En el cuerpo y por el cuerpo me incorporo al mundo y lo incorporo, penetro en él y lo transfiguro. 
Joaquín Xirau. Presencia del cuerpo. 

 

La crisis del Covid-19 nos ha impuesto una nueva manera de vivir nuestros hábitos, tan impregnados en nosotros y tan inscritos en nuestros cuerpos que de pronto, tenemos que descodificar lo aprendido para adaptarnos a un esquema espacio-temporal del que no tenemos, en la mayoría de las historias de vida, conciencias ni experiencias previas.  Estamos tan acostumbrados a vivir en nuestro cuerpo, este ente que vive detrás de nuestros hábitos y actos, que no le prestamos atención; porque, por sí mismo, él se muestra y explica nuestra realidad. Solamente nos damos cuenta de él cuando enferma, se traumatiza, envejece o nos obligan artificialmente a paralizarlo. Así, entonces, se convierte en un objeto que extrañamos, que no vemos y que obstaculiza nuestros hábitos. Si enfermamos, nuestro cuerpo, tal y como lo vivimos, nos obliga a resignificarnos; si nos imponen  encerrarlo en un espacio, nos damos cuenta de cierta instrumentalización, de cómo en muchos de nuestros imaginarios lo hemos entendido como un instrumento para manejarnos en la vida y no como un ente en sí mismo que tiene sus experiencias, que nos habla y debe ser escuchado. Esta circunstancia vital nos ha puesto de relieve la corporeidad como un entorno, el cuerpo como un lugar: la casa de nuestras experiencias, un espacio en el que las cosas nos suceden. Quizá sea el propio cuerpo el que nos pueda ayudar o el que nos aporte los recursos para poder manejarnos en esta situación de excepción. 

Puede ser un buen momento para retomar las teorías filosóficas fenomenológicas del cuerpo vivido. Husserl o principalmente el francés Merleau- Ponty desarrollaron la intencionalidad operante en el cuerpo, entendiéndolo como un sujeto-objeto, como un yo puedo práctico, un motor capaz de crear hábitos sensorio-motores que pasan a formar parte de un saber corporal. Una toma de conciencia de nuestra existencia, de nuestra situación física, fisiológica, biológica y la vida compartida (social, económica, política)” (1). Es decir, que existimos gracias a nuestro cuerpo y que en el mismo momento en el que vivimos en el mundo o estamos inmersos en nuestros proyectos, en nuestras ocupaciones, con nuestros amigos, en nuestros recuerdos… también podemos caminar, escuchar nuestra respiración, percibir un olor, comer una manzana, bailar, conectarnos con una llamada… Precisamente porque el cuerpo puede cerrarse al mundo y aislarse, también nos abre a él si lo dirigimos con conciencia. El cuerpo propio es vivido reflexivamente” (2), pero hay que sentirlo para pensarlo. Por todo ello, todo lo que nos sucede en el cuerpo, en el plano físico, es una enseñanza que debería ser escuchada y atendida.   

Ante situaciones complejas o con un perfil traumático si es vivido desde esa subjetividad, tendemos a hacer una disociación, un mecanismo de defensa que desconecta el cuerpo de la mente. Así, la mente se engaña con la ilusión de que tiene el control, y, el cuerpo, sigue su curso expresándose en los niveles que se le permiten. Esta crisis la podemos vivir así, disociados. Pero si nos paramos a escuchar lo que el cuerpo nos quiere decir, quizá sea más fácil que conectemos con el presente, con el aquí y ahora de nuestra experiencia. Y, la experiencia, para el cuerpo vivido, es sentir. El autoconocimiento de sentir nos ayuda a conocernos y a tomar conciencia de la realidad, y esto, a su vez, nos imprime en lo cotidiano, en los hábitos. Pero la enfermedad o la percepción de poder enfermar, todo el sufrimiento que produce la incertidumbre de  que está por llegar, el dolor en general, nos lo impiden. Esta crisis (y todo lo que está provocando), es un evento desconocido que no predecimos, que no conocemos porque no la hemos vivido antes, y esto, dificulta ese saber de nosotros mismos y la posibilidad de explorar nuestras capacidades ante las dificultades. Pero también es cierto, que podemos compartir el miedo, la tristeza o la alegría; sin embargo, no podemos hacerlo igualmente con el dolor. El dolor, el dolor mental, y sobretodo el físico, es inalienable y nos asume en una soledad no deseada. Podríamos aprender a convivir con la sensación dolorosa si nos distanciamos del cuerpo, pero no de los factores afectivos o emocionales, porque el yo que se duele es ese conjunto de factores. 

¿Qué podemos hacer de manera individual con nuestro cuerpo en un espacio cerrado? ¿Cómo resignificamos el término “soledad”? ¿Qué sentido tienen para nuestra vida el orden cotidiano, las rutinas, la familiaridad y la repetición? ¿Cómo podemos percibir el tiempo subjetivo desde el cuerpo en un tiempo objetivo que transcurre?  

Fenomenológicamente, sería necesario pensar en todo ello con el cuerpo, con todos los cuerpos que están en esta crisis, (los sanos o felices, los enfermos o dolientes), y trascender de la experiencia personal a la colectiva.  Nos gustaría estar-en-el-mundo con la conciencia de la vulnerabilidad general que sentimos todos. Acompañarnos en estos momentos de igualdad mundial en cuanto a la circunstancia vital de pandemia, pero en lo que también se hace evidente, como diría Ortega y Gasset en su concepto de soledad radical, “nadie  puede vivir por ti, nadie puede vivir la vida que tú tienes. Porque uno vive solo en ese ir y venir de circunstancias y solo uno mismo es capaz de enfrentarse a esa soledad aunque busque un impulso de compañía” (3). Pero desde esa conciencia corporal que trasciende, y desde un nuevo concepto del mundo de lo cotidiano, pueden resurgir posibilidades existenciales a través del uso de las cosas, del lenguaje común compartido y de los compartimentos del día a día que nos hagan sentir menos solos. Las rutinas, los horarios, los cuidados a los niños o los dependientes, la alimentación saludable, el ejercicio físico, las llamadas, los cuidados, el uso del reloj cronológico, los aplausos de las ocho Hacer de este estado de excepción un nuevo cotidiano, una acción hacia otro lugar: cotidianizar (4). No como algo particular que ocurre, sino como una producción invisible que se convierta en un modo de ser, en una manera de encontrar en la seguridad de lo cotidiano, una forma de seguir explorando el ser y el estar-en-el-mundo, el sentido de la vida. Las repeticiones, las frecuencias, nos acostumbrarán a algo seguro, y ya no solo será el hábito de supervivencia de comer o beber, sino el hacer familiar esta excepcionalidad para sentir nuestros espacios, nuestras casas, hogares o habitaciones, como lugares tranquilizadores que nos permitan estar y avanzar aunque hacia fuera todo parezca que se desmorona. 

En definitiva, vivir el cuerpo, ponernos en diálogo con el espacio que habitamos para poder entender más de nosotros mismos, respirar con conciencia, sin bloqueos, explorar lo que nos pasa, sentirnos menos solos en esta soledad inevitable y que el cuerpo sea un sostén para cada uno de nosotros, pero también un medio para poder entender al resto de cuerpos que viven y sienten. Así nos podremos acercar a una realidad generalizada, aunque cada uno tengamos que vivir y hacer nuestro camino en solitario. 

 

NOTAS
1. López- Sáenz, Mª Carmen. Corrientes actuales de la Filosofía I: En-clave fenomenológica, UNED p.273-274. 
2.  López-Sáenz, Mª Carme. Corrientes… 
3. Ortega y Gasset, José. El hombre y la gente, Madrid, Alianza Editorial, 2006, pág.53.
4. Bégout, Bruce, “La potencia discreta de lo cotidiano”. En Persona y sociedad, Vol. XXIII, nº 1, Universidad Alberto Hurtado, 2009, p. 9-20.
IMAGEN DE CABECERA: Javier Vila, La Caverna de la Luz.

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