Gorka Hermosa (Uretxu, Gipuzkoa, 1976) es un tipo sencillo, lo cual cobra más valor si se observa su trayectoria en el mundo de la música en su doble faceta de compositor e intérprete. Hermosa fue el primer acordeonista en tocar con una orquesta sinfónica en España, allá por 1998; sus composiciones para acordeón son de las más tocadas en todo el mundo; ha tocado con músicos de la talla de Jorge Pardo o Ara Malikian. Por otra parte, no descuida su faceta docente como profesor de conservatorio, donde, según nos cuenta, trata de romper algunos de los corsés protocolarios que aún perviven en un ambiente que, fiel a su nombre, no deja de ser muy conservador. A esto hay que sumar su labor investigadora, de la que han salido varios libros sobre música para acordeón que hoy son referencia. De formación clásica, su evolución artística le ha llevado a propiciar el encuentro con otras músicas, como el flamenco o el jazz, donde el acordeón, a priori, no jugaba un papel relevante.
Nos reunimos en un céntrico café de Santander para conversar sobre música, sobre su trayectoria y sobre el pasado, presente y futuro del instrumento que lo acompaña desde que contaba 12 años.

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¿A qué edad empezaste a tocar el acordeón? ¿Fue tu primera opción?

No, no fue mi primera opción. Yo empecé como todos, con solfeo. Recuerdo que no me gustaba nada, luego me quise desapuntar, pero mi madre me dijo que tenía que acabar y, bueno, allí estuve haciendo el vago y maleando todo lo que podía [risas]. Eso con 8 años, que hasta los 12 no cogí instrumento. Yo no lo tenía claro, pero un amigo se había apuntado al acordeón, yo le seguí y poco a poco, con ayuda de un buen profesor, fue entrando, hasta hoy. Yo quería tocar el arpa, como Harpo Marx; luego quise la armónica, pero ni la una ni la otra se enseñaban en mi pueblo, así que al final seguí por el acordeón. No es una historia nada romántica, pero así fue.

¿Cómo un chico de esa edad termina optando por un instrumento como el acordeón?

En el País Vasco hay una fuerte tradición musical en torno al acordeón y en los ochenta contábamos con muchos acordeonistas, así que no era difícil que se te cruzara en el camino. Digamos que, en mi pueblo y por aquel entonces, no era nada anormal coger el acordeón.

En la formación de un músico, el ambiente familiar suele tener mucho peso. ¿Cuál es tu caso?

En mi familia no hay nadie que toque música, excepto un primo lejano que toca blues y grabó un disco en los ochenta. Aquí el peso vino desde fuera, por amistad, como te comentaba hace un momento. Cuando dije que me quería dedicar a esto, en mi casa no lo veían claro; no digo que hayan estado en contra, al revés, me han apoyado todo lo que han podido, pero no ha habido ningún precedente familiar.

En línea con lo que me preguntas, debo mencionar al profesor que tuve: Javier Ramos, un chaval de 22 años, enamorado del acordeón, que juntó un grupo en torno a él de gente que luego llegó a tocar muy bien y que alguno todavía sigue tocando. Él es el culpable de habernos inculcado el gusanillo del acordeón, que no deja de ser un instrumento muy pegado al folclore, que además en aquellos años empezaba a utilizarse como instrumento de concierto ya moderno, cosa que él veía clara.

Así pues, te diría que esta fue la clave para mí, porque da igual que sea natación sincronizada que taekuondo, cuando estás en un ambiente que te gusta, en el que te sientes cómodo y que además tu profesor te empuja, tira del carro, que lo vive… eso se transmite.

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Foto: Pablo Lobo.

Háblanos del acordeón, de su historia y del lugar que ocupa en la música, así como del repertorio disponible.

Bueno, es una historia para frikis, muy poco mainstream… [risas]. El acordeón se inventó en 1829 y desde entonces se expandió muy rápidamente por todo el mundo hasta meterse en el corazón de la música popular de muchos países. Al principio era un acordeón diatónico, muy pequeño, con menos botones, que era muy apto para ese tipo de música y lo era menos para otras. Con el paso del tiempo se va complejizando, aumenta de tamaño y se le incorporan teclas. En 1957 se inventa el acordeón que, por ejemplo, uso yo: dos teclados melódicos, que hacen notas en los dos manuales, bastante diferente al instrumento tradicional. Es como un pequeño órgano, con dos teclados independientes y un fuelle en el medio; esto ya te permite tocar música clásica. El instrumento llega a España en los ochenta de la mano de, entre otros, mi profesor. Era un momento ilusionante, se trataba de abrir un nuevo camino que, en cierto modo, sacara al acordeón de la tradición. De hecho, en los inicios se iba contra esa tradición, tanto así que, por ejemplo, a mí no me dejaban tocar música tradicional del País Vasco, porque se consideraba que eso estaba fuera de los objetivos o era salirse del camino.

Los de mi generación fuimos los primeros en tocar el acordeón en el conservatorio. Eso era malo, porque tenías que enfrentarte a muchos prejuicios, pero también era bueno, toda vez que siempre podías sorprender más al oyente. Por un lado, fue difícil, ya que tuvimos que pelear contra todos; y, por otro lado, fue muy fácil, porque lo que presentas es muy diferente a lo que se espera. Considero que una de las cosas más complicadas en esto de la música es sorprender. Además, hay que tener en cuenta que, por lo que te cuento, casi cada vez que hemos hecho alguna cosa, hemos sido pioneros. Yo tuve la suerte de tocar con la Orquesta Sinfónica de RTVE en 1998 y fui el primer acordeonista que lo hacía en España; escribí un libro sobre el repertorio del acordeón y fue el primer libro escrito sobre el tema en España… Ahí estaba la ventaja y el inconveniente: casi en todo eras pionero, pero lo eras porque te faltaban referentes.

Esa ha sido mi vida en esto, tratar de hacer cosas con el acordeón que la gente no se espera.

¿En qué lugar está el acordeón hoy en día?

Yo creo que todos los instrumentos tienen mucho recorrido, más aún lo instrumentos raros. He tocado bastante con Germán Díaz, que toca la zanfona, y estamos en la misma tesitura. En la zanfona, que, con perdón, es un instrumento horrible, de repente tienes a un tipo que hace lo que hace Germán y, claro, alucinas. Resumiendo, creo que todos los instrumentos tienen mucho recorrido por delante, sobre todo los instrumentos minoritarios, a los que se abre el jazz y todo tipo de música experimental.

¿Cómo es el repertorio de acordeón? Supongo que, al ser un instrumento de reciente incorporación a los estudios formalizados, la falta de repertorio sería uno de los principales escollos.

En eso tienes razón. Había muy poco repertorio y el que había no me gustaba. En buena medida, el leit motiv de mi carrera ha consistido en crear un nuevo repertorio. Con 23 años escribí un libro sobre el repertorio para acordeón, porque no había prácticamente nada escrito. Recuerdo que me pedían artículos sobre música contemporánea española e investigando por aquí y por allá, salió ese libro.

El acordeón es parecido al armonio, un instrumento para el que muchos compositores del XIX escribieron música; también escribí un libro sobre el repertorio del siglo XIX para instrumentos de lengüeta libre. En los ochenta y los noventa, como era tan difícil conseguir las partituras, por acceso o porque directamente no había, decidí hacerlas yo mismo, en principio para mí y luego ves que otra gente va tocando lo tuyo y que funciona bastante bien. Toda mi vida ha sido una búsqueda de qué tocar, porque un instrumento no es tal si no tiene un repertorio.

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Foto: Pablo Lobo.

¿Cómo describirías tu proceso creativo?

Yo siempre parto de la base de que la música es comunicación, de que se trata de un lenguaje. Para comunicarte es importante tener algo que decir y esta ha sido mi obsesión: tener algo que decir. Tuve la suerte  de que, desde pequeño, conté buenos profesores (y estudié muchísimo, eso sí) y llegué a los dieciocho años con un buen nivel técnico que me permitía expresarme casi de manera natural a través del acordeón y la música. Y, por supuesto, en todo esto cuenta mucho la mochila que llevas, no sólo tu formación, sino que también el entorno en el que creces, con todos sus problemas socioculturales y políticos que, de alguna manera, siempre te marcan.

A la hora de componer, parto casi siempre de la improvisación: cojo el acordeón y me pongo a tocar mientras me grabo. La mayoría no sirve para nada, pero a veces encuentras algo, una idea a la que seguir y quizás desarrollar, puede que ya sobre el papel.

¿Cuándo compusiste tu primera pieza?

Creo que a los 13 o 14 años. El profesor del que te hablaba antes, Javier Ramos, se tuvo que ir a la mili y empezó a darme clase un profesor francés. Me propuso componer una pieza breve para un alumno más joven y, genial, porque ya es otro el que toca algo tuyo. Desde el principio, me animó mucho a escribir, así que algo debió ver. Debo decir que yo tuve muchísima suerte, primero con este profesor francés y, después, cuando yo tenía 15 años, cayó el muro de Berlín y acabó viviendo a media hora de mi casa un profesor del Conservatorio Superior de Moscú, que sin exagerar estará entre los tres mejores acordeonistas de la historia. Yo no lo conocía, pero estuve dos años trabajando con él. Cuando pasan los años y te das cuentas de quién era el tío que te daba clase, dices…joder. Hace poco me invitó al conservatorio a Moscú a dar un concierto y unas clases, toda una experiencia.

Una pregunta obligada es la que se refiere a las influencias. ¿Qué artistas te han marcado más?

Al principio, lo que más te influye directamente es lo que estás tocando. Pero, claro, en mi vida había una dicotomía: estaba tocando a Bach y clásica contemporánea en el conservatorio, pero lo que escuchaba en mi casa era La Polla Record, Kortatu, los Ramones, los Clash… Además, crecí en el País Vasco de la poscrisis de los ochenta, con toda su problemática social y política; con ETA y las Fuerzas Armadas; yo soy del Goierri, uno de los puntos más calientes en cuanto a conflictividad. Allí había un movimiento musical rock muy potente contra toda esa situación y era lo que escuchábamos en el instituto. Llegué a tocar el bajo en un grupo de punk que montamos unos colegas, que éramos malísimos, pero nos daba para ensayar en un local.

Al final, creo que he conseguido que esas dos vertientes se influenciaran mutuamente. El punk tiene esa actitud, esa energía, que a veces en la música clásica falta por ser mucho más cerebral. He intentado pasar esa energía también a la música culta. Luego, con 22 años, me encontré con Germán Díaz, que cambió por completo mi percepción de la música y me ayudó abrirme hacia otras músicas más de raíz. Recuerdo que cuando quedamos para ensayar la primera vez, Germán me dijo: «la única condición que vamos a poner para el dúo es que no se puede tocar lo que pone en la partitura». Claro, eso te rompe los esquemas, pero también te sirve para buscarte la vida, a ver qué vas a tocar. Ahí fue cuando empecé a acercarme a ese territorio del folclore que había tenido prohibido.

Otra figura clave es Astor Piazzolla, compositor argentino que mezcló el tango con la música clásica y con el jazz. Podría decir que esa ha sido también mi línea: saliéndome cada vez más de la clásica, ir mezclándola con otras músicas donde la improvisación tiene más peso. Lo malo (y lo bueno) es que te quedas en un territorio intermedio difícil de clasificar y los de clásica dicen que no es clásica, en el jazz que no es jazz y en el folk dicen que no es folk… Pero, al cabo, tengo la suerte de tocar en ciclos de clásica, jazz y folk.

Y Bach, claro. Para mí es como una religión. Habrá habido millones de músicos en la historia, pero todos, cuanto más saben de música, tienen claro que Bach es el más grande. Desde que era pequeño ya me ponía los pelos de punta, es como que te ordena todas las células de tu cuerpo. Me lo he pasado muy bien tocando Bach, analizando Bach y luego tacando a Bach por bulerías, destrozando su música [risas]. Es el Dios de la música y si tengo que creer en alguien, creo en Johann Sebastian Bach.

Posees una vasta trayectoria, has tocado con mucha y muy diversa gente, ¿dónde te sientes más cómodo?

Básicamente, tocando con músicos a los que admiro y con los que pueda tomar un café como si fueran mis mejores amigos. Decía Richard Galliano, otro de mis referentes, ante la pregunta sobre cuál era su secreto, que siempre había tocado con músicos mejores que él. Eso mismo es lo que yo he intentado: mis profesores, Germán Díaz, Jorge Pardo, Ara Malikian… todos los músicos con los que he tocado son mejores que yo, o al menos en algo son muchísimo mejores, y en ese algo he intentado aprender de ellos y empaparme todo lo que he podido para mejorar. Y me da lo mismo que sea un violinista, un saxofonista de jazz o un gaitero. Aunque sí es cierto que me siento muy cómodo cuando toco con un instrumento melódico y, si puede ser, con un contrabajo. Es como el fútbol: el melódico de delantero, el contrabajo o la batería de portero y yo como mediapunta, organizándolo todo y con vocación de ataque. Si hay quien lleva la melodía, te quedas más descargado para hacer tus cosas.

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Foto: Pablo Lobo.

Retomamos el hilo que dejamos suelto hace un par de puntos para plantearte lo siguiente: pesar de tu formación clásica, la mayor parte de la música que has grabado se caracteriza por la fusión sin complejos de muchos estilos. ¿Hay un problema de etiquetas?

Para mí, la música que hago es música clásica. Cuando alguien me dice que no lo es, siempre pienso que igual lo que tiene que hacer es ampliar su concepto de lo que es música clásica. Creo que Paco de Lucía o Charlie Parker hacían música clásica, ¿cómo no va ser música clásica? ¿Cómo puedes estar cerrado a tanta música tan maravillosa que se hace hoy? La etiqueta no es más que un corsé y el problema es de otros cuando quieren poner nombre a lo que uno hace. Yo hago lo que me sale de las narices. Por otro lado, en el conservatorio lo último que se enseña es música del siglo XX, una música muy compleja, muy atonal, etc., pero no se enseña el siglo XXI, no hay un estilo de música clásica del siglo XXI. Sin embargo, estoy convencido de que la música clásica de este siglo pasará por la fusión; en el siglo pasado se hicieron tantas cosas y todas tan maravillosas, que la frontera entre música culta y no culta es prácticamente imperceptible. No hay bagaje aún, pero creo que los músicos clásicos hemos aprendido tanto de otras músicas y los otros músicos tienen un nivel técnico comparable al de los clásicos, que eso necesariamente va a mandar a paseo a todas las etiquetas.

¿Cómo es la relación entre el mundo de la música clásica y la música popular?

Yo creo que, como te digo, son formatos indivisibles. Quizás la clásica tiene mayor grado de desarrollo. La música popular la identificaría más con algo bailable, pero es que muchas de las suites de Bach eran composiciones para danza, en el romanticismo y el auge de los nacionalismos, ocurría lo mismo; o Manuel de Falla, ya en el XX… Realmente, la frontera siempre ha sido muy difusa y el problema lo tiene más bien el que traza la frontera que los músicos. La frontera, el estilo, si quieres, es un concepto teórico del que partir, pero siempre acabas en otro sitio. Me ha pasado muchas veces, cuando he tocado con músicos intuitivos, como José Luis Montón, Germán Díaz o Pitti, que al final han llegado al mismo sitio que yo partiendo desde puntos distintos. En origen no saben leer partitura, pero cuanto más alto llegan más cuenta se dan de que necesitan aprender; y yo, que vengo de la partitura, cada vez me doy más cuenta del corsé que supone. Hay un chiste recurrente entre músicos muy ilustrativo: ¿qué harías para callar a un pianista? Quitarle la partitura; ¿qué harías para callar a un guitarrista? Ponérsela.

Con José Luis Montón grabaste Flamenco Etxea (2012). ¿Quieres comentar como surgió ese trabajo?

Surgió todo de manera muy casual. Me llamaron a tocar al Festival Flamenco de Jerez; José Luis era el director musical del espectáculo que hacíamos. Hubo muy buen rollo y hablamos de la posibilidad de hacer algo juntos. Hasta ahí la versión corta.

Vamos con la larga, si te animas.

Me llamó María del Mar Moreno, bailaora, que quería montar un espectáculo sobre París y necesitaba un acordeonista de botones. Yo no lo veía muy claro, así que le pedí un dineral, que es la manera fina de decir que no. Después de soltarme un «ozú, sí que sois caros los acordeonistas de botones», aceptó. Marché a Madrid, donde tenía que encontrarme con José Luis. El tema, que era La vie en rose, de Edith Piaf, pero por bulerías, me lo había currado un montón. Quedamos en la Academia Amor de Dios, un sitio flamenco emblemático. Llamo a José Luis, que llegaba tarde, y le pido que me mande la partitura y me dice «¿partiqué?, illo, bienvenido al flamenco, aquí no hay deso». Bueno, llegó y nos pusimos a tocar. Luego, nos fuimos a Jerez, donde pasé una semana increíble. Yo era «er niño de lacordeón» y me llevaban de un lado para otro. Unos cantaores, unos guitarristas… alucinantes. Así entré en el mundo del flamenco, en el centro del meollo con unos músicos increíbles. Por eso te digo que he tenido mucha suerte.

De ahí seguí tocando más con José Luis y salió lo del disco. Una experiencia muy bonita y muy sincera, también un poco extraterrestre, si me apuras [risas]. Grabamos la Ciaccona, de Bach, para tabla hindú, voz, guitarra y acordeón. Ya llevamos un montón de tiempo tocando juntos, he aprendido muchísimo con José Luis. Ahora nos han orquestado nuestro repertorio e iremos a tocarlo próximamente a Zumaia, en la playa donde se rodó lo de Juego de Tronos, con la orquesta de allí.

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Foto: Pablo Lobo.

Supongo que de este aprendizaje salió tu tema Paco.

Sí, ese tema lo compuse por un encargo para un músico ruso. Me dijo, oye me gusta mucho lo que haces, me gusta mucho la música española, etc. Le digo, sí, sí, pero esos cuatro o cinco que me dices no me gustan nada. Entonces me propone que lo componga alguna cosa para que la toque. De ahí salió la idea de hacer algo con aire español tomando la música de Paco de Lucía como base. Luego vino un poco de subidón, porque la Confederación Internacional de Acordeonistas eligió la pieza como la mejor del año.

Malandro Club es el trío que formas con otros dos profesores de conservatorio, Javier Mayor y Alberto Vaquero, que, una vez más, bascula hacia la fusión. Preséntanos este proyecto.

Bueno, yo venía de estar tocando con Germán Díaz, y a veces nos acompañaba Baldo Martínez al contrabajo. De ahí salió la idea de un trío. Luego Germán se fue a vivir a Santiago y yo seguí montando el repertorio con otras bandas, como Garúa, un proyecto interesante, con los que rodé bastante por toda España y hasta en Finlandia. También este grupo se dispersó y de ahí surgió Malandro. Básicamente, Alberto Vaquero, que tocaba la trompeta en Garúa, y yo. Luego vino a trabajar aquí Javi Mayor, el contrabajista de Iñaki Salvador, músico al que admiro mucho, y aprovechamos la oportunidad para montar el trío. Dimos algunos conciertos sueltos, hasta que hace cosa de tres años decidimos hacer un disco. Por primera vez en mi vida quedé para ensayar durante un año seguido. Curramos muchísimo y salió el disco. El año pasado dimos más de treinta conciertos. Es una música agradable, fácil de escuchar, a la vez que muy inclasificable, que puede resultar interesante para los más curiosos. Es una música muy difícil de tocar, pero muy divertida; los tres somos muy distintos: Alberto ha tocado mucho la trompeta en orquestas sinfónicas y quizás sea el más clásico de los tres, pero también le gusta mucho el jazz y la improvisación; Javi viene del mundo del jazz y a él le cuesta más el clásico, pero es profesor en el conservatorio y ha hecho el camino inverso; yo, con el acordeón, tiro de ese bagaje que te vengo comentando, de música popular. Digamos que los tres mundillos están representados en la formación. Y lo más importante es que nos lo pasamos bien tocando y creo que eso se nota. Es un proyecto muy vivo. En los conciertos vendemos bastantes discos, lo cual no deja de sorprendernos.

Acabamos de grabar el segundo álbum, aunque todavía no lo hemos presentado oficialmente. Se titula Ele Lauaxeta-Lorca y es más bien una obra de teatro, con escenografía y demás, aunque cuenta con su versión únicamente musical. [Estepan Urkiaga Basaraz] Lauaxeta es el primer poeta vasco de enjundia, admiraba mucho a Lorca y tradujo poemas suyos al euskera. Lo presentaremos en diciembre, en la Feria del Libro y el Disco Vasco de Durango, que creo que es el mejor momento.

Quiero preguntarte por la ópera popular (herri opera) GI-631 Urretxu-Zamarraga, el proyecto que dirigiste junto a Jon Plazaola y que se estrenó en junio de 2014.

Esa es la quijotada más grande en la que me he metido. Me llamaron del ayuntamiento de mi pueblo con la propuesta de montar un evento que juntara a los distintos grupos locales. Intenté unir a los grupos de danza, con el coro de los jubilados, con el coro formal, con la banda de música, con raperos, con grupos de rock… y no sólo música, sino que también fotógrafos, pintores, actores, guionistas, poetas, esteticistas. Vas indagando y te das cuenta de la gente que ha salido de allí. Por ejemplo, están Jon Plazaola o Joseba Paolaza; había una chica que le habían dado un Oscar por diseño de vestuario en una película. En fin, que había de dónde tirar.

Yo diseñé trece números musicales a partir composiciones de músicos del pueblo, que iban desde música folclórica, clásica o rock. Jon Plazaola escribió el guion, una historia interesante, muy futurista, que iba hilando las distintas partes. Hubo más de 700 personas encima del escenario, así que imagínate lo que fue coordinar eso. Pero fue muy bonito y conocí a mucha gente. Fue un más de un año de trabajo del que me quedaron muy buenas cosas. La idea era hacer sólo una representación y ya se verá si hay más. Quizás cada cuatro años, pero, con tanta gente, es muy complicado cuadrarlo todo. Mi idea era que lo cogiese otra persona y pudiera continuar. Fue, en fin, una maravillosa quijotada.

¿Qué falta al mundo del conservatorio para romper la barrera, si crees que la hay, que lo separa de ambientes populares? ¿Escucharemos un concierto de música clásica en un bar o esto siempre ha de pasar por el tamiz de la fusión?

Muy buena pregunta, pero es difícil responder…

Me llamó mucho la atención que llevaras a tus alumnos a hacer la audición de fin de curso a una sala de conciertos.

No es la primera vez que lo hago. Lo que planteé a los padres fue lo siguiente: los niños van a tocar a un bar o van a tocar a un sitio en el que tocan algunos de los mejores músicos que pasan por Santander. Para mí, la segunda forma de verlo es la idónea. A mí me apetece que mis alumnos vivan un poco esa atmósfera. A ver, yo siempre he tratado de romper algunos de los corsés, sobre todo protocolarios, de la música clásica y en el conservatorio he recibido muchas críticas por ello.

Pero, volviendo a la pregunta de antes, que, como te digo, es compleja, puedo decirte que creo que es obvio que el conservatorio debe abrirse a nuevas expresiones del siglo XXI; creo que no se adaptó bien al siglo XX. Sin embargo, también considero que los métodos del conservatorio han dado unos resultados maravillosos que, con otros métodos, no están garantizados. A veces hay mucha falta de respeto, motivada por la ignorancia, cuando alguien se refiere al conservatorio. Lo mejor del conservatorio es que, con su método reglado, puede hacer que cualquiera llegue a tocar a Mozart o a Beethoven. La mayoría de los músicos intuitivos que he conocido son tan buenos que hubieran aprendido a tocar de cualquier manera. En resumen, puedo decirte que no hay que ser tan drásticos con esto; que el conservatorio debe actualizarse, sí, pero que eso suponga echar todo por la borda, no. Es un debate interesante y profundo para el que yo no tengo respuesta definitiva, como tampoco creo que hayas muchas personas que la tengan o que haciendo lo que esas personas digan habrá mejor resultado que el que ya conocemos.

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Foto: Pablo Lobo.

Tu proyección internacional es considerable, tanto que se tocan piezas tuyas hasta en China; participas como jurado o evaluador en conservatorios de todas partes. ¿Cómo tuvo lugar el salto a la escena internacional?

Como te vengo contando, yo componía desde muy pronto, lo que pasa es que nadie me hacía caso, ni siquiera yo me atrevía a tocar mis propias canciones, excepto como bis en algún concierto. Una vez, en TVE sí me lancé a tocar una pieza mía, Fragilissimo, una pieza muy peculiar, con una actitud muy punk; entonces estaba yo grabando mi primer disco, que era de rock, estaba en otra onda. La composición había sido un encargo para el Festival de Música y Danza de Granada. La cuestión es que me llamaron de TVE, grabé esa canción y la colgué en Youtube. Como diez años después, me escribe un tipo de Nueva Zelanda diciéndome que le había gustado la pieza y pidiéndome la partitura; ese año ganó cuatro de los concursos más importantes de acordeón. A partir de ahí, me empezaron a llamar acordeonistas de los que yo tenía discos para pedirme composiciones; me llamarón de Pekín, de Moscú… Ahora hay gente que toca muchas cosas mías. Yo creo que tiene mucho que ver con lo que te decía al principio, que no hay tanto para acordeón. Por otro lado, mis composiciones son fáciles de entender, pero muy difíciles de tocar, con lo cual al intérprete le gusta porque se puede lucir sin saturar al oyente. Digamos que mi música, junto con la de otros tres o cuatro compositores, como Petri Makkonen o Franck Angelis, está en ese espacio intermedio, lo que hace que sean las más tocadas por los acordeonistas. Y claro, luego ves tu pieza interpretada por alguien que toca mejor que tú y ¡flipas en estéreo! Con esto se me han ido abriendo muchas puertas para ir haciendo otras cosas.

¿El acordeón goza de vitalidad? ¿Hay cantera?

No diría yo que tiene mucha vitalidad. Hay un gráfico que utilicé en uno de mis libros que es muy ilustrativo: desde su invención hasta principios del XX, la venta de acordeón sube constante; a partir de ahí, hasta 1960, la línea se dispara (en Italia llegó a ser la segunda industria, detrás de Fiat); tras 1960, otra vez cae empicado. ¿Por qué? Para decirlo rápidamente, aparecieron los Beatles. A los abuelos les gusta tanto el acordeón porque era lo que había cuando ellos eran jóvenes, lo que molaba antes de las guitarras eléctricas y los DJs. Por otro lado, para organizar los bailes, era suficiente con un acordeón, pero con la popularización de los reproductores y, como te digo, el cambio que supusieron los Beatles, ha ido perdiendo presencia. Entonces, si comparas históricamente la evolución del instrumento, ahora está en momento muy bajo, aunque cuando se tocó fondo fue en los ochenta. Sin embargo, independientemente de la comparación histórica, debo decir que actualmente hay muy buenos acordeonistas en todos los estilos de música y creo que seguirá saliendo gente muy interesante. En este sentido sí goza de buena salud, aunque, visto históricamente, el momento actual es muy bajo.

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Foto: Pablo Lobo.

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