¡Luz de este día, luz de alegría! Creo que los tristes

serán reconfortados por estas solemnidades.

¡Que desaparezcan la envidia y los cuidados!

¡Que se alegren todos los que celebran la fiesta del asno!

Desde tiempos remotos, los primeros y los últimos días del año en Europa sirvieron de marco para una serie de festividades vinculadas entre sí por el desenfreno, expresión máxima de las libertates decembricae. La adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano y su progresiva expansión por el continente a lo largo de la Edad Media no fueron óbice para que tales fechas mantuvieran su vocación cómica y burlesca. Una de estas celebraciones fue la fiesta del asno (festum asinorum), que gozó de una notable presencia en la Europa Occidental a partir del siglo XI.

Los orígenes de la fiesta del asno parecen remontarse a la temprana escenificación del Sermo contra judaeos, paganos, et Arianos de Symbolo, texto que hoy se cree redactado en torno al siglo VI, pero cuya autoría fue atribuida a Agustín de Hipona (354-430). Durante la representación, el sacerdote encarnaba a los distintos profetas hebreos, responsables de un torrente de invectivas con el solo propósito de convencer a judíos y paganos de la divinidad de Cristo. Uno de estos profetas, Balaam, irrumpía en el templo a lomos de un asno, el cual lo salvaba de la cólera de un ángel invisible y adquiría la repentina facultad de hablar. La popularidad de la escena habría propiciado el que ésta se desgajara del conjunto para constituirse en un espectáculo diferenciado.

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Balaam a lomos de su asno (1493) | Crónicas de Núremberg

La fiesta del asno (14 de enero) conmemoraba la huida de la Sagrada Familia a Egipto a raíz de la Matanza de los Inocentes, perpetrada por el rey Herodes. En esta celebración, una mujer joven, escogida por su singular belleza para interpretar el papel de María, era dispuesta sobre un asno con un niño en el papel de Jesús. Un cortejo procesional los escoltaba por las calles de la localidad hasta arribar a la iglesia. Llegados a ella, el asno, ornamentado con magnificencia, era situado en un lugar próximo al altar, en donde permanecía durante la misa. Tras el introito, se entonaba a coro la «Prosa del Asno», elogio de las cualidades de la criatura, cuyos primeros versos decían así:

Orientis partibus

Adventavit asinus

Pulcher et fortissimus

Sarcinis aptissimus.

Hez! Hez, Sire Asnes, Hez!

Desde el Oriente

nos llega un asno

hermoso y muy fuerte;

ninguna carga le es muy pesada.

¡Ey! ¡Ey, Señor Asno, ey!

Al final del oficio, y a modo de bendición, el sacerdote rebuznaba tres veces, con idéntica réplica por parte de los feligreses allí congregados.

Los excesos que aderezaban la celebración, tales como el consumo desproporcionado de alcohol o la práctica de la «fornicación» -así referida por los moralistas- y otras conductas sexuales en circunstancias de índole orgiástica, motivaron su condena por parte de un sector de la Iglesia. De hecho, un volumen considerable de la información conservada acerca de esta festividad procede de testimonios en pro de su estricto control o supresión. Uno de sus detractores fue el rector de la Universidad de París. Sus opiniones suscitaron la viva oposición del claustro de la Facultad de Teología, que allá por el año 1400 hacía apología de esta tradición:

«Nuestros eminentes ancestros han permitido esta fiesta. ¿Por qué se nos ha de prohibir ahora? Los toneles de vino estallan si no les sacamos los tapones de vez en cuando para orearlos. Así también nosotros, viejos barriles que el vino de la sabiduría nos haría estallar si lo conservásemos exclusivamente para el servicio de Dios. De esta manera, durante diversos días del año, lo ventilamos, nos abandonamos -para divertirnos según la tradición- a los placeres más exuberantes y a la locura, que es nuestra segunda naturaleza y parece ser innata en nosotros, y así, después volvemos con mayor entusiasmo a nuestros estudios y al ejercicio de la santa religión.»

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Miniatura de The Romance of Alexander (s. XIV) | Bodleian Library (Inglaterra)

No en vano, sus promotores acostumbraban a ser los propios canónigos, diáconos y subdiáconos de los templos, para los que se erigía en una oportunidad única para la transgresión de las normas establecidas. Ya en tiempos antiguos, San Agustín había predicado las bondades del juego y del placer para alivio de los rigores inherentes al estudio y la disciplina religiosa. Es lo que se conoce como teoría de la eutrapelia, abordada por el teólogo Tomás de Aquino (1224/1225-1274) en el contexto de su obra magna, la Summa Theologiae. Santo Tomás reconoce el valor de las distracciones para el descanso del alma e insiste en la necesidad de acudir a ellas en la lucha contra el tedio, concebido como un obstáculo para el buen aprendizaje. De acuerdo con el clérigo dominico, el pecado emana de la desmesura y no de la mera complacencia.

El asno es un asiduo de las narraciones bíblicas del Viejo y del Nuevo Testamento. A las ya mencionadas de Balaam y la huida a Egipto, habría que añadir la de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, en virtud de la cual se daba cumplimiento al augurio mesiánico del profeta Zacarías: «Salta de júbilo, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén, porque tu rey viene a ti: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, joven cría de una asna». En este sentido, el asno podría ser interpretado no ya sólo como instrumento de salvación del Jesús niño, sino como alegoría de la humildad de Cristo que, como ya afirmara Erasmo, «quiso cabalgar en un asno, cuando, si hubiera querido, habría podido hacerlo sin peligro en el lomo de un león».

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Entrada en Jerusalén (1304-1306) | Giotto di Bondone

Por otra parte, el asno se hallaba asociado a valores mundanos como la estupidez, la fuerza o la virilidad. Con su exaltación, la asinaria festa incidía en la ambivalencia del ser humano, a medio camino entre la animalidad y la divinidad. Coronado con una mitra y reverenciado como un obispo, el asno se configuraba como un símbolo del mundo al revés y su grotesca inversión de las jerarquías; dominado por sus instintos, ejercía como un recordatorio de la vulnerabilidad del individuo frente a la tentación.

Con el paso de los siglos, la fiesta del asno asistió a una pérdida gradual de su identidad, que terminó por diluirse en el seno de otras festividades navideñas -como la fiesta de los locos- hasta desvanecerse por completo en los albores de la modernidad.

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