Las hogueras del campamento cartaginés dibujaban columnas de humo en el cielo de principios de agosto. En torno al fuego, la algarabía de los soldados se transformaba en una mezcla de gritos y canciones en múltiples lenguas. Bendecidos por el vino, aplacaban sus nervios con bailes, pero también descansaban sus magullados cuerpos tras la intensa jornada. Ninguno de ellos era capaz de imaginar la trascendencia que tendrían en la historia militar las horas previas a aquella celebración. Y no es de extrañar que prefiriesen estar cerca de las llamas a volver a la extensa llanura envuelta en una atmósfera hedionda. Junto al río Aufidus yacían más de sesenta mil cadáveres romanos y púnicos, soldados caídos en los diferentes combates que se sucedieron en las llanuras de Apulia, junto a la ciudad de Cannas. La batalla se convertiría en la mayor derrota sufrida jamás por un ejército romano. El ejército de Aníbal Barca, general cartaginés, se dirigía con aplastante contundencia hacia la ciudad de la Loba Capitolina tras encadenar varias victorias frente a las tropas romanas: en Trebia, el joven líder asestó su primer gran golpe al eterno enemigo; en el lago Trasimeno ahogó literalmente al grueso de las fuerzas romanas en las frías aguas; a lo largo del día 2 de agosto, gracias a su magnífica estrategia, rodeó a las dieciséis legiones romanas implacablemente. Las tropas cartaginesas no sólo consiguieron hacer mella en los cuarteles romanos, sino que, por primera vez, llegaron a infringir verdadero pánico y terror en el pueblo romano. Tras los muros de la ciudad, el horror circulaba por las calles como un fuerte viento, se inmiscuía en el trajín de la vida diaria y cortaba de raíz el sueño a muchos ciudadanos, que sentían la inminencia de la muerte o la esclavitud, el sometimiento a un pueblo extranjero sediento de venganza.

La batalla había dejado exhaustas a las filas de mercenarios cartagineses, y aunque Aníbal había sufrido la merma de miles de soldados, pocos de sus hombres podrían haber imaginado semejante desenlace. Así que el Bárcida concedió descanso y grandes raciones de vino a las tropas que, aunque más fieles al oro que al sentimiento patrio, no dejaban de imaginar los tesoros que podrían repartirse como botín si conseguían cruzar el Tíber y entrar en Roma. Era su gran motivación para seguir en aquella campaña que ya se prolongaba demasiado sin haber logrado ningún objetivo claro más que puntuales saqueos a pueblos cisalpinos y galos a los que les daban dos opciones: unirse a sus tropas o sufrir el devastador ataque cartaginés.

Busto de Aníbal| Wikimedia Commons.
Busto de Aníbal| Wikimedia Commons.

La alegría también era palpable en las tiendas de los líderes cartagineses. Habían seguido fielmente a Aníbal, al que muchos conocían desde la niñez y sabían de su capacidad de convencimiento y superación; habían comprobado su valor al atravesar los Alpes en pleno invierno; compartió con ellos y los soldados rasos pan, frío y combate. Nadie dudaba del hijo de Amílcar, quien les demostraba una y otra vez que el tesón era la más fuerte de las corazas. Mientras festejaban haber regado con sangre romana las llanuras de Cannas, se vanagloriaban, adulaban a su general y lanzaban juramentos contra los enemigos, a quienes ya creían prácticamente derrotados. En aquellas circunstancias, ni siquiera los romanos se veían en otra tesitura; los habían humillado. Ante el horror de la batalla, mientras la caballería númida y gala cargaba contra la retaguardia de las legiones, cerrando la pinza estratégica que Aníbal había dispuesto en el campo de batalla, bajo la lluvia de jabalinas e intentando evitar las lanzas de las falanges libias, cuentan Polibio y Tito Livio, cronistas de aquella guerra, que algunos soldados romanos decidieron enterrar la cabeza ante la atroz matanza; los cartagineses aprovecharon para cortarles el cuello. Los legionarios, acorralados en una maraña de cuerpos (vivos y muertos), apenas podían moverse; sufrían el envite de los púnicos, ante los cuales no eran capaces ni de alzar sus escudos. Más de cincuenta mil romanos murieron en aquella batalla, que dejó en evidencia que la táctica de conducir a las legiones en bloque contra el enemigo no iba a funcionar siempre. Recordando cómo el combate se basculó a lo largo del caluroso día a favor de su ejército, los diferentes jefes de caballería e infantería se relamían ante la apagada mirada de Aníbal. Estaba jubiloso, sí; pero había una sombra de duda en sus ojos. De ello se percató Maharbal, consejero y amigo personal del general. Maharbal arengó al resto de jefes: Cannas había sido un paso fundamental hacia la victoria total, pero no era el último; ése estaba a punto de llegar y tenía un nombre propio: Roma. Explicaba que estaban prácticamente a los muros de la ciudad, que no podían detenerse en ese momento, que parar era darles un respiro a los ejércitos romanos y, en consecuencia, permitir que repusieran fuerzas, ánimo y hombres. Aníbal discrepó. Prefería darles descanso a sus soldados, que se recuperaran bien después del gran esfuerzo, que enterraran a sus compañeros. Maharbal insistió. A pocas jornadas a caballo, sugirió que podría adelantarse con la caballería y comenzar un ataque. Aníbal replicó que un asedio requeriría armas de las que no disponían, que tendrían que reunir tropas entre las tribus cercanas antes de dar el paso final. El fiel consejero suplicó  que le escuchase, pero Aníbal se negó en redondo. La última palabra era suya. En los ecos de la historia, en las páginas que hablan de esta II Guerra Púnica, se recordará siempre la respuesta que le dirigió Maharbal a Aníbal, probablemente la frase más lapidaria de la historia bélica: «Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria».

Catorce años más tarde, Aníbal sería derrotado en las llanuras de Zama, fracaso que le conduciría al destierro y pondría fin a la II Guerra Púnica. Imposible adivinar si en su mente apareció aquella imagen de sus generales y él, heridos pero orgullosos, eufóricos pero serenos por dentro, decidiendo cuál sería el siguiente paso; y la duda, la gran duda que constriñó el corazón del joven líder y que cambió el destino de la historia.

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