Uno de los contrafuertes que sostienen cualquier investigación y que, a su vez, explican el significado de la propia actividad, es la divulgación, la transmisión de los conocimientos hallados durante largas horas de solitaria faena. Así, entre los mecanismos que ilustran ese matiz de compartir, y que tienen en la colectividad su sujeto paciente, se encuentra el fenómeno de la exposición, una suerte de declaración al público de una materialidad pasada, presente o futura, o de las tres cosas a la vez, como ocurre en el caso que se pasa a examinar a continuación.

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El lugar en el que se instaló la exposición en cuestión no fue, en absoluto, casual. Desde el inicio, cuando se planteó la realización de una muestra que ilustrara el desarrollo arquitectónico y urbanístico de la Torrelavega que fue de las décadas finales del siglo XIX a las primeras del XX, no hubo dudas respecto al espacio que debía ocupar. La Sala de Exposiciones Mauro Muriedas es un edificio proyectado por el maestro de obras Pablo Piqué (1848-1918), en el año 1901, en la entonces llamada calle del Tropiezo, ahora calle Pedro Alonso Revuelta. La cochera, pues esa fue su función en origen, fue encargada por Ramón Fernández Hontoria (1853-1934), II Conde de Torreanaz, y estilísticamente se encuentra muy próxima a los principios historicistas de los años del cambio de siglo.

Efectivamente, la exposición se concibió con el objeto de ilustrar el progreso arquitectónico y urbanístico de Torrelavega, entre 1870 y 1920, desde diferentes puntos de vista. Iniciaba el recorrido una sobrecogedora imagen, el retrato del ya mencionado Pablo Piqué, el mayor responsable de materializar ese crecimiento y de codificar, en el plano de la arquitectura, un nuevo modelo de vida propio de la modernidad, con la incorporación en los edificios de extensas galerías acristaladas que exteriorizaban el propio interior de los hogares o de esquinas achaflanadas para aligerar la estrechez de las calles, entre otros elementos.

La  inclemente mirada de la instantánea, junto al texto que lo acompañaba a su derecha, evocaban el recuerdo de un tiempo complejo. El motivo de este principio expositivo tan singular era doble: por un lado, provocar una emoción en el espectador (sorpresa, conmoción, enfado, etc.), para entender que la historia también afecta los sentimientos pues, al final, se refiere a personas, a individuos de carne y hueso. Y, por otro, saldar una deuda, brindar un homenaje a ese hombre y también a aquellos otros cuyos nombres están aún por conocer porque, incluso, puede que ni siquiera hayan trascendido; a aquellos que fueron antes y después, porque todos han sido los encargados de imaginar y materializar la ciudad que es hoy Torrelavega.

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A continuación, el visitante recorría una Torrelavega que se presentaba, precisamente, desde el cielo. El fallido plan general de población y ensanche de 1886 y los planos de detalle de ese mismo, datados en 1892, y varias fotografías aéreas de entre 1905 y 1915, ofrecían la posibilidad de callejear, de imaginar el transitar de los vecinos y las vecinas de entonces. A esto mismo, contribuía un texto extractado de una guía anunciadora de la ciudad, de hacia 1908, en ese interés por reunir, en un mismo espacio, las diferentes fuentes útiles para el estudio del pasado.

En este punto, y ya de vuelta al nivel del suelo, se enfilaba la tercera parte de la exposición, en la que la propia arquitectura guiaba el recorrido: eran los edificios, las calles y las plazas que aparecían representados en esas fotografías, anuncios, alzados y planos, quienes contaban la historia de la ciudad, en primera persona. Para ello, se seleccionaron doce hitos, ni los únicos ni los más importantes que sucedieron en esos cincuenta años, seguramente, pero sí aquellos que daban pie a percibir la apariencia y estructuración de ciertas zonas (la plaza mayor, la calle Ancha, el cementerio o el ferial de La Llama) y a descubrir anécdotas curiosas (cuándo se produjo la apertura de comercios como la guarnicionería de Salvador Alonso y la imprenta y librería de Antonino Fernández, o cuál fue el local que ocupó la primera sucursal del Banco Mercantil de Santander, por ejemplo). El espacio disponible y la figuración de la arquitectura en las fotografías y demás materiales depositados en el Archivo Municipal de Torrelavega limitó la elección de los mismos, de ahí que la selección fuera esa y no otra. Acompañando todo este conjunto de reproducciones, y en un nivel inferior, se incluyeron las cifras de población recogidas en los padrones de vecindario (años 1877, 1887, 1900, 1910 y 1920), para ofrecer una idea del crecimiento del núcleo, desde la simple base numérica.

Imagen-3Después de haber aprehendido cuál fue el ritmo constructivo de la ciudad a lo largo de las cinco décadas que van de 1870 a 1920, se llegaba al final de la muestra. Un punto y final que guardaba sorpresas para el visitante, quien debía aplicarse en un ilusionante juego de correspondencias. Se presentaban ocho fotografías, obra del fotógrafo David Fernández Díez, que descubrían la Torrelavega ya vista a lo largo de los cerca de 20 metros de superficie muraria, pero 120 años después, aproximadamente. En efecto, los protagonistas de esas últimas instantáneas eran, a su vez, los testimonios del pasado; afortunadamente, un pasado que todavía se puede recorrer porque es el palpable presente y que, ineludiblemente, se debe proteger y salvaguardar.

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Todos esos recuerdos que quedaron unidos en los muros de la Sala de Exposiciones Mauro Muriedas el pasado mes de septiembre, en una suerte de acompasada urdimbre, fueron traídos al presente y zurcidos durante intensas y fructíferas horas de trabajo. Consecuentemente, desde estas líneas se quiere agradecer con profundo cariño el apoyo y dedicación de todas las personas que contribuyeron a hacer realidad esta muestra, especialmente a la Gerencia Municipal de Urbanismo del Ayuntamiento de Torrelavega, así como a aquellas que la dotaron de significado, recorriéndola.

Sara del Hoyo Maza es licenciada de grado en Historia del Arte por la Universidad de Oviedo. Actualmente se encuentra realizando su tesis doctoral en el Departamento de Historia del Arte y Musicología de dicha universidad, labor que compagina con una beca de formación en el Museo Etnográfico de Cantabria.
Página personal: https://uniovi.academia.edu/SaradelHoyoMaza

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