«Pero ¿existe un equipo de psicólogos capaz de descifrar la mentalidad balcánica? De intentarlo, correrían el peligro de terminar en el manicomio». 

Ismaíl Kadaré, ‘Diario de Kosovo’ (1999)

Un gigantesco retrato mural de Bill Clinton preside la avenida principal de Pristina. Bajo la impactante imagen, de 12 metros de altura, una estatua del propio Clinton saluda a los miles de kosovares que recorren cada día sus calles con prisa, como si trataran de recuperar el tiempo perdido. 

Desde monumentos públicos hasta restaurantes y tiendas de ropa, la capital de Kosovo está plagada de guiños a Estados Unidos, muestra de agradecimiento y veneración por su ayuda militar en la guerra contra Serbia (1998-1999), así como por su apoyo a la declaración unilateral de independencia, hace poco más de una década.  

Símbolos de poder, más propios de una colonia que de un estado independiente, encierran sin embargo las huellas de un conflicto mucho más profundo, que hunde sus raíces en la Edad Media y que perdura aún hoy, veinte años después del fin de la guerra. 

Albania fue la gran olvidada de la Conferencia de Yalta (1945), en la cual Churchill, Roosevelt y Stalin sentaron las bases para la finalización de la Segunda Guerra Mundial, así como el reparto del territorio europeo para los siguientes 50 años. Kosovo, con población mayoritariamente albanesa desde seis siglos atrás, pasaría a formar parte de la República yugoslava de Serbia, alcanzando en 1974 el estatus de región autónoma. 

Winston Churchill (Reino Unido), Franklin Roosevelt (Estados Unidos) y José Stalin (Unión Soviética) durante la Conferencia de Yalta (1945).
Winston Churchill (Reino Unido), Franklin Roosevelt (Estados Unidos) y Iósif Stalin (Unión Soviética) durante la Conferencia de Yalta (1945). | Foto: Wikipedia Commons

En 1989, el presidente Slobodan Milosevic reforma la constitución serbia para abolir la autonomía de Kosovo. Apenas unos meses después, completa su ataque contra “los bárbaros y analfabetos musulmanes albaneses”: disuelve todas sus instituciones políticas, administrativas y culturales e instaura un estado de excepción permanente, iniciando así su particular limpieza étnica: 350.000 estudiantes albaneses pierden el derecho a la educación, mientras que colegios, institutos y las facultades de la Universidad de Pristina permanecen abiertas para la minoría serbia. 

La élite serbia se hace con el control del poder económico, consolidando el empobrecimiento de la población albanokosovar: desde agricultores y mineros hasta profesores y trabajadores administrativos, los despidos por origen racial son masivos. La atención sanitaria, por su parte, es proporcionada cada vez más por asociaciones humanitarias.  

Mientras tanto, los albaneses organizan dos formas de resistencia: una pacífica primero, con la declaración de una oficiosa República de Kosovo presidida por Ibrahim Rugova e ignorada en Occidente; otra violenta después, con la formación del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), generando el caldo de cultivo que desencadena la Guerra de Kosovo en 1998. 

En los Balcanes de finales del siglo XX, en una región de Europa huérfana de referentes culturales, un escritor va asumir la responsabilidad de concienciar al mundo sobre el sufrimiento del pueblo albanokosovar y el horror del totalitarismo.

Ismaíl Kadaré (Gjirokastra, 1936) está considerado el autor contemporáneo más importante de Albania. Nacido en una familia de modestos funcionarios, durante la II Guerra Mundial vivió las sucesivas invasiones de su ciudad natal por parte de fascistas italianos, griegos y alemanes hasta la victoria de los partisanos albaneses y la posterior dictadura comunista de Enver Hoxha (1946-1992). 

El éxito de su segunda novela, El general del ejército muerto, publicada en 1963 y traducida a varios idiomas casi de inmediato, disparará su estatus hasta el punto de garantizarse su propia independencia, precisamente en un régimen totalmente opuesto a la libertad de expresión: orgullo para el dictador por su proyección para Albania en Europa y al mismo tiempo temor por sus ideas, incómodas para el poder y siempre en el ojo de la censura. 

Ismaíl Kadaré en 1988, durante una entrevista en la televisión francesa. Foto: Institut National Audiovisuel
Ismaíl Kadaré en 1988, durante una entrevista en la televisión francesa. | Foto: Institut National de l´Audiovisuel (INA)

El reconocimiento internacional a su obra blinda a Kadaré de las presiones de la dictadura, pero esta extraña relación (ni disidente ni portavoz) estaba condenada a su fin, aunque llegara más bien tarde: En septiembre de 1990, en plena transición tras la muerte de Hoxha, solicita el asilo político en Francia y se traslada a París junto a su familia. A partir de entonces vive a caballo entre París y Tirana, en un fin de siglo marcado por el conflicto de Kosovo, cuando la población albanesa sufre la represión más cruel por parte de la Serbia de Milosevic. 

Desde el exilio, el escritor albanés pone en marcha una especie de diplomacia cultural: mantiene encuentros y contactos con algunos de los principales líderes políticos e intelectuales europeos, participa en debates públicos, publica artículos y realiza entrevistas en periódicos, radios y televisiones de todo el mundo. Así, Kadaré se convierte en la voz de Albania y Kosovo. 

Diario de Kosovo (Siruela, 2007) recoge buena parte de esa labor, plasmada en forma de artículos, cartas y otros textos escritos en su mayoría a lo largo de 1999, cuando la guerra de Kosovo alcanza una repercusión mundial: «Así fue como, a los ojos del mundo entero, al pueblo albanés le cayó en suerte experimentar una de esas infrecuentes calamidades que consiguen conmover a todo el planeta». 

Kadaré habla de un conflicto minusvalorado en Occidente, en el que la desinformación, promovida por determinados poderes nostálgicos de la extinta Unión Soviética, buscaba a menudo confundir a las víctimas con los verdugos, desorientando a la opinión pública cuando las masacres y las deportaciones en Kosovo revelaban un genocidio físico, político, legal y cultural. 

"Huyendo de Kosovo", premio Pulizter 2000. Fotografía de Carol Guzy, Lucian Perkins y Michael Williamson (The Washington Post).
“Huyendo de Kosovo”, premio Pulitzer 2000. | Fotografía de Carol Guzy, Lucian Perkins y Michael Williamson (The Washington Post).

El 30 de abril de 1999 publica en el diario El País El infierno lleva por nombre Kosovo, un extenso artículo en el que desmonta los argumentos de la estrategia serbia, desde la manipulación de la historia partiendo de la antigua batalla de Kosovo (1389), hasta la supuesta intolerancia religiosa de los musulmanes albaneses. 

Escribe estas líneas durante los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado, que forzarían la retirada del ejército serbio y pondrían fin a la guerra. La intervención, liderada por Estados Unidos, fue defendida abiertamente por Kadaré para detener los ataques serbios a los albanokosovares. Kosovo declararía su independencia en 2008, pero Serbia nunca la ha reconocido y la reconciliación avanza todavía lentamente, con el sueño de acceder a la Unión Europea en el horizonte. 

Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009 y eterno candidato al Nobel, Ismaíl Kadaré no fue un heroico disidente sino un escritor comprometido que supo defender su propia libertad y denunciar el horror del totalitarismo a través de su obra, haciendo “literatura normal en tiempos anormales”, la resistencia del último superviviente. 

Monumento dedicado a la independencia de Kosovo, repintado con las banderas de los países que la reconocen.
Monumento en Pristina (Newborn, Recién nacido), repintado con las banderas de los países que apoyan la independencia de Kosovo. | Foto: Wikipedia Commons

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