«Siempre ha sido así el pueblo: abierto y disoluto para el placer que no puede recibir sin deshonrarse, e insensible al daño y al dolor que puede sufrir honestamente. No veo a nadie ahora que al oír hablar de Nerón no tiemble incluso ante el sobrenombre de este monstruo vil, de esta infecta y sucia peste del mundo; y sin embargo, de éste, de este incendiario, de este verdugo, de esta bestia salvaje, bien puede decirse que, tras su muerte, tan vil como su vida, el noble pueblo romano tuvo tal disgusto acordándose de sus juegos y de sus festines que a punto estuvo de llevar duelo. Así lo ha escrito Aurelio Tácito, autor bueno y grave, y uno de los más fidedignos. Lo cual no se encontrará extraño, visto que este pueblo había hecho lo mismo anteriormente tras la muerte de Julio César, el cual suspendió las leyes y la libertad; personaje para el cual, según parece, no hubo nada que valiera, pues su misma humanidad, tan elogiada, fue más perjudicial que la crueldad del tirano más salvaje que jamás haya existido, porque, en verdad, fue esta dulzura venenosa suya lo que endulzó la servidumbre para el pueblo romano. Mas, tras su muerte, este pueblo, que conservaba todavía en la boca el sabor de sus banquetes, y en el espíritu el recuerdo de sus prodigalidades, para hacerle sus honores y convertirle en cenizas, amontonó a porfía los bancos de la plaza, y después le erigió una columna como al Padre del pueblo (así le presentaba el capitel), y le honró más, muerto como estaba, de lo que debería haber hecho, en justicia, a cualquier hombre del mundo. A no ser, tal vez, a quienes le habían matado.»

Étienne de la Boétie: Discurso de la servidumbre voluntaria, trad. Pedro Lomba, Trotta, 2008 (p. 46).

No hay comentarios

Dejar respuesta