El fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán han pasado a la historia como dos experiencias políticas abominables, en las que la barbarie y el crimen alcanzaron cuotas hasta entonces desconocidas. Sobre tal cuestión se ha escrito con profusión y quizá sea, con mucho, el tema más tratado por la historiografía en las últimas décadas. No ocurre así cuando nos referimos a la oleada de simpatía que dichos movimientos políticos suscitaron en muchos de sus contemporáneos, antes -y aun durante- el inicio de los pogromos antisemitas que tuvieron lugar a mediados de los años treinta y antes, por supuesto, de la llegada de la tragedia en forma de conflagración mundial. Ejemplo de esto es que todavía hoy existan dos avenidas en Chicago y en Nueva York en honor a Italo Balbo, Ministro de Aviación de Mussolini y promotor del vuelo trasatlántico Roma-Chicago, recibido con grandes fastos en dichas ciudades durante el verano de 1933. Asimismo, es conocida la frase que dedicó W. Churchill al Duce italiano: “el más grande legislador vivo”.

En los Estados Unidos, el antisemitismo incipiente se vio reforzado por  personalidades como Henry Ford, Walt Disney o Charles Lindbergh, quienes no se molestaban en disimular su desprecio hacia el pueblo judío -causa de la decadencia de la nación-,  a la vez que declaraban su admiración por el Führer alemán y su puesta en obra. De hecho, Ford es el autor de El judío internacional (1920), best-seller que influyó decisivamente en la configuración de la ideología nazi e inspiró buena parte de la autobiografía delirante de Hitler, Mi lucha (1925). Con la llegada de la Gran Depresión el fervor antisemita se disparó, pues se culpaba a los judíos de la crisis y sus consecuencias nefastas; se les acusó también de ejercer una influencia desmedida en el Administración Roosevelt, de cuyo gabinete formaban parte al menos dos prominentes judíos. Todo ello se tradujo en dificultades a la hora de encontrar empleo, en restricciones de acceso a colegios y universidades, vetos en clubes sociales, límites en el ascenso profesional y, al fin, en malestar generalizado.

 Este es el lienzo en el que se plasma la novela La conjura contra América (Mondadori, 2005), del escritor estadounidense Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933), de la cual me ocuparé en las siguientes líneas.

La conjura contra América pertenece al género de la ucronía. Se trata de una narración que, sirviéndose de un dispositivo contrafactual, imagina una historia alternativa a la que realmente ocurrió. Se puede decir que una ucronía es en esencia aquel relato que responde a la pregunta condicional sobre “¿Qué  hubiese pasado si en lugar de A, B?”. El campo que se abre a la imaginación ficcional a través de este recurso es inmenso y, bien utilizado, puede dar resultados óptimos. Este es el caso de La conjura, en donde Roth pone especial empeño en que los elementos producto de su inventiva guarden una relación estrecha con los hechos históricos reales. Además de dotar a la novela de mucha verosimilitud, proceder de tal manera sirve para lo que, en mi opinión, es de lo más interesante de esta obra desde el punto de vista del género al que pertenece: a diferencia de otras ucronías quizá más populares, La Conjura no se construye a partir de hechos consumados, esto es, la situación que se describe es aún reversible. Lo que hace el autor es abrir un paréntesis temporal que supone una ventana a través de la cual se cuela su imaginación; finalmente, la ventana se cierra y la ficción reconecta con el acontecer histórico que ya conocemos.

Entonces ¿cuál es el punto en que se efectúa la manipulación que ha de inaugurar el tiempo ucrónico? En un interesante artículo sobre el proceso de elaboración de la novela Roth recuerda así su propósito: “alterar la realidad histórica convirtiendo a Lindbergh en el trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos, al tiempo que todo el resto se mantenía los más parecido posible a la verdad actual”. En efecto, ese es el disparo de salida de la novela: Charles A. Lindbergh, un aviador de correos que había establecido algún record mundial, toda una celebridad en su tiempo, gana las elecciones presidenciales de 1940 a Franklin Roosevelt. Parece ser que, según el mismo Roth indica, la idea de que el joven y carismático piloto del Spirit of Saint Louis –reconocido antisemita y simpatizante nazi– se presentara como candidato fue considerada por el ala más fervorosamente aislacionista del Partido Republicano. En la historia real no pasó de encabezar la asociación cuasi WASP América Primero, mientras que en la ficción ocurrió que

“(…) el Partido Republicano eligió por aclamación como candidato al fanático que había denunciado a los judíos en una emisión radiofónica de alcance nacional como ‘otro pueblo’ que empleaba su enorme ‘influencia… para llevar a nuestro país a la destrucción’, en vez de hacer honor a la verdad reconociendo que éramos una pequeña minoría de ciudadanos (…) no menos leales a los principios de la democracia norteamericana que un admirador de Adolf Hitler.”

Con Lindbergh en la Casa Blanca, la política internacional estadounidense da un giro de ciento ochenta grados: de la colaboración con los Aliados pasa a firmar un pacto de no-agresión con Hitler (el ficticio Acuerdo de Islandia); permite la instalación de la embajada alemana y llega a recibir en fastuosa celebración de bienvenida al Ministro de Asuntos Exteriores del Reich, von Ribbentrop. Este conjunto de acciones, sumadas a los discursos controvertidos y algunas iniciativas legislativas del presidente, así como las manifestaciones hostiles de otros colectivos (el Bund germano-americano, el Ku Klux Klan, los camisas plateadas, etc.), contribuyen a condensar la atmósfera nociva que va envolviendo a los personajes principales -judíos-, a lo largo de todo el relato. Es necesario anotar que, si bien los sucesos a gran escala son relevantes a la hora de perfilar el telón de fondo, nunca llegan a ocupar un papel central en la historia, puesto que dicho lugar está reservado a la familia que la protagoniza.

La novela está escrita en forma de memorias. Es el propio Roth quien, ya adulto, recupera los recuerdos de su infancia sobre las experiencias de su familia tal como podrían haber sido si hubiese tenido que vivir bajo la presidencia del “admirador de Adolf Hitler”. Así, en el centro de la historia tenemos a un niño que observa, inocente e ingenuo, cómo la vida familiar modesta pero segura va quebrándose progresivamente bajo la presión de algo monstruoso, inconmensurable, lejano e incomprensible. Roth combina magistralmente el tono sosegado y la perspectiva general del narrador adulto, que conoce los hechos y es capaz ponerlos en relación, con la visión infantil que no puede trascender más allá de su inmediata cotidianeidad. Su intención era, según sus propias palabras, “descubrir la manera de dejar que el niño fuera un niño y, al mismo tiempo, introducir una inteligencia mediadora a través de la voz del adulto”.

Desde la primera línea queda explicitado el que será el tema principal de la obra: “El temor gobierna estas memorias, un temor perpetuo”. El nuevo estado de cosas que inaugura el cambio político pincha la burbuja de estabilidad en la que viven los Roth y hace saltar por los aires la red de seguridad y las garantías de una vida digna de los miembros de una familia que es modesta pero diligente. Ante los ojos del joven Philip se va diluyendo el

“(…) enorme legado de seguridad personal que yo había dado por supuesto como hijo americano de padres americanos en una escuela americana de una ciudad americana en una América en paz con el mundo.”

Y con ello, todo lo demás. Su padre, Hermann, que no se resigna a dejar a un lado su fe en el sistema y se niega a tomar el camino del exilio como muchos otros judíos; su madre, que sin descuidar su lado más dulce, revela su faceta más combativa y resuelta ante la cada vez más dramática situación; y su hermano, Sandy, muchacho de gran talento que, sin embargo, es seducido por el nuevo líder a través del programa de americanización Solo Pueblo, del que participa por mediación de su tía Evelyn, quien junto a su marido, el renombrado rabino Bengelsdorf, apoyan sin reservas al nuevo gobierno.

 “–¡No voy a huir! –gritó él [Hermann] alarmando a todos-. ¡Este es nuestro país!

–No –dijo mi madre con tristeza-. Ya no lo es. Es el de Lindbergh. El de los gentiles. Es su país –concluyó.”

No obstante la terca resistencia de la familia, cuando se desencadena la bestia y tiene lugar el primer pogromo, réplica de la Kristallnacht nazi, que se salda con más de cien muertos, la idea de resignarse y abandonar comienza a cobrar fuerza. El temor, que hasta ese momento era inspirado más por lo que podría hacer o promover el gobierno que por lo que efectivamente hacía, era ya insoportable. El obstinado Hermann, resilente durante todo la historia, ve como su moral se va minando progresivamente hasta que ya no puede más. “Se acabó- le dijo a Shepsie Tirschwell-. Ya no puedo vivir sin saber lo que ocurrirá mañana.”

La reflexión de fondo que subyace a lo que hasta aquí hemos comentado, y a la historia en su conjunto, trasciende los límites del marco familiar, de los sucesos nacionales y de los internacionales hasta cobrar, en palabras de J. M. Guelbuza (El País), la “categoría de problema histórico de la humanidad: la negación del otro”. De eso trata, en efecto, La conjura contra América, de la marginación que a muchos niveles sufrían los judíos estadounidenses. Y para Roth marginación y exclusión son “formas primarias de humillación, y humillación es mutilación”. Este punto se expresa de manera enfática en un pasaje de la novela

“Tampoco el hecho de ser judíos era un contratiempo ni una desgracia ni un logro del que estar ‘orgulloso’. Era aquello de lo que no podían librarse, de lo que de ninguna manera podría pensar ni siquiera en librarse. El hecho de ser judíos procedía de ser ellos mismo, como sucedía con el hecho de ser americanos.”

La desgracia sobreviene cuando se impone la mutilación, cuando se trata de seccionar elementos que conforman la identidad de los sujetos, cuando se les niega una parte de sí mismos hasta llegar al extremo de negarlos por completo. La tenaz resistencia a verse privados de sus derechos que simboliza el padre no pivota sobre el hecho de ser judíos, sino que descansa en el hecho, más importante para ellos, de ser ciudadanos americanos, con todo lo que ello comporta. “Algo esencial había sido destruido y se había perdido, nos estaban coaccionando para que fuésemos una cosa distinta a los americanos que éramos”, reflexiona el protagonista.

El “temor perpetuo” que recorre toda la novela es la manifestación contundente de esa circunstancia. Y es perpetuo porque tiene que ver con aquello que es elemental en una ucronía del tipo de La conjura contra américa, lo cual, dicho sea de paso, la diferencia de otros género afines tales como la distopía o la utopía y, a su vez, la distancia de otras ucronías quizá menos realistas. Me refiero a que al lector no lo abandona el desasosiego producido por la más absoluta certeza de que aquello que está ocurriendo en la ficción pudo haber sido efectivamente real, pues, como recuerda Roth, “en los años 30 estaban esparcidas las semillas para que ocurriera lo peor, pero no fue así”.

La publicación de La conjura contra América (2004) coincidió con un momento crucial de la vida política estadounidense, a cuya cabeza se encontraba el ínclito George W. Bush. A pesar de la insistencia de Roth a la hora rechazar una lectura en clave de actualidad, muchos han querido ver en esta novela una advertencia sobre las consecuencias de la manipulación y la demagogia políticas. En los Estados Unidos post-11-S, no se trataba ya de judíos, sino de musulmanes. Pero más allá de la posible lectura de La Conjura como alegoría de la era Bush y su “guerra contra el Terror”, lo que interesa aquí es poner de relieve la que quizá sea la principal virtud de la ucronía como género: esto es, la posibilidad de colocarte una situación ficticia pero plausible desde la que especular sobre la incidencia de lo contingente en el devenir histórico.

Cuando hoy en día, con el terrorismo yihadista golpeando con dureza también en Europa y Norteamérica, se vuelven a activar mecanismos similares a los que se dibujan en la novela para generar rechazo del diferente, para instaurar el halo de sospecha sobre  sectores sociales concretos o para dictar leyes antiterroristas draconianas; cuando líderes políticos abiertamente xenófobos, como Donald Trump o Marine Le Pen, se postulan a cargos políticos relevantes y gozan del apoyo generoso de amplias capas de la población y de los mass media, no sería del todo inoportuno -y mucho menos baladí- preguntarse:

¿Qué ocurriría si…?

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