El texto que sigue no es tanto un relato de los hechos acaecidos durante el ‘Mayo francés’ – bastante conocidos, en general – como una exploración del contexto histórico previo y simultáneo al estallido social que causó gran sorpresa y no poca inquietud en la Europa de la época. Dicho contexto ha de fijarse necesariamente en el origen y la evolución de las realidades de un continente que, en la primera mitad del siglo pasado, sufrió las consecuencias de dos guerras mundiales, con sólo 25 años de separación y un nivel de muerte y devastación sin precedentes. 98 millones de muertos, de los cuales 55 millones civiles (sólo en la II Guerra Mundial) dan una idea clara de las dimensiones del horror que se desató y el trauma imborrable que generó.

Pero falta aludir a una maléfica guinda en la ponzoñosa tarta bélica. Estados Unidos forzó la conclusión la II guerra mundial en el Pacífico detonando sobre la indefensa población de dos ciudades japonesas el arma atómica. La perplejidad y el terror se extendieron por todo el mundo. El número de víctimas mortales se elevará a 246.000, de las cuales sólo la mitad fallecieron el mismo día del ataque. La muerte del resto se produjo tras padecer espantosas secuelas, ante las cuales la medicina se muestra todavía hoy impotente. Nada ha cambiado tanto la vida, la historia y la concepción del mundo como aquella brutal exhibición de fuerza y de falta de escrúpulos.

Cuatro años más tarde, en 1949, tras un intenso y eficaz espionaje en el centro de Los Álamos (Nuevo México, EE UU) que había diseñado las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la URSS realiza su primer ensayo nuclear. Se inicia así una vertiginosa carrera armamentística, cuyas consecuencias estratégicas fueron denominadas «el equilibrio del terror». La agresión nuclear reciproca sería mutuamente destructiva, lo que – al menos provisionalmente – la descarta. La confrontación entre socialismo y capitalismo se expresará en lo sucesivo a través de injerencias de ambos mundos en países ajenos, mediante una variedad de recursos que van desde la ayuda económica, técnica y militar a la inducción de golpes de estado y la promoción de guerrillas afines a sus intereses. Nace así la eufemística denominación «guerra fría».

Una esperanza defraudada: «Los obreros tomarán de las manos frágiles de los estudiantes la bandera de la lucha contra el régimen antipopular».
Una esperanza defraudada: «Los obreros tomarán de las manos frágiles de los estudiantes la bandera de la lucha contra el régimen antipopular».

Los años 60

A partir de los años 60, cuando se materializa el ‘baby boom’ posbélico, la economía francesa está creciendo a buen ritmo y empieza a ofrecer indicios del establecimiento de una sociedad de consumo ‘a la americana’. Paradójicamente, su rápida y humillante derrota en la guerra (1940) se convierte en una ventaja en la posguerra, pues no ha sufrido la sangría en vidas humanas ni la destrucción de infraestructuras tanto como los demás países  implicados. Por otro lado, el establecimiento de la ‘Francia Libre’ consiguió mantener la posesión de las colonias, aunque los problemas relacionados con el colonialismo no tardarán en pesar sobre la política interior.

La juventud gala que se echará a las calles en 1968 rechaza el mundo y los valores de sus mayores. No sólo no quiere más guerras, sino que disiente del ‘patriotismo de cartón piedra’, así como del conservadurismo y el sectarismo imperantes. Exigen cambios, soluciones, una sociedad más abierta, humana y justa, y formulan propuestas y alternativas que tienen en común un componente frecuentemente utópico. El conflictivo contexto social, cultural y geopolítico durante la posguerra en Europa no abona las esperanzas juveniles y éstas se proyectarán políticamente – primero en las aulas, luego en las calles – y crearán una situación ‘pre-revolucionaria’ que tuvo en vilo al mundo durante tres meses inolvidables de 1968.

Cállate
«Sé joven y cállate». Uno de los iconos más conocidos. La sombra caricaturesca de De Gaulle enmudece a un joven.

Dos ‘mundos’ en Europa

Obviamente, en lo que respecta a la Europa de la posguerra, las cosas evolucionan de modo muy diferente a un lado y a otro de lo que se denominó «el telón de acero». La aplastante victoria de la URSS sobre Alemania no sólo tuvo como consecuencia la partición del país y la división de Berlín en sectores (estadounidense, británico, francés y soviético), sino que ‘barrió’ la independencia de los países ‘liberados’ por el ejército soviético en su arrolladora marcha hacia el Oeste tras recuperar su propio territorio. La juventud europea crecerá bajo el imaginario casi permanente e indeseable del potencial estallido de otra guerra,  en un clima de fricción constante que tiene su centro y su máxima expresión en la singular ubicación geográfica del Berlín dividido dentro del territorio de la RDA, convertida por Moscú en un bastión comunista mediante el nombramiento de un Gobierno políticamente afín.

Las fugas de alemanes orientales proliferan, promovidas o facilitadas muchas de ellas desde Occidente, y la indignación de Moscú llega a decidir el corte de todas las vías de comunicación a través de la RDA, que deja sin abastecimientos a Berlín y fuerza el establecimiento de un impresionante ‘puente aéreo’ de socorro, frustrando así el propósito soviético de poner fin a la presencia occidental en la capital histórica de Alemania. La construcción del tristemente famoso muro fronterizo completa la derrota de la URSS en la ‘guerra propagandística’. Dicha derrota fue confirmada por la salvaje represión de las protestas laborales en Poznan (Polonia), en 1956 –al menos 57 muertos- , y la contundente respuesta al levantamiento húngaro ese mismo año (al menos 2.500 muertos). Doce años después, precisamente en 1968, se aplica el mismo procedimiento a ‘la primavera de Praga’.

Derrota colonial francesa

Para algunos países beligerantes en la II guerra mundial el armisticio no supone la paz, sino la continuación del conflicto en otros escenarios. El caso de Francia es paradigmático. Apenas concluida la conflagración estalla la guerra de Indochina (1946-1954), a la que seguirá la de Argelia (1954-1962). Ambas se saldan con sendas derrotas y decenas de miles de bajas. La de Argelia, además, genera un grave conflicto interno: los militares franceses implicados en la guerra rechazan toda posibilidad de que Argelia sea independiente, se declaran en rebeldía e implican en la solución al general De Gaulle, ‘héroe’ de la Francia Libre, desde Londres, durante la II Guerra mundial.

La ‘solución De Gaulle’ implica la puesta en marcha de un ‘golpe de Estado’ incruento, pero en última instancia eficaz, al que, oficialmente, ‘se supone’ ajeno al general. La operación es dividida en dos fases tácticas. En la primera se trata de llevar a la conciencia de los líderes políticos de la metrópoli que los levantiscos van en serio. En la segunda estaba prevista la toma militar de París, el derrocamiento del Gobierno y la implantación de una Constitución presidencialista a la medida del ‘gran general’, que, ante la invasión nazi, había decidido, desde el exilio, llamar a la lucha por una ‘Francia Libre’, al contrario que Petain, cuyo ‘Gobierno de Vichy’ – títere político – había garantizado a Hitler su colaboración en la neutralización de un hipotético ‘frente Sur’.

El 24 de mayo de 1958, apenas once días después de que el ejército colonial tome el control en Argelia y el general Salan grite«¡Viva De Gaulle!»desde el balcón del Gobierno General de Argel, un contingente de paracaidistas al mando del general Massu, ocupa Córcega sin disparar un tiro. La primera fase del golpe gaullista se consuma así, días después de que De Gaulle exprese oficialmente su apoyo. La segunda fase, conocida bajo la clave «Resurrección», que preveía entre otras cosas la ocupación de París para establecer una nueva legalidad republicana, no llega a ponerse en práctica. El presidente René Coty nombra a De Gaulle primer ministro con el ‘encargo’ eufemístico de demoler la IV República y edificar una nueva (justamente lo que el general soñaba desde el regreso de su exilio en Londres). El resultado será un instrumento legal presidencialista, en el que los partidos pasan a segundo plano y el primer ministro se verá condicionado por los dictados de la Presidencia. La causa de la Argelia francesa, que motivó la promoción estelar de De Gaulle por parte de los militares colonialistas, decae apenas cuatro años más tarde. En 1962 el país alcanza la independencia.

El general sabe cuándo una causa es indefendible, y reconoce que el colonialismo francés en Argelia lo es, no sólo porque la guerra no se puede ganar, sino también – y sobre todo – porque la metrópoli rechaza la prolongación de un conflicto cuyo coste en vidas humanas y recursos económicos es insostenible. La proliferación de las protestas anticolonialistas en Francia es un primer indicio de la capacidad de movilización popular que caracteriza a los años 60. Primero fue por Argelia, luego por Vietnam, a imitación y en solidaridad con las grandes movilizaciones antibelicistas que se inician a partir de 1964 en EE.UU.

Coches
En sus enfrentamientos con la policía los estudiantes emplearon automóviles como barricadas.

La explosión

En aquellas críticas circunstancias, el pueblo galo – con señalada presencia de intelectuales y estudiantes – se da cita en innumerables asambleas y frecuentes manifestaciones. Debate, se solidariza y se auto-reconoce en tanto que fuerza dinámica e influyente frente al muro de una V República regida por un militar septuagenario, autoritario y reaccionario. He ahí el fermento de la ‘explosión’ de 1968, y también la causa – nada paradójica, por otra parte – de su neutralización. Cuando el 20 de mayo de 1968, en el momento más álgido de la contestación estudiantil, los sindicatos declaran la huelga general, los estudiantes entienden erróneamente que es un claro gesto de apoyo a su propia movilización, y que, merced a él, la subversión que ellos iniciaron va a triunfar. La alarma del ‘orden republicano’ ante la ‘extensión del incendio social’ comparte inicialmente la misma visión. que considera caótica e indeseable.

Ambas fuerzas parecen ignorar que el PCF (hegemónico en la organización sindical más poderosa, la CGT) detesta las aventuras contestatarias a un lado y al otro del ‘telón de acero’; que odia a la extrema izquierda más que la propia derecha y que ni por un momento se ha planteado asociarse con quienes aspiran a desplazarles en el control de la clase obrera francesa. De ahí que se niegue el acceso de los ‘revoltosos’ a los centros de trabajo como primera medida. Del mismo modo que la URSS aborta la ‘liberalización democrática’ que el propio poder político checo intentó implantar en ‘la primavera de Praga’, el Partido Comunista galo se decanta por el mantenimiento del ‘statu quo’ interbloques. En definitiva: nada debe cambiar en el delicado equilibrio de fuerzas en Europa, en la medida en que la II Guerra Mundial estableció una clara situación de ventaja para el comunismo soviético. Quienes quieren una huelga revolucionaria que concluya con la toma del poder – entre los que se encuentran los marxistas de izquierda, fundamentalmente maoístas y trotskistas, así como variados grupos anarquistas – se resisten a resignarse, e incluso actúan ocasionalmente de modo violento. Todo es inútil.

El 15 de Mayo los estudiantes ocupan pacíficamente el teatro del Odeón, que será en lo sucesivo su ‘cuartel general’ tras abandonar Nanterre y la Sorbona.
El 15 de Mayo los estudiantes ocupan pacíficamente el teatro del Odeón, que será en lo sucesivo su ‘cuartel general’ tras abandonar Nanterre y la Sorbona.

Máxima tensión antes de la derrota

Las negociaciones con los sindicatos concluyen con concesiones muy relevantes del Gobierno (aumento del 35 % del salario mínimo interprofesional y del 7% de los demás salarios, concesión de la semana laboral de 40 horas, derecho a la creación del sindicato de empresa, entrada en vigor de las asignaciones familiares…) pero los trabajadores rechazan firmar el acuerdo, conscientes de que tienen la sartén por el mango. De Gaulle se desespera y hace una inesperada visita al general Massu en el cuartel general de las tropas de ocupación francesas de Baden-Baden (Alemania). ¿Se reconsidera la ‘Operación Resurreccion’, abortada diez años antes? Nunca lo sabremos. Lo que sí consta es que el viejo general convoca a los ‘franceses de orden’ a manifestarse en las calles de París el día 30 de mayo y se dirige a ellos para aclarar – frente a ciertas especulaciones – que no abandona su puesto y convocar elecciones, advirtiendo que, si la crisis persiste, la Constitución le autoriza a tomar todo el poder en sus propias manos.

A partir de ese momento se registra un progresivo reflujo de la marea contestataria y una lenta pero progresiva normalización de la vida cotidiana. Las elecciones concederán una contundente mayoría absoluta a los gaullistas, que implantarán progresivamente las mejoras salariales y sociales que habían sido rechazadas por los huelguistas. La llegada del verano dispersa hacia sus destinos vacacionales a los franceses, incluidos los decepcionados estudiantes que, en un rapto de creatividad poética, habían llegado a afirmar que la playa estaba bajo los adoquines de los bulevares de la ‘rive gauche’ que utilizaron para combatir a la Policía. Pas de chance.

La prometedora alianza entre obreros y estudiantes fue frustrada por el peso del PCF en la CGT.
La prometedora alianza entre obreros y estudiantes fue frustrada por el peso del PCF en la CGT.

Cien flores y más en París

El París de 1968, auténtico crisol y motor de los sucesos de mayo y junio en Francia, podía hacer pensar en la China de 1956-1957, cuando Mao puso en marcha la campaña de las cien flores con el propósito de «que 100 flores florezcan y que cien escuelas de pensamiento compitan». La capital gala hervía de actividad y las ideas más diversas eran expuestas en asambleas o reuniones interminables, en las que no abundaban las coincidencias ideológicas, pero solía llegarse laboriosamente a algún consenso para alguna acción puntual. Eso, aunque poco, era más y mejor que lo que resultó de la ‘beatífica’ campaña de Mao, que, tras unos meses de prueba, fue prohibida, pagando los platos rotos del ‘desviacionismo’ centenares de miles de encarcelados y deportados, así como algunos ejecutados.

El maoísmo, elegido por muchos de los contestatarios galos como alternativa ‘romántica’ al jerárquico y represor comunismo soviético – pese a que se ignoraba lo que ocurría realmente en China –, alcanzó una gran extensión en aquellas fechas, en las que florecieron cien flores y más. Lo curioso es que lo hicieron con base en la imaginación, no en las evidencias. La lectura de algunos textos y fundamentalmente del ‘Libro rojo’, así como la idealización de algunas de sus ‘campañas’, como el ‘gran salto adelante’ o la ‘revolución cultural’, pudo ser inspiradora para los marxistas de Occidente, disidentes de la ‘ortodoxia’ marcada por Moscú, pero en China constituyeron fracasos de magnitudes sorprendentes y con consecuencias muy lamentables para el pueblo chino, que sólo con el paso de los años ha sido posible conocer.

Espontaneísmo

El ‘Mao-espontaneísmo’, denominado irónicamente ‘mao-spontex’ por sus críticos, es un producto híbrido exclusivamente francés que asocia el maoísmo idealizado e irreal ya mencionado con la doctrina de Bakunin. Los guardias rojos de la ‘revolución cultural’ china serían entonces el epítome paradójico de la ‘acción directa’, que, también paradójicamente, es de raíz libertaria. Ese espontaneísmo estuvo en el origen de la explosión contestataria del movimiento 22 de marzo en Nanterre, bajo la dirección de Cohn Bendit, y se plasmó finalmente en violencia y muerte al intentar ‘redirigir’ la huelga general en un sentido político.

La intelectualización del debate sociopolíco es una seña de identidad del Mayo francés. El freudomarxismo de Wilhelm Reich o Herbert Marcuse, el estructuralismo en todas sus dimensiones, pero especialmente en la antropológica de Levy-Strauss; el situacionismo, con Guy Débord y su siempre interesante La sociedad del espectáculo…, todo estaba ahí. Incluso el surrealismo, nunca ausente por la dimensión política que le dio su ‘profeta’ André Breton, junto a Louis Aragon o Paul Eluard, se paseó por aquel abigarrado escenario de revuelta, cuya derrota anunciaba ya la pragmática desesperanza postmoderna.

Choques París
En la primera fase de las protestas la Policía tenía órdenes de actuar con contención. Más tarde, en el cómputo final, se registrarían nueve muertes.

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