«Si alguno entre vosotros se cree sabio según la sabiduría de este mundo, hágase loco, para que llegue a ser sabio. Puesto que la sabiduría del mundo es locura ante Dios.»

1 Corintios 3:18-19   

La Fiesta de los Locos fue una celebración de corte popular propia de la Edad Media y el Renacimiento europeos e inscrita entre las libertates decembricae, un conjunto de festividades de raigambre pagana que se desarrollaba entre los últimos y los primeros días del año. Pese a las dificultades existentes para diferenciarla de otros festejos con un trasfondo similar -como el obispillo o la fiesta del asno-, todo parece indicar que la conocida como Festum Stultorum se celebraba el 1 de enero, fecha en que se conmemoraba la circuncisión del niño Jesús en cumplimiento de la ley mosaica.

Loco era el desquiciado, pero también el necio, el deforme, el lisiado, marginados cuyo inexcusable crimen consistía en no hallar encaje dentro de un esquema social caracterizado por su rigidez y verticalidad. El loco suscitaba hilaridad, suspicacia,  rechazo e incluso temor, pero también era admirado como espíritu visionario, libre de las pulsiones que atenazan al resto de seres humanos y los precipita al insondable abismo del pecado. Esta ambivalencia alcanzaba su más elevada expresión con motivo de la Festum Stultorum y su cómica exaltación de la locura. Flögel ofrece una elocuente panorámica de las excentricidades inherentes a esta clase de festejos:

La nave de los locos (c. 1494-1510) | Hyeronimus Bosch
La nave de los locos | Hyeronimus Bosch (c. 1450-1516)

«En las catedrales se nombraba a un obispo-bufón. Este celebraba entonces un oficio solemne y daba su bendición. Los sacerdotes disfrazados entraban en el coro bailando, saltando y cantando canciones picarescas. Los subdiáconos comían salchichas, jugaban a las cartas y a los dados sobre el altar; en lugar de incienso, quemaban suelas de zapatos viejos y excrementos. Después de la misa, cada cual bailaba y corría por la iglesia a su gusto, y se entregaba a los mayores excesos; algunos se desnudaban por completo. Luego todos subían a carretas cargadas de excrementos y se hacían conducir por la ciudad tirando basuras al pueblo que los acompañaba.»

El eje de la fiesta era una misa burlesca, una parodia despiadada de la liturgia católica y su ortodoxia encabezada por miembros del bajo clero y desarrollada en el interior del templo, que acogía los más variopintos excesos. Libre de las restricciones cotidianas, el discurso del loco se tornaba transgresor y enrevesado se veía vehiculado por improperios, composiciones satíricas y sermones jocosos en lengua vulgar que se contraponían a la acostumbrada solemnidad de la predicación eclesiástica.

Los locos se identificaban por una indumentaria estereotipada, esto es, reconocible por todos y alejada de toda pretensión de realismo o representatividad del fenómeno de la demencia desde un punto de vista clínico. Estos atributos, realzados por medio de vivos colores, eran unos faldones recortados en puntas, una capucha con dos largas orejas y cascabeles (coqueluchon) y un cetro burlesco (marotte) rematado con una cabeza humana, los cuales se mantuvieron invariables durante centurias. Con frecuencia se lo presentaba tonsurado con dos mechones de cabello cortados en forma de cruz o acompañado por una gaita, instrumento musical que gozaba de gran predicamento entre las clases populares. El queso y el puré de guisantes, con fama de insalubres, constituían su principal sustento.

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Tres locos de Carnaval | Pieter Brueghel el Viejo (c. 1525-1569)

La fiesta de los locos transcurría en un período de mínima actividad en los campos -como era común en los primeros días del invierno- en una etapa en la que la inmensa mayoría de la población subsistía gracias al trabajo agrícola. El pueblo, ocioso, se entregaba entonces a una risa festiva, alegre y sardónica que equiparaba a actores y observadores, a quienes se hacía partícipes de la chanza para alivio de las penalidades diarias, acontecidas en un contexto de férrea disciplina social. La momentánea inversión de las jerarquías ponía de relieve lo efímero de la riqueza material, el poder político y el prestigio personal al tiempo que expresaba una arraigada nostalgia por una primitiva edad de oro en la que habrían imperado la abundancia y la armonía, al modo de las ya pretéritas Saturnales romanas.

Lejos de contar con la total aquiescencia de la Iglesia, la fiesta de los locos fue un recurrente objeto de controversia que enfrentó a partidarios y detractores de la misma en su mismo seno. No en vano, de entre los testimonios relativos a esta celebración, ya de por sí escasos, predominan los de carácter condenatorio, de los que proviene nuestro actual conocimiento de la materia. Tras encendidos debates, su prohibición se oficializó con ocasión del Concilio de Basilea de 1435, a cuyos dictámenes sobreviviría aún por varias décadas hasta su casi definitiva extinción en torno a las fechas del Concilio de Trento, punto de partida de la Contrarreforma.

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