estúpido de las declaraciones de Casado, la reflexión sobre los peligros que entraña esta clase de discurso es pertinente. En «Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?», Carl Amery denunciaba la tendencia a analizar el hitlerismo como una catástrofe natural en lugar de hacerlo como un fenómeno histórico. El nazismo se presenta así como algo inesperado, inevitable, «un meteorito que cae en medio de Europa» cuyo análisis no puede por tanto decirnos «nada concreto sobre nosotros ni sobre nuestra evolución». Al negar que el proyecto de Hitler tenía en efecto una lógica, apuntaba Amery, no solo se dificulta a la sociedad alemana la superación emocional de lo que representó el nazismo, sino que se bloquea la prevención de fenómenos similares. Como una especie de enfermedad autoinmune, al negarnos a buscar explicaciones profundas y libres de prejuicios para aquellos fenómenos que consideramos extremos, garantizamos el mantenimiento de la amenaza.

La formulación de mantras dogmáticos y simplificadores para explicar problemas complejos forma parte del patrimonio ideológico de un sector de la derecha de nuestro país –también de parte de la izquierda, a qué negarlo-, que tradicionalmente ha pretendido asimismo extender una suerte de sanción moral sobre sus sofismas. Cuando se habla de terrorismo, el estado del debate público en España es tal que cualquier intento de explicar qué opera detrás de este fenómeno, o de diferenciar entre el origen y los propósitos de distintos grupos terroristas, es proscrito de inmediato. Reducido lo moralmente aceptable al «todos son iguales» y al «no existe explicación», inauguramos una suerte de apología de la ignorancia, una ética de la estupidez. El terrorismo aparece como una plaga medieval que azota inexplicablemente a los piadosos e inocentes campesinos.

Sin embargo, por mucho que algunos se empeñen en hacernos creer lo contrario, los terroristas no son animales irracionales que actúan sin causa alguna, y tampoco parece muy acertada la pretensión de explicar el terrorismo recurriendo a lugares comunes y simplismos: nadie se vuela por los aires en medio de una plaza atestada de gente por la promesa de cuatrocientas vírgenes en la otra vida.  No conozco ningún problema que se haya solucionado partiendo de la negación ex cathedra de la existencia de factores que permitan explicarlo. Por no mencionar que tachar de inmoral la búsqueda de explicaciones e imponer un único argumento aceptable es algo propio de regímenes totalitarios. En realidad, lo único que puede ayudarnos es la complejización sistemática del fenómeno terrorista y la mirada valiente al Otro: a sus pretensiones, a la imagen que tiene de su realidad, de sí mismo y de los demás.  Tal y como ha señalado el filósofo francés Tzvetan Todórov, la identificación como «terroristas» de todos los grupos y personas que ejercen la violencia al margen de los aparatos represivos de los estados opera borrando todo indicio sobre las causas de la lucha, dinamitando así cualquier posibilidad de comprensión sobre la que construir futuras soluciones.

Hoy las líneas de lo políticamente correcto parecen haberse fijado en las afirmaciones de que todo el terrorismo es igual, de que todas las víctimas del terrorismo son iguales, de que el terrorismo no tiene ninguna explicación y de que la única solución posible es plantear una «guerra al terrorismo». Olvidamos que las victorias militares nunca han sido garantía de solución para ningún problema -en estos momentos, inmersos en el centenario de la Primera Guerra Mundial, quizá no sea baladí recordar lo que trajo consigo el Tratado de Versalles-, y pasamos además por alto hasta qué punto el reconocimiento de la guerra como única solución posible es también el del fracaso de la civilización. En cualquier caso, no pretendo llevar este artículo tan lejos.  En un país que se dedica a linchar a quien se atreve a enunciar una obviedad como que existen causas políticas detrás del terrorismo –algo asumido, por lo demás, por cualquier estudio académico sobre el tema- , me conformo con dejar constancia de una sencilla consideración semántica: entender no significa justificar.

Un artículo de Rodrigo González Martín, historiador.

2 Comentarios

  1. Excelente. Muy bien escrito y muy contundente. Reacciones airadas seguro… This is Spain y eso…

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