El 3 de julio de 1945, diez científicos alemanes que habían trabajado al servicio del Tercer Reich fueron recluidos en una mansión localizada en Godmanchester, un pueblo cercano a la ciudad de Cambridge, Inglaterra. Farm Hall era una casa georgiana de ladrillo rojo que contaba con un amplio jardín rodeado por muros. El Foreign Office británico, entonces propietario de la finca, instaló una serie de micrófonos ocultos en el inmueble antes de la llegada de los científicos, sospechosos de haber estado involucrados en el programa nuclear alemán para la fabricación de una bomba atómica nazi, el Proyecto Uranio (Uranprojekt). Sus nombres eran Werner Heisenberg, Erich Bagge, Walter Gerlach, Otto Hahn, Paul Harteck, Horst Korsching, Max von Laue, Carl Friedrich von Weizsäcker y Karl Witz.

Este programa de escuchas recibió el nombre de Operación Épsilon. Sus transcripciones serían remitidas en primer lugar a Londres para, a continuación, hacérselas llegar al general Groves, responsable del programa nuclear estadounidense, más conocido como Proyecto Manhattan; Groves quería conocer de primera mano los progresos efectuados por los alemanes en su proyecto y su actitud hacia los soviéticos, con quienes temía que pudieran colaborar en el futuro. Las grabaciones no serían desclasificadas hasta cincuenta años después.

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Farm Fall | Godmanchester, Cambridgeshire, Reino Unido

Los nuevos inquilinos de Farm Hall permanecieron encerrados durante seis largos meses en los que no tuvieron contacto alguno con sus seres queridos. En su día a día, los científicos consagraban buena parte de su tiempo al estudio y dedicaban las horas muertas al ejercicio físico, la lectura o los juegos de cartas; Werner Heisenberg, quien había encabezado el proyecto nuclear germano, tocaba el piano con frecuencia. Contaban, además, con su propio servicio doméstico, cuyas labores eran desempeñadas por prisioneros de guerra alemanes. Cuando el físico Kurt Diebner sugirió la idea de que sus conversaciones pudieran estar siendo escuchadas mediante el uso de micrófonos, Heisenberg, convencido del atraso de los servicios secretos Aliados con respecto a la Gestapo, descartó de inmediato tal posibilidad.

El 6 de agosto de 1945, un funcionario británico informó a Otto Hahn del lanzamiento de una bomba atómica aliada sobre Japón. Hahn, a quien le fue confiado el número de víctimas ocasionadas por el artefacto, su potencia y la magnitud del programa que lo había hecho posible, experimentó una profunda conmoción al conocer la noticia. El físico, uno de los descubridores de la fisión, se culpó de la creación del arma, hecho que lo empujó a considerar el suicidio, hallando refugio en el alcohol. Hahn aguardó hasta la hora de la cena para compartir la noticia con sus colegas. Superado el escepticismo inicial, el grupo debatió ampliamente acerca de cuestiones relativas a la responsabilidad científica y las razones por las que su proyecto había conocido el fracaso. Tras escuchar las noticias de la BBC, que ofrecieron nuevos detalles sobre lo acaecido en Japón, todos ellos coincidieron en señalar el imposible que habría representado llevar a buen puerto un proyecto de tal envergadura con los escasos medios de los que habían dispuesto en Alemania.

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Werner Heisenberg, Premio Nobel de Física 1932

Fue entonces cuando estos científicos idearon la que sería la versión oficial sobre su participación en el programa nuclear alemán, consistente en negar toda culpabilidad y afirmar que habían tomado la decisión de no construir la bomba movidos por su sentido de la ética, no por falta de recursos. Weizsäcker, su principal promotor, habló de cómo los alemanes serían recordados por encontrarle un uso pacífico al motor de uranio, mientras que los Aliados serían condenados por haber desarrollado la bomba atómica en un régimen de libertad. Días después, los científicos elaboraron un texto conjunto en el que describieron las vicisitudes atravesadas por el proyecto nuclear alemán, poniendo un particular énfasis en remarcar que el descubrimiento de la fisión había sido el resultado de una investigación científica que de ningún modo podía prever sus aplicaciones prácticas posteriores. Redactado por Heisenberg y Gerlach, el equipo al completo lo firmó. Este primer intento de autoexculparse -que tuvieron oportunidad de consensuar gracias a que se encontraban reunidos en un mismo espacio-, sirvió de base para los testimonios que ofrecerían en los años de la posguerra. Su memoria no estuvo exenta de oportunas omisiones, como su petición de fondos para financiar la investigación del uranio con el propósito deliberado de crear armas de destrucción masiva.

El 14 de agosto, Heisenberg impartió una conferencia ante sus compañeros en torno a la fabricación de la bomba atómica, quedando patente que carecía de los conocimientos necesarios para su creación. Tanto para él como para sus colegas, la prioridad de cara a su futuro profesional no fue otra que preservar su nombre limpio tras años al servicio de Hitler. A la hora de evaluar las ventajas e inconvenientes de trabajar para los anglosajones o para los soviéticos, los científicos no hicieron otra cosa que valorar quiénes podrían garantizarles una mejor posición. Sabedores de que los Aliados impedirían por todos los medios que colaboraran con los rusos, los alemanes no tuvieron alternativa. Esta circunstancia sería decisiva en la carrera científica que enfrentaría a los Estados Unidos y la Unión Soviética durante los años de la Guerra Fría, pues favorecería claramente la causa del bloque capitalista, que puso un gran empeño en reclutar a tantos científicos del Tercer Reich como fuera posible sin importar su filiación previa.

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