«El repulsivo engendro enmudeció y me miró fijamente esperando una respuesta. Pero yo me hallaba desorientado, perplejo, incapaz de ordenar mis pensamientos y comprender la trascendencia de aquello que me pedía. Continuó:

         -Es necesario que me proporcionéis una compañera con la que compartir mi vida, con la que llevar a cabo un intercambio de simpatías y afecto sin el que no puedo vivir.

[…] No pude contener mi furor.

     -Me niego -le dije- y ningún tormento conseguirá que lo haga. Eres libre de convertirme, si lo deseas, en el más desdichado de los hombres, pero jamás conseguirás que me rebaje hasta este extremo a mis propios ojos. ¡Dios del cielo! ¿Crear un nuevo ser como tú y permitir que ambos, con vuestra inaudita maldad, sembréis la desolación en toda la tierra? ¡Vete! Ya conoces mi respuesta. Tortúrame si quieres, pero jamás lograrás nada de mí.

      -Estáis equivocado -respondió el infame monstruo-. Pero, a pesar de todo, estoy dispuesto a discutir con vos en vez de proferir amenazas. Os he contado ya cómo mi maldad proviene, tan sólo, de mi desdicha. ¿Acaso no me rechaza toda la humanidad? Vos, mi creador, deseáis destruirme y, de este modo, vencer. Pero reflexionad, decidme, ¿por qué debo ser misericordioso para con los demás si ellos se muestran tan implacables conmigo? Para vos no sería un crimen si me arrojarais en un abismo para destruir este cuerpo que construisteis con vuestras propias manos. ¿Por qué debo respetar al ser humano cuando éste alberga para conmigo tales deseos? Que conviva en buena hora conmigo; si aceptara, lejos de causarle el menor daño yo le haría todo el bien que de mí dependiera y, llorando de felicidad, le daría pruebas de mi gratitud. Pero no, eso es imposible. Los sentimientos de los humanos se levantan como un muro e impiden este acuerdo. Nunca me avendré a tamaña servidumbre. Tomaré venganza de todo mal que me han causado. Si no pueden sentir amor por mí, ¡allá ellos!, sentirán miedo; y seréis vos, mi primer enemigo, quien lo sentiréis principalmente. Os juro que execraré para siempre vuestro nombre. ¡Tened cuidado! Me entregaré a la tarea de destruiros y no me consideraré satisfecho hasta que vuestro corazón se haya hundido en las oscuras profundidades de la desolación, hasta que os oiga maldecir el día en que nacisteis.»

«Frankenstein o el moderno Prometeo» (Ediciones Orbis, 1994), Mary Wollstonecraft Shelley.

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