«Pero el desorden llegó a su colmo cuando llegaron los artefactos de un Gabinete de Física, que Esteban había encargado para sustituir sus autómatas y cajas de música por entretenimientos que instruyeran deleitando. Eran telescopios, balanzas hidrostáticas, trozos de ámbar, brújulas, imanes, tornillos de Arquímedes, modelos de cabrias, tubos comunicantes, botellas de Leyden, péndulos y balancines, machinas en miniatura, a los que el fabricante había añadido, para suplir la carencia de ciertos objetos, un estuche matemático con lo más adelantado en la materia. Así, ciertas noches, los adolescentes se afanaban en armar los más singulares aparatos, perdidos en los pliegos de instrucciones, trastocando teorías, esperando el alba para comprobar la utilidad de un prisma –maravillados al ver pintarse los colores del arcoíris en una pared-.[…]

» Puesto en el patio, el reloj de sol se había transformado en reloj de luna, marcando invertidas las horas. La balanza hidrostática servía para comprobar el peso de los gatos; el telescopiopequeño, sacado por el roto cristal de una luceta, permitía ver cosas, en las casas cercanas, que hacían reír equívocamente a Carlos, astrónomo solitario en lo alto de un armario. La flauta nueva, por lo demás, había salido de su estuche en una habitación tapizada de colchones, como celda de locos, para que los vecinos no se enteraran. Allí, sesgada la cara ante el atril, parado en medio de partituras caídas a la alfombra, el joven se entregaba a largos conciertos nocturnos que iban mejorando su sonido y su destreza, cuando no se dejaba llevar, por el antojo de tocar danzas rústicas en un pífano de reciente adquisición.»

Alejo Carpentier: El siglo de las luces, Akal, 2008 (1962). Pp. 205-208.

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