La amada abolida frente a un fregadero sucio,

la amada abolida disfrazada de guerrillera kurda,

la amada abolida rodeada de estalactitas

que crecen más rápido que sus uñas,

sitiada por ilusiones ópticas

que la someten a las obligaciones del yo.

 

A su lado

el espectro de un violador,

de un maestro de escuela,

de un peluquero trágico,

la obligan a ir vaciándose de realidad

 

pues todo

lo que la reconstruye

 

por medio de lo que es medible,

a saber:

su salario mínimo interprofesional,

su concentración de oxitocina en sangre,

 

por medio de lo que es pedagogizable,

a saber:

su forma de parir,

sus coitos sin cortesía,

 

por medio de lo que es punible:

a saber:

sus partos clandestinos,

la desescolarización de sus propios hijos,

 

la convence para que aspire a ser, aunque no quiera, el espejismo aseado.

 

Ilustración de Silvia Asensio para Revista Amberes.

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