«En el terreno de las expectativas el siglo XX agotó su singladura ofreciendo la imagen de un gigante cojo, con una pierna, científica y técnica, cada vez más musculosa, y otra, la “espiritual”, cada vez más atrofiada. El hundimiento de los grandes discursos ideológicos, la catástrofe práctica de las utopías, la deriva fanática de ciertos resurgimientos religiosos ha empujado al hombre finisecular hacia apatías espirituales y renuncias críticas. En medio de una “edad de oro” de la verdad científica nos hallamos en una suerte de “edad de bronce” de la verdad moral.

Nadie, por así decirlo, se atreve a proponer estrategias éticas de largo alcance o alternativas más o menos totalizadoras a los comportamientos colectivos de nuestra época. En esta época prevalece el hombre inmediato, el confiado en una razón instrumental, pragmática, utilitaria.

No puede extrañar, por tanto, que la figura cotidiana de lo humano que sobresale en el paisaje sea el homus economicus, más que “ser de deseo”, “ser de producción” (incluso cuando se trata de producir ocio). Acostumbrado a fijar su salud pública a través de la salud económica, el hombre de esta transición de siglos se dirige ansiosamente a los tableros electrónicos de los valores bursátiles como antes sus antecesores se dirigían a ídolos y oráculos. El propio modelo capitalista de la economía, asumido sin perspectivas alternativas, aparece tan obvio y natural que ya no es ni siquiera nombrado. Es el Innombrable

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza, Rafael Argullol, Acantilado Editorial, 2013.

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