El legendario fue un género hagiográfico de muy amplia difusión entre los siglos XIV y XVIII consistente en el compendio de múltiples vidas de santos en el marco de una sola obra. Su referente primordial fue la Legenda aurea, escrita en latín por el fraile dominico Jacopo da Varazze (1230-1298) a mediados del siglo XIII. El libro -uno de los más influyentes toda de la Edad Media- constaba de un total de ciento ochenta y dos capítulos ya en su primera redacción, pero su éxito fue tan abrumador que no tardó en incorporar añadidos de muy diversa autoría.

En Castilla, el género fue conocido por el nombre de flos sanctorum, que en sus primeras manifestaciones no constituyó sino una versión autóctona de la Legenda aurea -de donde procedían la mayor parte de sus materiales- en lengua romance. De acuerdo con Thompson y Walsh, esta traducción al castellano habría dado origen a dos compilaciones independientes, bautizadas como Compilación A -o Gran Flos Sanctorum– y Compilación B, cuyos testimonios circularon en forma de manuscritos a lo largo de los siglos XIV y XV. A partir de este momento, la evolución de los flores sanctorum castellanos se caracterizó por una dinámica de continuidad y ruptura con respecto a la fuente primigenia.

Legenda aurea (siglo XV) | Bibliothèque nationale de France
Legenda aurea (siglo XV) | Bibliothèque nationale de France

Como ya observara José Aragüés Aldaz, la Compilación A registra la existencia de al menos tres estadios de composición: el primero combina materiales propios de la Legenda aurea de Varazze con otros provenientes de la Vita Christi de Francesc Eiximenis y varias hagiografías de santos locales, un heterogéneo repertorio carente de estructura definida; el segundo presenta un reajuste del contenido con el objeto de adaptarlo al desarrollo del año litúrgico; por último, el tercero adopta una división en dos grandes apartados que se corresponden con las festividades litúrgico-cristológicas de un lado y las vidas de santos del otro.

Esta Compilación A fue la base sobre la que se configuró el Flos Sanctorum renacentista -salido por vez primera de la imprenta en 1516-, que brindó un nuevo pretexto para la innovación. Aunque la obra asumió para sí la estructuración en dos partes fijada por la Compilación A, los materiales cristológicos procedentes de Eiximenis fueron sustituidos por los de la moderna Vita Christi Cartujano de Ludolf von Sachsen, traducida al castellano por fray Ambrosio Montesino. Esta vita en particular se encuentra repleta de excursos teológicos y litúrgicos cuya comprensión sólo estaría al alcance de aquellos lectores con una sólida formación en la materia.

El Flos Sanctorum renacentista estuvo sujeto a constantes revisiones desde su lanzamiento en 1516 hasta su postrera edición en 1580, las cuales corrieron a cargo del jerónimo Pedro de la Vega (1521, 1541), el franciscano Martín de Lilio (1558), el doctor Gonzalo Millán y Mora (1569), los dominicos Juan Sánchez y Pedro de Leguizamo (1578) y el doctor Francisco Pacheco (1580). Esta nómina de autores, responsables de efectuar las sucesivas enmiendas y correcciones, puso fin a una larga tradición de anonimato y reconoció la inestimable contribución de un primitivo compilador llamado Gonzalo de Ocaña.

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Flos Sanctorum (1540) | Biblioteca Nacional de España

La Compilación B prescinde de buena parte de las informaciones vertidas en la Legenda aurea, un conjunto de omisiones que arrastra su legado, representado por el Flos sanctorum con sus ethimologías -del que se conserva un único ejemplar- y la Leyenda de los santos, que gozó de una importante proyección, tal y como confirman sus numerosas reediciones hasta 1579. Su primera edición impresa data de 1490 y su planteamiento es bastante modesto en comparación con el del Flos Sanctorum renacentista. Se trata de un texto más asequible desde el punto de vista intelectual,  destinado a una audiencia antes movida por la fe que por la erudición y con una cierta predilección por la hagiografía de tipo popular o legendario.

Con la llegada de la imprenta, los flores sanctorum abandonaron el exclusivo ámbito de los núcleos eclesiásticos y las bibliotecas nobiliarias para transformarse en artículos de prestigio puestos a disposición de nuevos actores sociales, como la emergente burguesía. No obstante, el abordaje en lengua vernácula de cuestiones relativas a la ortodoxia despertó las suspicacias de las autoridades civiles y religiosas del momento, amenazadas por el espectro de la Reforma. Las frecuentes desviaciones recogidas en su discurso -que comprendía el recurso a fuentes apócrifas, la inserción de citas bíblicas y el relato de episodios de escasa o nula fidelidad histórica- y el riesgo inherente a su libre interpretación por parte de lectores y oyentes propició la censura y condena de determinadas ediciones, como la incluida en el Índice de libros prohibidos de 1559.

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Retrato de Alonso de Villegas (1588) | Biblioteca Nacional de España

El Concilio de Trento (1545-1563) apuntaló el espacio reservado a los santos en el culto católico que, conforme al Decretum de invocatione, veneratione, reliquiis Sanctorum, et sacris imaginibus (1563), fueron reivindicados como modelo de conducta y venerados por su poder de intercesión. Este acontecimiento tuvo consecuencias decisivas sobre el panorama editorial, que asistió a una nueva metamorfosis de sus legendarios. La irrupción del Flos Sanctorum nuevo de Alonso de Villegas en 1578 trajo consigo la inmediata desaparición de la Leyenda de los santos y del Flos Sanctorum renacentista, una aportación que tuvo su complemento en el Flos Sanctorum del jesuita Pedro de Ribadeneyra, publicado a partir del año 1599.

Estos autores rechazaron el influjo ejercido por la Legenda aurea de Varazze -objeto de innumerables críticas- en beneficio de la entonces reciente Vitae Sanctorum (1575), de Luis Lipomano, obispo de Verona, y Lorenzo Surio, monje cartujo. La actualización del legendario estuvo regida por lo acordado en Trento, como atestigua su casi absoluta subordinación al elenco de santos oficial propugnado desde el Breviario Romano. Su propósito fue la depuración del santoral y el discernimiento de una verdad sustentada en fuentes autorizadas -canónicas- que estuvieran en consonancia con la nueva sensibilidad religiosa promovida por las más altas instancias de la Iglesia católica.

El triunfo de estos flores sanctorum se prolongaría ya sin sobresaltos hasta las postrimerías del siglo XVIII, que acogieron el ocaso del legendario como género hagiográfico.

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