A mediados del siglo XVII, la ciudad de Sevilla conoció uno de los episodios más negros de su historia. En 1649, la urbe sufrió los rigores de una epidemia de peste bubónica que se extendió con gran rapidez por sus barrios, ocasionando miles de muertos en escasos meses. Por si fuera poco, su población, a causa de la merma demográfica experimentada con motivo de la enfermedad, hubo de contemplar con impotencia cómo gran parte de sus cosechas quedaban sin recolectar debido a la falta de mano de obra, dando ello pie a la consiguiente hambruna, que engrosó el volumen de víctimas. En tan trágica coyuntura, la Hermandad de la Caridad de Sevilla conoció un repentino incremento en el número de hermanos.

Fundada aproximadamente un siglo antes, la Hermandad de la Santa Caridad había sido creada por iniciativa de Pedro Martínez, un eclesiástico de la Catedral, de Sevilla para dar sepultura a los criminales ejecutados cuyos cuerpos no eran reclamados por nadie. Su actividad no tardó en hacerse extensible a otros colectivos, como los cadáveres de mendigos o los que se encontraban flotando en aguas del Guadalquivir. Los acontecimientos vividos por la ciudad hispalense a mediados del siglo XVII explican el rápido aumento del número de miembros, pues el auge de la mortalidad vivido en aquellos meses se cobró un altísimo número de vidas.

Algunos años después, en 1662, un joven aristócrata llamado Miguel de Mañara ingresó en la Hermandad de la Santa Caridad, convirtiéndose en Hermano Mayor y líder de la misma tan sólo un año después. Mañara había nacido en Sevilla en 1627. A lo largo de su vida, desempeñaría distintos cargos en el gobierno de la ciudad y pasaría a formar parte de la Orden de Calatrava. Pese a todo, según sus propias confesiones, el noble distó mucho de llevar una vida ejemplar hasta su entrada en la hermandad -no han faltado estudiosos que han sugerido que pudo inspirar el personaje de Don Juan Tenorio-, precipitada por el fallecimiento de su esposa en el año 1661, con el que puso fin definitivo a una díscola trayectoria.

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Don Miguel de Mañara leyendo la Regla de la Santa Caridad | Juan de Valdés Leal

Entre los méritos de la labor reformista de Miguel de Mañara sobresale la construcción de un hospital con una iglesia adyacente -la Iglesia y Hospital de la Caridad de Sevilla-, cuya decoración corrió a cargo de algunos de los pintores más destacados del momento, como Bartolomé Esteban Murillo o Juan de Valdés Leal. Lejos de componer un discurso deslavazado, Mañara se propuso el diseño de un programa iconográfico cuya finalidad, en palabras del propio aristócrata, era la siguiente:

Ponderar la brevedad de la vida, la muerte cierta y que todo se acaba; pintar el riguroso trance de la muerte y que la mayor grandeza para en gusanos; alentarnos en la santa limosna, y ejercicios de la Caridad para conseguir buena muerte.

El pensamiento de Mañara se halla recogido en una obra que él mismo escribió y responde al título de Discurso de la Verdad. El libro está estructurado en veintisiete capítulos y dos partes, la primera de las cuales no es sino una advertencia dirigida a aquéllos que fundan su existencia en la consecución de los goces y vanidades de la vida terrenal. En consonancia con esta visión, el templo acogería las piezas artísticas del siguiente modo: los Jeroglíficos de las Postrimerías, de Valdés Leal, precederían al conjunto al verse ubicadas en el sotocoro; a continuación, los muros de la nave sostendrían las seis pinturas encargadas a Murillo y cuya temática sería la caridad; al fondo estaría emplazado El entierro de Cristo, conjunto escultórico de Bartolomé Simón de Pineda, con el que se aspiraría a simbolizar el entierro de los muertos y su posterior resurrección. El mensaje que Mañara quería transmitir consistía en la afirmación de que la caridad no sólo era un acto de humanidad, sino que semejante acción podía preparar el alma del buen cristiano para el Juicio Final, garantizando así su salvación. Se trataba pues de un planteamiento orientado a su contemplación por parte de los miembros de la hermandad, igualmente pertenecientes a la aristocracia, a quienes debía invitar a una profunda reflexión de carácter existencial.

Juan de Valdés Leal (1622-1690) fue el autor responsable de los Jeroglíficos de las Postrimerías, conformado por dos pinturas. El artista, cuya actividad se desarrolló en las ciudades de Sevilla y Córdoba, es descrito con frecuencia como «pintor de la muerte». Las pinturas de este díptico, In ictu oculi y Finis gloriae mundi -que podemos enmarcar en el género de vanitas-, han contribuido decisivamente a esta consideración. Situadas en el sotocoro de la iglesia, estas obras debían servir a modo de prevención, instando a quien las contemplaba a priorizar la salvación de su alma, evitando con ello la condenación eterna. Esta intencionalidad es ya delatada por el texto que preside el sotocoro, en donde se puede leer una cita del Evangelio de San Mateo:

Escuchad la palabra del Señor: venid benditos de Mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, peregriné y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y vinisteis a verme.

La lectura de las pinturas debe ser realizada de izquierda a derecha, ya que es de este modo como narran Los Novísimos sus historias -sucesión de Muerte, Juicio, Infierno y Gloria-, plasmadas en los óleos.

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In ictu oculi | Juan de Valdés Leal

En In ictu oculi, la muerte irrumpe en la composición representada como un esqueleto que porta una guadaña y un ataúd. Su mano derecha apaga una vela -la vida- sobre la que podemos leer el texto que da nombre a la obra, extraído de la I Epístola de San Pablo a los Corintios. «In ictu oculi» es una expresión latina que quiere decir «en un abrir y cerrar de ojos» y alude al modo abrupto en que la muerte llega para reclamarnos. El pie izquierdo del esqueleto se apoya sobre un globo terráqueo, pues la voluntad de la muerte gobierna el mundo sin excepciones. Símbolos del poder eclesiástico y civil aparecen desparramados en la parte inferior, en donde comparten espacio con otros que refieren las glorias de las armas, las letras y las ciencias, igualmente efímeras. Son objetos entre los que se incluyen una tiara, un cetro, una corona, una espada o unos libros, identificados hoy en su mayoría.

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Finis gloriae mundi | Juan de Valdés Leal

A la derecha de In ictu oculi, Finis gloriae mundi viene a complementar el mensaje ya prologado por la primera. Llegada la muerte, en esta ocasión se nos muestra una cripta que contiene varios cadáveres en estado de descomposición y recorridos por un gran número de insectos. En primer plano podemos identificar el cuerpo de un obispo, reconocible por sus ropajes, y el de un caballero de la Orden de Calatrava, como evidencia la cruz de su hombro. Los dos descansan en sus correspondientes ataúdes. Una lechuza y un murciélago pueden ser divisados al fondo, confundiéndose con la oscuridad que habitan. En la parte superior, la mano estigmatizada de Cristo sostiene una balanza en cuyos platos se pueden leer las inscripciones «NIMAS» y «NIMENOS», esto es, ni más pecados son necesarios para condenarse ni menos buenas obras para salvarse. De un lado, toda una serie de animales representan los pecados capitales, como son los casos del cerdo y el mono, asociados a la gula y la lujuria; del otro, observamos las herramientas con que cuenta el hombre para la salvación, entre los que hallamos un corazón con el anagrama de Jesús, libros de oración o un crucifijo con los clavos de punta. La conducta del ser humano inclinará la balanza de un lado o del otro, es decir, del de la condena o del de la salvación.

Los Jeroglíficos de las Postrimerías son quizá los mejores ejemplos de la pintura española dentro del género de vanitas, un tipo de pintura de orden moralizante cuya meta era poner de relieve la fugacidad de la vida. La calavera acostumbra a ser el elemento iconográfico que más directamente alude a la muerte, viéndose acompañado por flores, naipes, instrumentos musicales, libros o relojes que ensalzaban la preocupación por una buena muerte antes que por una existencia hedonista y frívola.

Memento mori.

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