“Exilio: Separación de una persona de la tierra en que vive. Expatriación, generalmente por motivos políticos. Efecto de estar exiliada una persona. Lugar en el que vive el exiliado.”

Diccionario de la Real Academia Española

Si nos atenemos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, el término “exilio” responde a varias acepciones, de las cuales, al menos las dos primeras, conllevan explícitamente a la categoría de separación física de una persona del lugar en el que habitualmente ha vivido hasta la manifestación de los hechos, normalmente de persecución política, como bien describe el mencionado diccionario, que desencadenan el extrañamiento del exiliado.

En la mente de todos existen, sin hacer mucho esfuerzo, abundantes ejemplos que llegan hasta nuestros días con las mareas de refugiados que nacen de los conflictos armados y de la implantación de regímenes autoritarios de toda condición; aunque, por cercanía a los habitantes de este país la palabra “exilio” les retrotraiga a nuestra Guerra Civil, a la derrota de una República democrática y al advenimiento de una dictadura vengativa que sembró los caminos del mundo de una amarga diáspora de españoles vencidos.

Sin embargo, sería justo reconocer que hay casos en los cuales los significados académicos de la lengua son como cinchas que constriñen la realidad. Una realidad mucho más diversa sin duda.

En 1969 el régimen franquista permitió a Max Aub, un exiliado ilustre desde hacía 30 años, su regreso a España durante dos meses para documentarse sobre la figura de Luis Buñuel a propósito de un libro que estaba escribiendo. Sus reflexiones sobre este transitorio retorno las plasmó en un diario que tituló La gallina ciega. En él reflejó su estupor ante un país que no reconocía y denunció la indiferencia y la desmemoria impuesta por el franquismo, añadiendo en su aflicción que “España se metió en un túnel de treinta años y salió a otro paisaje”.

Pues bien, imaginen a alguien, no digamos Max Aub, pero si a alguien con inquietudes y sensibilidad o tradición democrática semejante a la del escritor valenciano, viviendo en ese túnel día tras día durante años. Eso es el exilio interior.

Jorge Teillier, el poeta chileno objeto de estos comentarios, fue un exiliado en su propio país. Lo fue porque su naturaleza así lo propició y también tras la toma del poder en Chile de los militares al mando del general Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973. Seguro que conocen más ejemplos de gente que no pudo o no quiso, por múltiples razones, salir de su tierra tras la fatal imposición de una dictadura, como ocurrió con el caso de Teillier.

Jorge Teillier había nacido en la comuna de Lautaro, perteneciente a la región de la Araucanía, en 1935. Era nieto de un inmigrante francés procedente del distrito de Angouleme, en la región de Poitou-Charente. Esto, unido a que su tierra natal se puede considerar centro neurálgico del territorio mapuche en Chile, hace que desde sus orígenes el poeta bebiera para su desarrollo personal de las fuentes de dos culturas claramente diferenciadas, la europea y la indígena.

A los dieciocho años abandona su ciudad para estudiar Historia en Santiago y en 1956 publica su primer libro de poemas titulado Para ángeles y gorriones, en el que ya comienzan a advertirse, no solo las influencias literarias que lo acompañarán gran parte de su vida, tales como Friedrich Holderlin, George Trakl o Sergei Esenin. En 1968 dice al respecto: “Cada poeta tiene una línea que va siguiendo. Es la mía la de Francis Jammes, Milocz en alguna de sus etapas, René Guy Cadou —un poeta con cuya visión del mundo creo tener afinidad—, Antonio Machado, para citar a los poetas principales, y en las lenguas que puedo leer en versiones originales, lo que me parece fundamental. En prosa, la línea de Robert Louis Stevenson, Alain Fournier, Selma Lagerlof, cierto Knut Hamsum, Edgar Allan Poe.”

En esa panoplia de influencias (con Rilke coincidirá en la concepción del lar) y a partir de esa primera obra publicada se sustentará lo que será el principio medular de su escritura, lo que se ha dado en llamar poesía lárica y de la que Teillier fue el máximo impulsor.

El poeta, que en otro manifiesto posterior dirá que “no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido y sin puerta de escape que vemos deambular por el mundo literario”, publicará en 1965 un manifiesto titulado Los poetas de los lares, en el que reflejará fielmente su modo de concebir el hecho poético.

El escritor vasco Fernando Aramburu, en su comentario a un poema de Jorge Teillier que se recoge en el libro titulado Vetas profundas, dice lo siguiente a propósito del poeta chileno:

“Teillier empleó diversos recursos para librarse del peso de la realidad. La bebida fue sin duda uno de ellos, pero no el único. A menudo buscó evasión en el retiro a la soledad del campo; también ejerciendo la poesía más allá incluso de la tarea práctica de escribirla. Esto último presupone una firme convicción en la existencia de una manera poética de pasar la vida, manera que va dejando por el camino una estela de poemas y, al final, una obra; pero cuyo impulso primordial se dirige a la obtención para el hombre de un estado de gracia o, en todo caso de un estado de ánimo positivo”.

A su vez, el propio Teillier en una suerte de poética manifestaba lo que sigue a continuación:

“Me parece que todo poeta en esta sociedad se suele considerar un sobreviviente de una perdida edad, un ente arcaico. La poesía es una enferma grave, a la que se le toleran algunos caprichos en espera de su futura muerte, y también la Cenicienta (para editores) de los géneros literarios aun cuando la novela sea ‘la poesía de los tontos’, según dice mi amigo el poeta Molina Ventura. La burguesía ha tratado de matar a la poesía, para luego coleccionarla como objeto de lujo. Me parece un signo de estos tiempos ver cómo medio mundo reúne cosas que nunca se usarán: volantines que jamás se enredarán en un árbol, botellas que nunca recibirán vino, redes de pescadores que no sirven para atrapar un pez, llaves mohosas para ninguna puerta, “posters” con efigies de muertos que de algún modo se contribuyó a matar. El poeta es un ser marginal, pero de esta marginalidad y de este desplazamiento puede nacer su fuerza: la de transformar la poesía en experiencia vital, y acceder a otro mundo, más allá del mundo asqueante donde se vive. El poeta tiende a alcanzar su antigua “conexión con el dínamo de las estrellas”, en su inconsciente está su recuerdo de la “edad de oro” a la cual acude con la inocencia de la poesía. Si soy extraño en este mundo no soy extraño en mi propio mundo, reflexiona el creador, y a la larga, en poesía, “lo que no es práctico resulta ser lo práctico”, como escribía Gunnar Ekelof.  (…) Qué puede ver el ciudadano del siglo XX en la Luna sino un pequeño satélite cuya probable utilidad será la de depósitos de perfeccionados proyectiles nucleares, allí donde las jóvenes irlandesas veían al rostro de su futuro amado, los puritanos de Boston a un duende maléfico, los nativos de Samoa una anciana hilando nubes, los niños de hace treinta años a la Sagrada Familia rumbo a Egipto. El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores”.

Y es ese mito donde estriba la poesía lárica que propone Jorge Teillier. Se trata de un regreso al lar, al hogar entendido como la aldea primigenia, en el mundo de frontera. Esa frontera que separa el paraíso perdido en la que también juegan un papel importante los antepasados transfigurados en figuras míticas, en ángeles guardianes.

En sus propias palabras:

“Frente al caos de la existencia social y ciudadana los poetas de los lares (sin ponerse de acuerdo entre ellos) pretenden afirmarse en un mundo bien hecho, sobre todo en el mundo del orden inmemorial de las aldeas y de los campos, en donde siempre se produce la misma segura rotación de las siembras y cosechas.
Asimismo, se plantea el regreso a la infancia entendida de la siguiente forma: la nostalgia de los poetas de los lares, su búsqueda del reencuentro con una edad de oro, que no se debe confundir sólo con la de la infancia, sino con la del paraíso perdido que alguna vez estuvo sobre la tierra.”

Dice Niall Binns, poeta y estudioso de la obra de Teillier, en el prólogo a la antología titulada El árbol de la memoria: “Hay dos fuerzas en tensión en la poesía de Teillier: por un lado, la lucha por retener o recomponer la experiencia utópica y la mirada del niño; por otro, la lenta, implacable y múltiple pérdida de todos los valores y las esperanzas. Y es esta pérdida la que termina predominando. El esfuerzo por recuperar lo irrecuperable es destinado, fatalmente al fracaso; el retorno a los lares es un camino inexorable que conduce a la nada, a la tragedia”.

Y será la tragedia, en definitiva, la que le muestre diversas caras a Jorge Teillier a lo largo de su vida. Ya hemos hablado del desarraigo del disconforme con un tipo de vida que no desea, pero de la que es imposible huir para regresar a la naturaleza familiar y al paraíso perdido de la infancia. Hemos apuntado en algún momento su inclinación al alcohol, al principio reflejada en sus textos y en sus declaraciones como un rito familiar sin relevancia pero que poco a poco irá socavando su salud hasta producirle la muerte en 1996 por cirrosis hepática.

Y por último es necesario hacer referencia a un acontecimiento primordial en la Historia de los chilenos, como es el golpe de Estado de 1973 con la caída de Salvador Allende y de paso del régimen democrático que sustentaba. En el caso de Jorge Teillier, los sucesos que comienzan el 11 de septiembre del año mencionado vienen a ser como una explosión que le arrebatara lo más cercano o que retirara sorpresivamente el suelo bajo sus pies.

Teillier, procedente de una tradición familiar comunista, simpatizante de ideas de izquierda y del que sería luego Presidente de Chile, Salvador Allende Gossens, se mantuvo siempre ajeno a todo aquello que lo pudiera finalmente vincular con el poder. De hecho, optó por refugiarse en su trabajo en el Boletín de la Universidad de Chile en vez de buscar un cargo más expuesto a partir de su prestigio o simpatía con la izquierda. Si bien fue cauto a la hora de abanderarse con las políticas sociales implementadas, primero por Frei Montalva y luego por Allende, no dejó de apoyar lo que veía como un camino más justo para Chile. A propósito de la victoria de Salvador Allende y la Unidad Popular en las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1970, escribió:

“Me gustó ir a mi pueblo en la hora del triunfo. Se respira un aire nuevo hasta en las ramadas donde se cantaba Venceremos. Un aire nuevo que no soportan los momios (o fachos: fascistas) que hablan de irse al extranjero, amenazan de muerte a los dirigentes locales de la Unidad Popular. Claro, no se pueden conformar con un mundo nuevo en donde, entre otras cosas, no puedan darle leche a los chanchos como lo hacen ahora, antes de venderla a un precio justo. Había un aire nuevo. Nuevo como la sangre bullente de las manzanas en la chicha con la cual bebimos este Dieciocho con los viejos amigos que esperaron y lucharon 18 años por el triunfo de Allende y la Unidad Popular”.

Por otra parte, sabedor de su incapacidad para abrazar la poesía social o de combate, tan en boga en aquellos años, algo que le achacaban poetas coetáneos, él declaraba con cierta amargura:

“Hijo de comunista, descendiente de agricultores medianos o pobres y de artesanos, yo,  sentimentalmente, sabía que la poesía debía ser un instrumento de lucha y liberación… Pero era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa que aún ahora suele perseguirme… Fácilmente podía ser entonces tratado de poeta decadente, pero a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y ciudadano (no quiero decir ciudadano elector, por supuesto) tiene derecho a elegir la lucha a la torre de marfil o de madera o de cemento. Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias”.

Sobre el golpe de estado dice: “El golpe me afectó anímicamente porque mi padre, entre otras cosas, fue condenado a muerte, pero logró huir. Mis hijos estuvieron en el exilio. La mayor parte de mis amigos tuvieron que partir al extranjero o quedaron cesantes… Yo me quedé en Chile, en una atmósfera bastante pesada. No me persiguieron, pero se sentía en el aire que era otra respiración que la de los años 60. Pero en mi poesía no influyó mayormente”.

Al hilo de esta última afirmación tomamos como referencia el artículo publicado por el periodista Daniel Osorio en el diario digital El Desconcierto, titulado “Teillier: un poeta antes del desorden”. Teillier se quedó solo, viviendo en Chile en una suerte de exilio interior, que aumentó su desesperanza, y también su necesidad de beber. Su poesía se hizo más oscura.

Tras el golpe militar, mucha de su creación poética remite, no a la dictadura, sino a sus consecuencias. Quizá su poema más duro sea el titulado “En el mes de los zorros”, publicado en su libro Para un pueblo fantasma de 1978, con metáforas que no dejan lugar a dudas sobre cómo Chile se había transformado en una pesadilla.

“Quién nos devolverá los amigos muertos
ese mes de los zorros y los días de sol frío.
Quién nos devolverá
esa calle que ahora los ancianos vigilan airados
porque no pueden extirpar la zarza de ardientes
raíces,
porque el viento mueve las hojas del bosque
predicando esperanza
mientras las hechiceras remueven en sus calderos
la sangre de sus víctimas que beben friolentas
porque ningún sol cantará en sus oídos”.

Sobre estas mismas circunstancias volvemos a Niall Binns que afirma lo siguiente:

“Pero hay otro factor igualmente corrosivo (tanto como el  alcoholismo) para Jorge Teillier: su obra posterior al golpe militar de Pinochet, después del cual sus padres y casi toda su familia tuvieron que exiliarse de Chile, se llena de una violencia hasta entonces ausente en su poesía. La casa familiar, los lares añorados y el pueblo donde se reunía con los amigos literalmente se han vaciado: las desapariciones, las derrotas y los destierros arrojan al hablante a un mundo de pesadilla, poblado de hechiceras, ogros y ancianos inmisericordes, y lo condena de nuevo al solaz pasajero y envenenado de las tabernas, a la ilusión engañosa de una compañía en la ebriedad, que dará paso, en los últimos poemas de Teillier al espectro de la soledad”.

Teillier vivió el gobierno de Allende como una corta fiesta, pero después todo fue una pesadilla de la que nunca se despertó. Si antes no cuadraba mucho, el nuevo Chile, que emergía de las cenizas de La Moneda, se le hizo insoportable. Si antes el mito poético en que creía era volver a la aldea original, ya no le quedaron ni aldea, ni amigos. Nada a lo que regresar.

Para terminar quisiera referirme al último fragmento de un pequeño libro epistolar titulado La Isla del Tesoro, escrito al alimón con el peruano Juan Cristóbal y publicado en el año 1982  en homenaje al admirado relato de Stevenson que, sin duda, puede servir como corolario de la figura de Jorge Teillier.

“Ya poco queda por hacer por estas playas, lo presiento, (el diablo y la bebida harán el resto): leer a Rilke, Milocsz, y al feroz Dylan Thomas siempre más alegre que nosotros, paseándose lleno de sueños en su vieja calesita y en el tiovivo de los niños con sus dieciocho vasos de wiskis a cuesta. No dejes, viejo amigo, de amar los abedules del granuja Serguei Esenin o el alcohol quemado de las noches desasidas. Ya no resisto más el peso de la realidad y los extramuros de mi vida, como dicen los mendigos de mi pueblo. Adiós y buen viento, no dejes de escribirme, que la dicha sea con vosotros y que los fantasmas de mi alma crezcan como los trigos en el campo o en el peñasco amarillo del silencio. Aprende a beber como los jóvenes la amarga cerveza del exilio”

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