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«¿Cuántos “sacrificios” absurdos no hacemos todos al inmolar a la nada y al sueño tantas intenciones, tantos pensamientos, tanta generosidad? No estoy pensando en los “grandes asuntos”, como nuestra vida, en la que casi nunca hacemos nada perfecto, o nuestra “juventud”, que en vez de quemarla hasta la incandescencia final consumimos a fuego lento, sacrificando a la inanidad las más patéticas horas de amor, de desespero, de contemplación o de melancolía.

Pienso en algo más modesto: ciertas ideas que no desarrollamos, ciertos poemas que no escribimos. Hay días en que, por decirlo de algún modo, siento abrirse el cielo; tan claras se me aparecen las razones de ser del mundo y del hombre. Y, no obstante, esos días no se consumen de modo diferente a todos los demás. No conservo nada, no defino nada ni para mí ni para otro. Tengo entonces sensación de plenitud y la certeza de no dudar jamás de lo que acabo de conquistar y comprender. Pero eso pasa, se consume. Subsisten muy pocos “pensamientos” y muy vagos. ¡Cuántas horas felices he sacrificado a la inanidad! En lugar de definir, de precisar, de determinar las sutilezas, los detalles, me contento con algunas palabras anotadas con prisas en la página de un cuaderno, palabras que en ese instante de plenitud me parecen suficientes para “conservar” mi pensamiento, pero que, en realidad, jamás llegarán ni siquiera a recordármelo.»

«El vuelo mágico» (Siruela, 2017), Mircea Eliade

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